‹El fin del ‘Homo sovieticus’›, una historia del presente

Agustín_García_Simón“Con puño de hierro conduciremos a la humanidad a la felicidad”, decía una de las primeras consignas de la Revolución de Octubre, verdadero cataclismo político, inédito en la Historia, que a comienzos del siglo XX alumbró lo que de específico y monstruoso aportó a la humanidad el pasado siglo: el totalitarismo. Mucho antes de que Stalin lo liquidara junto a Kámenev, en agosto de 1936, inaugurando las vísperas del Terror de 1937, a Grigori Zinóviev ya le sobraban diez millones de personas para iniciar la era soviética en 1918: “Tenemos que ganarnos a noventa millones de personas de los cien que habitan la Rusia soviética. Con el resto no hay nada que hablar: hay que aniquilarlos”. Y, sin embargo, ninguna revolución ha seducido a los intelectuales hasta la ofuscación y el delirio como la comunista de 1917. Hoy mismo, a comienzos de 2016, los esquemas manidos del leninismo y estalinismo siguen siendo componentes fundamentales de los movimientos populistas en Europa y Sudamérica, en esa descerebrada confusión que amalgama la sedicente izquierda radical. Ante semejante ceguera (los dioses ciegan a quienes quieren perder), es inútil aducir el rigor del conocimiento de la historia, la lucidez de la razón y los argumentos de sus palabras, degradadas y subvertidas por lo políticamente correcto, arrumbadas por la robotización humana de la era digital vertiginosa. Pero para quienes todavía no estén enajenados ni renuncien a la palabra como genuina expresión del pensamiento y precioso testimonio de los seres humanos, la Historia del Presente, la expresada y adverada por las propias generaciones y  protagonistas vivos, que sufrieron épocas y hechos históricos transcendentes, seguirá siendo uno de los instrumentos más importantes de que disponemos para tratar de comprender no sólo el pasado inmediato, sino nuestra propia y actualísima realidad.

Yelena Yúrevna, comunista convencida, miembro de la Nomenklatura del Partido Comunista Soviético, de 49 años en los años noventa, tras la debacle de la URSS: “El Partido no era un cuartel general, sino un aparato. Una maquinaria burocrática. Las personas con formación humanística no solían ser aceptadas en el Partido, nunca se confió en ellas, desde la época de Lenin, el cual escribió que los intelectuales “no son el cerebro, sino la mierda de la nación” (…) “¡La libertad! Dar libertad a los rusos es como proporcionar anteojos a una comadreja. Nadie sabe qué hacer con ella”. Es uno de los muchos, decenas de testimonios que conforman El fin del “Homo sovieticus” (Acantilado, 2015), una de las obras recientemente vertidas al español de la última premio Nobel de literatura, Svetlana Aleksiévich, una polifonía impactante de entrevistas, sin exclusión o parcialidad alguna, de gentes de todos los sectores de la población que, a lo largo de poco más de setenta años vivieron y, sobre todo, sufrieron la aventura demencial del comunismo soviético: la promesa definitiva de un paraíso en la tierra para el hombre nuevo, en breve convertida en una maquinaria de pesadilla alucinante, de aniquilación y de muerte.

Pero “hasta en el paraíso la soledad produce náuseas”, dice en este libro una vieja rusa con una lucidez sobrecogedora. Aquí los testimonios, grabados y escritos por la autora en los años noventa, tras la perestroika y el derrumbe definitivo de la URSS, tienen todos ese tono nada ambiguo de la verdad de los desamparados, de los humillados y ofendidos; esa impresionante y serena gravedad de las víctimas que, al cabo, lo perdieron todo; esa frialdad de los verdugos que, amparándose en ‘la construcción del comunismo’, confirman las atrocidades más espantosas como parte de la vida cotidiana: “Es que la muerte es asunto muy delicado -dice un sicario del NKVD- (…) Hacías que el condenado se hincara de rodillas y le disparabas a quemarropa en la sección izquierda de la nuca, justo detrás de la oreja… Al término de la jornada, el brazo te colgaba como un trozo de cuero. El dedo índice era el que más sufría. Como cualquier otro trabajador de la URSS, nosotros también teníamos una norma que cumplir cada día. Como si trabajáramos en una fábrica”. Pero el tiempo y el desconcierto de lo inevitable, con la frustración y la ira de la revancha en la mente todavía de quienes vieron desaparecer su mundo de un día para otro, como quien dice, también hacen mella y reblandecen hasta los más irredentos estalinistas: “Yo no sé en qué momento un hombre deja de ser un hombre… ¿Lo sabe usted?”, le pregunta el mismo sicario a la autora.

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Cubierta de ‘El fin del Homo sovietucus‘. / acantilado.es

“Es humano intentar desentrañar la naturaleza del infierno”, testimonia un judío al contar su vida en el contexto del antisemitismo y exterminio estalinista: “A Stalin no le gustábamos. Nos detestaba. Porque habíamos experimentado la libertad. ¡La guerra fue la libertad para nosotros! Fuimos a Europa y vivimos como se vivía allí. Yo pasaba junto a un monumento a Stalin cada día cuando iba al trabajo y me temblaban las piernas. ¿Sabría lo que yo pensaba?”. He ahí la expresión precisa del éxito de un régimen totalitario: el control de hecho no sólo de la sociedad y cada uno de sus individuos, sino del pensamiento y la mente de estos.

Svetlana Aleksiévich ha intentado, sin duda, “desentrañar la naturaleza del infierno”, como su judío entrevistado. Pero lo ha hecho, inteligentemente, desde el puente de la perestroika que las palabras de Gobachov inauguraron en la línea de salida (“No podemos seguir viviendo así”), y el borrachín Yeltsin apuntilló bendiciendo un capitalismo salvaje, que llevó a la sociedad de millones de seres a un desconcierto y descomposición de características también infernales, empezando por el descubrimiento del dinero y el consumo en sí mismo: “Para nosotros el descubrimiento del dinero fue como la deflagración de una bomba atómica”, dice un entrevistado. El hundimiento de la URSS fue un trauma de dimensiones colosales y la condición humana, que es la que retrata excelentemente este libro, sufrió transformaciones propias sólo de las épocas de grandes cambios: se vaciaron los museos y se llenaron las iglesias (“Ahora la gente ha vuelto a creer en Dios porque ya no hay esperanza”); los libros se sustituyeron con ansiedad enfermiza por cintas de video (“Hoy en día, preguntarle a alguien qué está leyendo se ha convertido de repente en una obscenidad”); la cultura  y la civilidad se banalizaron y despreciaron, sustituidas por una carrera despiadada de enriquecimiento y medro (“Las personas decentes han desaparecido. Ahora se han impuesto los codazos y los mordiscos”) El desprecio alcanzó a los símbolos más prestigiosos del comunismo, no solamente políticos, sino de la más alta cultura y tradición. En aquellos años, leemos en uno de los testimonios de la obra, “la palabra ‘literato’ sonaba como el diagnóstico de una enfermedad”. Las palabras y las ideas, en fin, fueron sustituidas por los objetos. Pero también la nostalgia estalinista fue recuperándose después del acuse del golpe y se fortaleció en amplias capas, cuya organización y voces llegan hasta ahora mismo. Y, sin embargo, no debemos olvidar socialmente lo más importante: ¿qué hay de la gente normal y corriente? Esta es su voz: “Toda la vida estuvimos construyendo el socialismo y ahora dicen por la radio que el socialismo terminó. Pero ¿qué hay de nosotros? Porque nosotros seguimos aquí, ¿no?”

(*) Agustín García Simón es escritor y editor.