París, más allá del dolor

Santiago-Alba-RicoCualquiera que sea el balance final del brutal atentado de ayer en París, y más allá del dolor y la solidaridad, deberíamos tratar de mantener la cabeza fría a la hora de abordar una explosión de barbarie que no es nueva y que, por desgracia, podría repetirse. El efecto inmediato de la violencia extrema es la de borrar todo aprendizaje anterior e imponer respuestas calculadamente emocionales que se ajustan al lógico estado de shock de las víctimas, pero que, tras una momentánea comunión redentora, nos dejan más inermes frente al terrorismo y más sumisos frente a las medidas tomadas contra él.

Hollande, el presidente de Francia, y Sarkozy, su expresidente, se han sumado a la pauta bélica de Le Pen: “es una acción de guerra del Estado Islámico”. Esta idea de la guerra -de la “guerra global contra el terrorismo” o “entre la civilización y la barbarie”- se pliega en realidad a la estrategia yihadista, que busca justamente el establecimiento de un marco de “guerra total innegociable”, sin espacio para el derecho y la democracia, en la que sólo se contemplen nuevas respuestas militares de ya probada ineficacia. Tanto en Francia como en España, conviene dejar a un lado “la guerra de declaraciones”, en la que todos los partidos quieren aparecer como paladines de “la defensa de nuestros valores”, y acercarse al atentado yihadista de ayer, con serenidad y sin pasión, desde dos vertientes.

Una interna. Si Francia es objeto prioritario del terrorismo del Estado Islámico es porque el Estado Islámico es en parte un producto francés. Como en el caso del Charlie-Hebdo, es más que probable que, cuando se conozca la identidad de los autores, descubramos que son de nacionalidad francesa. Ramzy Baroud, el académico inglés de origen palestino, insiste siempre en que el EI es un fenómeno de la periferia del islam, concretamente occidental, un fenómeno que se nutre, además, de conversos atraídos menos por la religión que por la radicalidad. La violencia yihadista produce miedo pero también tiene un efecto publicitario de reclutamiento juvenil, como lo demuestra el aumento de ventas del Corán en Francia tras el atentado del pasado mes de enero y el flujo de voluntarios hacia Siria -de ida y vuelta- desde Europa y sobre todo desde Francia. Se entiende poco o nada si no se acepta la relación entre la situación de los banlieue franceses (recordemos la revuelta de 2005), las cárceles y la radicalización de una frustración social volcada en moldes identitarios. En este sentido, cerrar las fronteras es una medida puramente escenográfica destinada al consumo público, pero sin ningún efecto real. Los yihadistas están dentro y son franceses.

Por eso mismo tampoco conviene caer en la trampa de asociar el atentado de ayer ni, en general, la barbarie yihadista con la llamada “crisis de los refugiados”. Esa idea ha sido interesadamente sugerida por el Frente Nacional y el régimen sirio. Pero la verdad es que los yihadistas no vienen a Francia desde Siria sino que más bien van a Siria desde Francia. Como recordaba hace poco en un artículo el intelectual sirio Yassin Al-Hay Saleh, Siria está sometida a una “ocupación” interna, la del ejército de Bashar Al-assad y sus aliados, y a varias ocupaciones externas, entre ellas la del Estado Islámico, cuyos militantes son en su mayoría extranjeros y muchos de ellos occidentales.

El atentado de ayer, por tanto, es un “asunto interno” francés. Pero revela también una conexión europea con el exterior a través de las guerras de Próximo Oriente. La violencia, como decía, actualiza todos los datos, impide recordar el pasado e impone los mismos errores. El 11 de marzo de 2004 -no podemos olvidarlo los españoles- un atentado de Al-Qaeda asesinó a 196 personas en Madrid; antes y después un rosario de ataques en ciudades europeas ha introducido brutal y regularmente en nuestras vidas guerras y conflictos lejanos cuyas víctimas y héroes son musulmanes y no europeos y en los que la intervención occidental no es en absoluto inocente. El Estado Islámico, escisión y prolongación expansiva de Al-Qaeda, es fruto de la invasión estadounidense de Iraq en 2003, en la que el gobierno de Aznar tuvo un protagonismo decisivo, y del caos generado por la militarización de la revolución siria y la intervención multinacional subsiguiente. Es imposible disociar la reactivación ampliada del yihadismo radical, en el mundo árabe y en Europa, de la derrota de las intifadas populares de 2011. Parafraseando a Gramsci, podemos decir que es el fracaso inducido de la democratización de la región, que nadie ha apoyado, el que ha devuelto al primer plano a esos tres mellizos que se alimentan recíprocamente desde hace décadas: dictaduras, intervenciones exteriores y yihadismo radical. Nuestro apoyo a dictaduras y bombardeos no abona nuestras pretensiones “civilizadas”: “de nosotros los civilizados”, decía hace cien años Anatole France, “los bárbaros sólo conocen nuestros crímenes”.

Hay que tener mucho cuidado. Los mejores aliados del terrorismo yihadista son la islamofobia en Europa y Bachar Al-Assad en Siria. No podemos permitir que el dolor y la indignación se vuelquen en nuestras ciudades sobre poblaciones vulnerables que, como ocurre en Francia, se ven empujadas a cobijos identitarios por el agresivo “nacionalismo universalista” y la marginación. Y no podemos olvidar que una indispensable e impostergable solución política al conflicto sirio debe aceptar que no se puede combatir al EI mientras Bachar Al-Assad siga en el poder. Lo mismo en el caso de Iraq: sin democratización y gobierno no sectario los yihadistas seguirán creciendo y amenazando a árabes y europeos.

No cedamos tampoco a la tentación en nuestro país de hacer un uso electoralista o liberticida del atentado de París. Para no ceder al chantaje de los terroristas es necesario afirmar más aún la democracia y las libertades, consolidar y no debilitar el Estado de Derecho y, en vísperas del 20D, excluir el miedo como instrumento de propaganda electoral. Ese es el pacto de Estado -y no el antiyihadista, ortopedia publicitaria dudosamente garantista- que deberían firmar todos los partidos en España.

(*) Santiago Alba Rico es filósofo y columnista.

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