La imaginaria revolución egipcia: ¿de qué hablamos cuando hablamos de revolución?

Julián Sauquillo

Manifestantes egipcios lanzan objetos a las fuerzas de seguridad durante la jornada de protestas en la Plaza Tahrir, El Cairo, Egipto, el pasado 30 de enero. / Ahmed Sada (Efe)

Mantengo con los periódicos una relación de admiración. Acudo a ellos con la ilusión puesta en alguna noticia importante. Comparto el deseo de Luis Buñuel de poder salir de la tumba cada cinco años para comprar la prensa y volver a leerla bajo tierra. Pero, a veces, no entiendo la información. Sobre todo cuando me la interpretan. Conste que suscribo la información como el más crédulo de los lectores pero disiento, muchas veces, de los periodistas al interpretar los “hechos”. Soy un crédulo desconfiado.

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En relación con el cambio político en Egipto, todo apunta a una concentración de poder en manos de los Hermanos Musulmanes, con medidas autoritarias que ahora pasan por el estado de emergencia ante unos disturbios presagiados hace tiempo. Alguien más drástico que yo podría decir que “la bota que pisa siempre es la misma bota”. La división de la sociedad egipcia es palmaria: de una parte, la citada Hermandad con los aliados salafistas; y, de otra parte, laicos, liberales, izquierdistas y no islamistas de corte cristiano y musulmán. La Constitución reciente es el resultado de la hegemonía musulmana y es fuente de discordia en vez de consenso social. Apartaron de la Asamblea Constituyente a quienes no eran musulmanes y lograron solamente un apoyo de algo más del veinte por ciento del electorado egipcio. Como consecuencia, los supuestos derechos fundamentales de la Constitución egipcia están supeditados a la interpretación de la sharía o ley islámica, abierta a posibles interpretaciones fundamentalistas. En los últimos dos años que han transcurrido desde la “primavera árabe”, la lucha por el poder ha soslayado el reconocimiento de los derechos de la mujer musulmana. No se persigue con severidad la mutilación genital femenina o el acoso sexual femenino y se abolieron las cuotas reservadas a las mujeres en la Asamblea.

Así las cosas, los más optimistas presagios ante la caída de los dictadores en Túnez, Egipto y Libia se truncan en prudentes “si hay revolución, -señala Lluís Bassets- está empezando” (“Balance de la revolución”, El País, 27/12/2012). Los últimos diagnósticos dejan atrás vaticinios que achacaban falta de visión de futuro a los que no veíamos revolución sin laicismo y derechos humanos en los países musulmanes.

Me parece conveniente señalar que el diagnóstico de si hubo o habrá revolución –como se plantea este destacadísimo analista político- en estos países árabes plurales no requiere de información más exhaustiva de lo que allí pasa. Es una cuestión semántica y no de historia contemporánea del mundo árabe. Aquí cabe hacer una aportación al periodismo más allá de los datos con que nos despertamos cada mañana. ¿Qué entendemos por revolución? Depende de cómo la definamos que la revolución haya sido ya, sea posible en el futuro o su acaecimiento sea más que dudoso. Debemos considerar que el significado de los términos es convencional y no necesario. Vayamos  a ello.

Quien busque un diagnóstico político certero de los cambios reales traídos por la primavera árabe, debe optar por dos acepciones de “revolución”, bien recogidos en el Diccionario de Uso del Español de María Moliner: “Alteración grave, extensa y duradera del orden público encaminada a cambiar un régimen político” y “cambio político muy radical o realizado con violencia”. Los sentidos del Diccionario de la Real Academia de la Lengua no difieren sustancialmente de estos significados comunes del término: “1. Acción y efecto de revolver o revolverse. 2. Cambio violento en las instituciones políticas, económicas o sociales de una nación. 3. Inquietud, alboroto, sedición. 4. Cambio rápido y profundo en cualquier cosa.” Las posibilidades del analista político no se limitan a abrir el diccionario (definición léxica). Puede ofrecer y defender una definición propia (definición estipulativa). O puede suscribir una definición mantenida por un grupo de personas perteneciente a un movimiento, partido, grupo de interés, medio de comunicación o escuela (definición doctrinal). Pero referirnos a la “revolución egipcia” requiere acabar con la vaguedad significativa. Si no, el analista acudirá a la definición que le convenga para certificar que hubo un cambio en estos países y tuvimos escasa mirada de largo alcance dentro de poco tiempo. Si no define qué entiende por “revolución” acertará en todo caso. Se atendrá a uno u otro significado de “revolución” según mejor le cuadren a los hechos. La alteración grave del orden público ya se ha dado en Egipto, luego ya hubo revolución y sólo un miope no lo ve. Pero el problema real al que parece aludirse cuando se habla de revolución en Egipto no es el altercado social en la calle. Más bien se alude a un cambio político radical en las instituciones egipcias. Este es el sentido que recoge la teoría política más frecuentemente. Y esto es lo que parece muy dudoso que haya ocurrido o vaya a ocurrir en Egipto. Más allá del derrocamiento de Hosni Mubarak, Mohamed Morsi certifica un poder unipersonal a expensas de los jefes religiosos musulmanes. La cultura faraónica se ratifica plurisecular. A ver si las  culturas orientales se resisten a la revolución como Lenin fracasó en su revolución al no poder occidentalizar a Rusia. Desde luego, un occidental define con naturalidad la revolución como un cambio rápido, drástico y profundo de las instituciones políticas que constituyen el orden. Por ejemplo, si se dio un cambio drástico en el régimen zarista con la revolución bolchevique depende de que constatemos una trasformación en las instituciones de orden político. Max Weber no lo creyó así pues tuvo que crearse el ejército rojo con cuadros del ejército del zar.

Este cambio revolucionario puede ser positivo –Revolución Francesa- o negativo –la revolución nacionalsocialista-. Pero cambio drástico y rápido en la política predominante antes del vuelco revolucionario debe haber para hablar de revolución. Las dificultades actuales para seguir definiendo a la primavera árabe como una revolución política se observan en la tutela ejercida por el ejército regular de aquel país en los cambios. Por ello, los analistas comienzan a hablar de “revolución popular” o luchas radicales en la calle. Mediante un corrimiento de un sentido a otro de “revolución”, siempre validan los primeros vaticinios muy optimistas. Podrán decir ya hubo revolución en Egipto pues la calle está ocupada por la protesta. ¿Pero puede haber revolución social sin un desprendimiento claro de la tutela de las andaderas de la religión en la población? ¿Puede haber revolución cuando el ejército marca el paso de la política ordinaria? Desgraciadamente, en mi opinión, ni la hegemonía de la religión se supera sin un laicismo decidido en Egipto, ni hay cambio político efectivo si el ejército sigue dosificando los cambios deseados por gran parte de la población egipcia. Y es aquí donde preferiría equivocarme en mi escepticismo.