Cercano Oriente: el Islam siempre rechaza a los cruzados

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Pedro Costa Morata *

Pedro-Costa-MorataOccidente somete al Cercano Oriente, y con ello al mundo entero, a crisis encadenadas, a crímenes injustificados y al recrudecimiento de la violencia, sin querer aprender ni aceptar los escarmientos que la historia le inflige. Es, digamos para entendernos, el siempre avieso “espíritu de cruzada” lo que el Occidente de cultura judeo-cristiana retoma una y otra vez para castigar y humillar al mundo islámico, que desde principios del siglo XX se muestra irredento, desafiante.

Los elementos nuevos de análisis son numerosos, qué duda cabe, pero resulta útil inscribir el actual –aunque enésimo– episodio crítico en el Cercano Oriente como un nuevo ataque cruzado (es decir, cristiano-integrista) contra el Islam bullente (rebelde-integrista). El pandemónium en el que se envuelve Occidente, con Estados Unidos como protagonista principal, incluye la exhibición de costumbre en mentiras, manipulaciones y violencias; y sin la menor intención de reconocer que todas sus iniciativas dan lugar a más y mayor desesperanza… No, no se trata de errores políticos, estratégicos o culturales, sino de un empeño tenaz por controlar la región con sus recursos energéticos inmensos, para lo que se fuerza a la docilidad a todos sus regímenes a costa de cualquier precio y con pretextos falaces.

El más reciente enemigo alzado contra Occidente, el llamado Estado Islámico, viene de nuevo a colmar las expectativas de guerra interminable que busca asfixiar a cualquier movimiento islamista que amenace el dominio político. De nada sirve que –como es evidente– estos integristas surjan como consecuencia de los desafueros de Occidente en la región, especialmente los derivados, a partir de 1990, del embargo a que sometieron las Naciones Unidas a Iraq por instigación de Estados Unidos (embargo calificado de “genocidio frío” por Sami Naïr en Las heridas abiertas, 2002), que produjo medio millón de víctimas, sobre todo niños, con las consecutivas guerras contra este país y su degradación económica, política y moral; la invasión de Iraq a partir de 2003 por las fuerzas occidentales y la ocupación catastrófica subsiguiente han llevado a su conversión en estado pelele (que nunca la férula norteamericana podrá dignificar), y a esto se vienen enfrentando, justificadamente, primero los chiíes, luego los sunníes y siempre los kurdos. La nueva guerra de Occidente contra este Estado Islámico vuelve a incluir Irak, pero quiere abarcar también Siria, relanzando con ello la espiral de los desastres. La frialdad con que Obama anuncia el bombardeo de Siria, no sólo sin contar con el gobierno de Damasco sino esperando incluso su comprensión, reproduce el desprecio con que Occidente y su líder principal contemplan las realidades cercano-orientales y, sobre todo, las del Islam rival.

En su guerra contra los infieles, los cruzados actuales no necesitan predicación especial por parte de pontífice romano o iluminado alguno: basta con la alucinación mesiánica de la potencia imperial (y su cohorte de lacayos), que se reclama instrumento divino y exige que el mundo reconozca su “destino manifiesto” de dominación y abuso. En esta fachada belicista de tipo religioso, que en cualquier caso no puede ocultar que lo que está en juego es en primer lugar el control sobre el petróleo de la región (más la protección de Israel, no nos cansemos de repetirlo, hasta el punto de que, con toda probabilidad en el guión agresivo repetitivo intervienen su Gobierno y sus servicios secretos), se pretende la justificación radical para las acciones militares más despiadadas. Estados Unidos está convencido de que sus bombardeos de objetivos que se exhiben como “puntuales y precisos” constituyen, en definitiva, el arma democrática por excelencia, ya que considera que la presencia occidental en el Cercano Oriente se justifica en la democracia y la libertad de pueblos, regímenes y estados. Es la misma falsedad con que las cruzadas de los siglos XI-XIII proclamaban como objetivo la liberación de los Santos Lugares del yugo musulmán, cuando en realidad eran expediciones, por una parte, de alivio de las tensiones en Europa de la sociedad feudal mediatizada por la Iglesia y, por otra, de saqueo de cuanto se hallase en el camino y, sobre todo, de los florecientes territorios del Levante mediterráneo, que controlaba la mayor parte del comercio entre Europa y el Norte de África con el Asia profunda y fecunda (¿Cómo olvidar la cuarta cruzada, impulsada por el Papa y Venecia, con la Palestina cristiana como pretexto una vez más, que se conformó con agredir al muy cristiano Imperio bizantino y saquear en 1204 Constantinopla?).

Las cruzadas fueron una creación del occidentalismo dogmático y agresivo, de vocación colonial y expoliador. Como las cruzadas, política y militarmente inútiles aunque sobradamente salvajes (sin que sea posible decir que los agredidos musulmanes fueron más crueles e implacables y traicioneros y desleales que los agresores cristianos, que superaron todos los horrores y felonías) los ataques occidentales en ciernes en el Cercano Oriente no pueden pretender la permanencia de una presencia occidental estable ni aceptada, sino forzada, destructiva, generadora de rechazos sin fin. Obama prolonga, en la senda de Bush y con escasas variaciones de fondo, la misma lógica del espadón justiciero, al que mueven e impulsan las fuerzas más reaccionarias e integristas del “mundo civilizado”. La nueva guerra de Estados Unidos contra el Estado Islámico se atreve a esgrimir “legitimidad”, frente al siempre aborrecido “enemigo terrorista”, con la ayuda de numerosos países aliados que, en su mayor parte son ilegítimos o despóticos.

En este escenario, que dura ya tanto tiempo, no debe extrañar que los musulmanes bombardeados una y otra vez maldigan a los cristianos, los condenen como cruzados redivivos (así lo hacía Bin Laden, con toda la razón) y rechacen ese discurso democrático-salvífico como hipócrita patraña. Y también es normal que los musulmanes renovadores –por brutales que puedan parecer– quieran restituir el Califato abolido en 1924 por la renovación político-cultural turca, marcadamente laica. Porque a la reinstauración del Califato le asiste el mismo “derecho religioso a la existencia” que al Vaticano a persistir “hasta la consumación de los siglos”.

La desmembración del Imperio turco tras la Primera Guerra Mundial sentó las bases del poder occidental, con estados y regímenes títeres e imposibles, sobre una base que nadie ha olvidado en la región: el engaño del Reino Unido y Francia a los movimientos nacionalistas árabes, a los que se había prometido un estado árabe independiente y unificado con capital en Damasco. Una de esas aberraciones fue la creación del Líbano: república surgida de las pretensiones residuales de los francos, segregada de la Siria histórica por especial empeño de Francia, que tras la derrota turca se arrogaba “derechos históricos” (cruzados) sobre esa tierra (lo que el arrebato actual del presidente Hollande por contribuir a los inminentes bombardeos vuelve a recordarnos, con su tufo a “cruzado”). Y otra, mayor aún, fue la prolongación de la experiencia colonial de los Mandatos post bélicos con la creación del Estado de Israel en suelo árabe-palestino en nombre de unos “derechos territorial-religiosos” del pueblo judío que lleva camino de producir más sangre y odio que cualquier otra saga o mito.

(*) Pedro Costa Morata es ingeniero, sociólogo y periodista.

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