Cervantes y el barroco

Agustín_García_SimónPor segunda vez en cuatro años, la Junta de Castilla y León ha publicado en su Colección de Estudios de Historia un original inédito de las lecciones magistrales que Marcel Bataillon impartió en el Collège de France después de 1945: Cervantes y el Barroco (Valladolid, 2014), una soberbia aportación a los estudios cervantinos del curso que el gran hispanista dio a lo largo de 1952-1953. El libro apareció impreso a comienzos del verano pasado en una traducción excelente de Julián Mateo Ballorca sobre la edición original francesa, de inminente aparición, rescatada por Carlo Ossola y preparada por Angela Guidi. La primera edición española de estos cursos del humanista francés recuperados para la imprenta fue el dedicado a Los jesuitas en la España del siglo xvi (Valladolid, Junta de Catilla y León, 2010), traducción, también espléndida a cargo de Marciano Villanueva Salas, de la edición original francesa publicada un año antes por Les Belles Lettres. En la primavera pasada, esta misma traducción permitió al Fondo de Cultura Económica lanzar al mercado panhispánico este mismo libro, sorprendente y fundamental, sobre los orígenes alumbrados y nada contrarreformistas de la Compañía de Jesús. Lo que se dice un trabajo cultural bien hecho.

A mediados del siglo XX, quince años después de la aparición del monumental Erasmo y España (1937), Marcel Bataillon había matizado seriamente su seguidismo del Américo Castro que, en 1925, había irrumpido en la filología española con el novedoso y rompedor El pensamiento de Cervantes (1925); un Cervantes y su obra que aparecían como precursores del pensamiento racional moderno con una doble cara: la del Cervantes verdadero, que escribe con libertad, y la del Cervantes temeroso de la Inquisición y la presión del tiempo de la Contrarreforma, ante las que se censura a sí mismo antes de dar nada a la imprenta. Uno y otro llegarían a la conclusión final de un Cervantes evolutivo, con etapas de espíritu y método muy distintos; puntos de vista similares, nos recuerda Bataillon, a los que llegó Lapesa. Pero para 1952, lo que le preocupa al francés es la excesiva e injustificada barroquización de Cervantes, un encasillamiento que centra el estudio del personaje en la arquitectura, forma y estilo de su obra, dentro del concepto perfectamente delimitado de la Contrarreforma. Joaquín Casalduero sería el más destacado autor de esa barroquización de Cervantes.

Pero Bataillon tiene serias dudas del concepto acuñado y convencional de barroco y no cree que el Zeitgeist o espíritu del tiempo (en este caso la Contrarreforma) pueda por sí mismo dilucidar ninguna obra, explicación a la que no puede llegarse sino mediante el estudio y análisis de ella misma. La ambigüedad del estilo barroco, el Barroco como oposición al Renacimiento, o la identificación del Barroco con la Contrarreforma, le parecen a Bataillon peligrosas simplificaciones que inducen a la confusión: “¿tan seguros estamos de saber qué es el barroco?” –se pregunta. “¿Estamos seguros de que la palabra “barroco”, debido a su historia, debido a los diversos sentidos de los que se ha extraído, no sea un nido de confusiones?” Del mismo modo, para nuestro autor, la aplicación de “la noción de la Contrarreforma, aplicada a los movimientos ortodoxos españoles del siglo xvi español, puede ser desastrosa cuando induce a interpretar esos movimientos como puro y simple anti-luteranismo”.

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En definitiva, Marcel Bataillon no tiene una idea preconcebida del Barroco, período al que considera más bien una evolución del Renacimiento, con nuevas aportaciones en absoluto contrarias a él, sino plenamente impregnadas del mismo, desde el inicio de la propia obra de Miguel Ángel; o como sucede en la misma España, donde las nuevas expresiones artísticas del reinado de Felipe II, incluidas las literarias (estilo Felipe II, tridentino o “trentino”) remarcan en la severidad de El Escorial una busca indudable en las fuentes más puras de la Antigüedad y el clasicismo (Vitrubio), aportando una evolución transformadora, en la que los nuevos añadidos artísticos explican el verdadero signo de los tiempos: la exaltación del cristianismo y la Iglesia Católica. Esta evolución creativa le permite a Bataillon situar en la continuidad las claves más importantes del humanismo militar o el propio pensamiento de Cervantes en El Quijote o El coloquio de los perros, por ejemplo, a la luz de algunas de las mejores observaciones de J. A. Maravall; pues la división de épocas y espacios histórico-culturales y su cronomaquia le parecen más convencionales que consistentes: “Y eso nos muestra también la escasa consistencia que tienen las nociones de las que abusamos: medieval, renacentista, moderno”.

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Cubierta de la obra editada por la Junta de Castilla y León.

Partiendo del significado de la palabra portuguesa barroco (perla irregular de forma esférica), que pasa al castellano como berrueco o barrueco, y una vez establecidos con autoridad impresionante los marcos generales del Barroco y el espíritu de la Contrarreforma, así como el estilo “Concilio de Trento”, siguiendo la interpretación del Padre Sigüenza, Bataillon va jalonando en este libro extraordinario el desarrollo y alcance de la ambivalencia de la idea del “barroco”, y desmontando con poderosas razones tanto la rigidez de los períodos histórico-culturales como la barroquización de Cervantes, cuya obra analiza con brillantez desde el teatro al género pastoril, de las Novelas ejemplares al Quijote y el Persiles y Segismunda. En la continuidad y contexto evolutivo de su tiempo deben buscarse las razones de la obra de Cervantes, específicas, personales, pero también correspondientes a su época, como muestra su propio desarrollo intelectual y moral. Desde su defensa entusiasta e intransigente de la fe cristiana, a su regreso de Argel; desde sus años más críticos de desencanto y profundo desengaño, que le llevarán a su tiempo más fecundo y creativo entre 1596 y 1606, hasta el retorno final a una inspiración religiosa, que Bataillon encuentra evidente en obras como el Persiles y la Española inglesa, tan propias de una vejez devota.

En resolución, Cervantes fue un hombre de ese Renacimiento tardío, de esa prolongación clasicista, deformada e irregularmente decorada que para Bataillon sería el Barroco. Pero Cervantes no fue un humanista heterodoxo, sino un cristiano mucho más tranquilo. Un espíritu de la continuidad de un tiempo que evoluciona hasta forzar nuevas formas que nada tienen que ver con rupturas bruscas, pues como afirma el propio autor: “las transformaciones del espíritu humano nunca son bruscas”. Tampoco hay hombre barroco, sino un gusto barroco, si se quiere, nos recuerda Bataillon, quien aduce una observación irrefutable: Felipe II pudo haber llamado al Greco para que trabajara en El Escorial. No lo hizo. Al contrario, exigió la pureza de los gustos clasicistas para mayor gloria de Dios…

Otro libro del “maestro ejemplar”, como le calificaron sus alumnos más cercanos, quienes siempre ponderaron de la figura de Bataillon su capacidad extraordinaria para escuchar y su defensa encendida de un debate intelectual verdaderamente libre.

(*) Agustín García Simón es escritor y editor.