El empresariado en su laberinto

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Julián Sauquillo

Rosalía Mera, durante una conferencia, en una imagen de archivo en 2011. / Efe

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Conocí personalmente a Rosalía Mera. Como tanta gente del mundo de las ciencias sociales y de la filosofía. El encuentro fue genuino y también fugaz. Guardo un recuerdo fresco del año 1993, cuando se produjo. Luego, tras más de veinte años, su rostro real se me desfigura mucho en las fotos públicas recientes. Cabe traer al público la  reflexión social a partir del afortunado encuentro. Mi incursión desde París para asistir a la Fundación Paideia, que dirigió, para dar una conferencia, me permitió conocer a una mujer que vivía la cultura. Es conocido su interés palpitante por el psicoanálisis. En la sede de la Plaza María Pita, Rosalía le pareció, a un recién llegado, el eje en torno al que giraba todo: “Rosalía, esto…”, “Rosalía, lo otro…”… Había una dotación de personal respetable para tratarse de una fundación socio cultural. Y se percibía una vinculación estrecha –parece que también crítica- entre la Fundación y las autoridades de los servicios sociales de la ciudad. Como la Fundación estaba situada en un piso, asistimos a la conferencia en un salón de actos que nos exigió un desplazamiento a pie por la ciudad. Pensé que tan sobresaliente empresaria no acudiría a una conferencia de un atolondrado participante que se había dejado el pasaporte –incluso- en la Maison des Étudiants Suédois de París. Pero Rosalía asistió impertérrita a una conferencia sobre Foucault y la filosofía contemporánea, editada después por la Fundación (1994). Más tarde, compartió unos ribeiros con un amigo suyo y conmigo en una taberna de La Coruña. Así de despojada de artificio iba. ¡Ah, de los empresarios! Si todos fueran intelectuales, como ella,…estaríamos todos en la feria de las vanidades. Pero las vanidades serían distintas de las puramente económicas.

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Y lo primero que choca de esta empresaria es que se hizo a sí misma con Amancio Ortega. Partir de unos orígenes sencillos, y no ser afortunada por la acumulación económica de tres o cuatro generaciones, le da un carácter especial. Ya saben la consigna maquiaveliana que vincula directamente a la virtud con ser menesteroso. Y, en sentido contrario, atribuye pusilanimidad a quien goza de confort y abundancia. Rosalía Mera era una empresaria atípica por ese compromiso intelectual y social. También lo era por haberse abierto camino a partir de la necesidad. Su seguridad surgía de corroborar el acierto de las decisiones en su ascenso social y empresarial. Algo que su hija –Sandra Ortega Mera- podrá proseguir, en solitario ahora, como una trasmisión personal de tal virtud si hace acopio de conversaciones y paseos fructuosos con su progenitora. El propio Maquiavelo así creía trasmisible la virtud. De persona a persona. Dudo, yo también, que pueda serlo a través de un Master de “Management” en una Escuela de Negocios.

Con frecuencia, se demanda la responsabilidad a los políticos hasta la exasperación. Sin percatarse de que el empresariado tiene su responsabilidad con la situación social no menos que la clase política dirigente. Elías Díaz criticaba, antes de estallar la crisis, al capital financiero por no crear ni puestos de trabajo ni tejido empresarial y tecnológico. Lo hacía porque consolidaban un mundo dividido entre quienes viajan en pateras y quienes viajan a las Bolsas de todo el mundo en micro chips. No es para menos. La cultura del pelotazo se extendió tanto que los empresarios posmodernos –la posmodernidad no es cosa sólo de Jacques Derrida- hablaban de “reventar” un local (de música, por ejemplo) para llevarse sus recursos sin dejar nada, bien exprimido, y empezar el reventón de nuevo en otro lugar. El próximo a quedar baldío.

La responsabilidad del empresario ha cambiado mucho. Valgan las declaraciones desafortunadas de algún representante contra los permisos de duelo de quienes acaban de perder a un familiar por fallecimiento, o las atribuciones de holgazanería laboral a quienes desean el descanso laboral y la subida salarial. Es lamentable. Mejor, condenable. Pues su papel es clave en el carácter emprendedor y la creación de puestos de trabajo. A veces, se hace hincapié en la responsabilidad de los políticos y se aquieta cualquier demanda sobre el empresariado. Como si la clase política no dependiera tanto más de los dirigentes de la economía.

En su tiempo, cuando la mentalidad económica especuladora no se había establecido definitivamente, Max Weber describía la disposición vital del empresario como una elección trágica. Ser empresario como ser profesor, sacerdote, político, militar o científico formaba parte de una elección fundamental del demonio que iba a orientar moralmente nuestra vida, de una manera u otra. Quien decidía ser empresario recogía el testigo de aquellos monjes protestantes que decidieron salir del monasterio para enfrentarse al mundo. Porque, para Weber, el empresariado resulta de la secularización del espíritu del protestantismo. Ahorrar e invertir económicamente era el equivalente mundano del recogimiento espiritual, que precede al proselitismo religioso que llevaron a término los protestantes. No cabía ahorro e inversión sin esta ascética ajena a la ampulosidad económica y las distinciones sociales. Ser empresario era, para Weber, una contribución racionalizadora del mercado, moralmente impecable. Pues costes, producción, salarios y beneficios se equilibrarían si el empresario no manipulaba las inexorables leyes de la oferta y la demanda.

Luego, surgió el “capitalismo más allá del bien y del mal”, en palabras del propio Weber. No encontramos ahora un correlato fácil de esta visión de los  empresarios como santos. Tampoco, profesores, científicos, sacerdotes y militares carecemos de sexo. Las consecuencias sociales de nuestros actos pueden ser casi tan lamentables como el efecto devastador de la tasa de paro en España. Pero he encontrado restos de aquel puritanismo protestante en la “mujer más rica de España”, ahora fallecida, cuando se ufanaba menos de su riqueza que de haber reinvertido todas sus ganancias en la creación del “imperio Inditex”. En vez de representar la ostentación suntuosa que se le suele atribuir al empresario floreciente, reinvertía el beneficio. Valga el ejemplo, aunque sea de este mundo, de Rosalía Mera Goyenechea.

3 Comments
  1. isilanes says

    Si todos fueran como ella, habría 4 megarricos en España, y el resto seríamos semiesclavos. Vamos, como ahora.

  2. Susana says

    Mejor es dedicar esfuerzos mentales al psicoanálisis que acumular coches de época y yates o coleccionar una armería como algunos empresarios

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