Dirigencia, militancia, ciudadanía

Jesús López-Medel *

Jesus-Lopez-medelEl PSOE, como también el PP, son partidos lenilistas. Siguen la línea de la vertical del mando. Todo se construye desde arriba. Son, sobre todo, maquinarias de poder. Cada vez menos se configuran como expresión de ideas, ideales y sentimientos (las opciones personales tienen también algo de esto) de las bases sino desde el vértice. Y la distancia de quien está más arriba es cada vez es mayor respecto aquellos a los que se agrupan en escalones inferiores. También en cuanto aquellos a los que se dirigen y lo que son cuerpos intermedios: los militantes.

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Lo sucedido en estas últimas semanas en el PSOE constituye la visualización más evidente de la burla de aquello que dice la Constitución, refiriéndose a los partidos políticos, de que “su organización y funcionamiento habrán de ser democráticos” (artículo 6). ¡Pero hay tantas cosas, cada vez más, que se incumplen de nuestra Ley Fundamental!

El restablecimiento, tras el fin de la dictadura, de partidos y sindicatos libres y plurales era una de las premisas de las conquistas democráticas, pero hay que reconocer que, en esta materia, desde esos primeros años hemos ido para atrás. Desde los férreos aparatos controlados a primeros de los años 80 por Paco Alvarez Cascos (AP) y Alfonso Guerra (PSOE), a partir de ahí y esos cimientos rocosos de obediencia ciega y el imperio del sistema orgánico por encima de conciencias, de pensamientos, de reflexiones han ido generando una clase política aún más dependiente de la obediencia ciega. Y también más menesterosa de comer.

Jamás se han juntado tantos inútiles (salvo excepciones) en las Cámaras. Nunca ganaron bastantes de ellos en su vida privada la mitad de lo que perciben como parlamentarios. Salvo los del PSC, muy pocos han tenido la dignidad de votar en conciencia y valentía. Saben sería su defenestración. La vida de gran número de ellos ha sido sólo el partido, desde las organizaciones juveniles, las concejalías, y siempre, la sumisión como premisa para dar el salto. Los que dejan de ser diputados o senadores, si han mantenido esa obediencia, serán colocados en cualquier chiringuito público o privado, de esos que recogen amigos y no sólo en consejos de Administración. Sólo se habla de puertas giratorias de exministros de las dos organizaciones que configuraban el bipartidismo. Pero se olvida o se ignora que también gente de un perfil poco conocido y de segundos y terceros niveles en ambos partidos han sido acogidos por empresas “generosas”. Basta una llamada y pedir el favor.

Pero conseguir el poder máximo puede depender de circunstancias coyunturales. Es el caso de Zapatero o de Pedro Sánchez, un neoliberal que acompañado solo por su buena presencia, su ambición y la ley de espacios vacíos, ocupó, aunque elegido democráticamente, el máximo cargo de un partido que por ser muy centenario, las últimas convulsiones le convierten en un necesitado de mantenimiento artificial a punto de entrar en estado vegetativo.

En todo caso, este último citado era el dirigente legítimo que fue víctima de un golpe de estado y un fusilamiento sumario. No entro en sus errores o aciertos pero, como máximo dirigente, se olvidó que otros con esa misma denominación ocupaban otros escalones inferiores pero que en sus tribus territoriales se creían emperadores. No les cuidó mucho y estos empezaron a armar su defenestración. Quien conduciría todo sería el viejo diosecillo idolatrado y su druida, el antecesor de Sánchez como secretario general, ahora (siempre estuvo cerca) en la sala de máquinas, de uno de los mayores panfletos que hace mucho (no es sólo de ahora) dejó de ser un periódico serio.

Siempre, los máximos dirigentes se rodean de dóciles y palmeros que sirven de pelotas y que con su poder a menor escala se sienten importantes. No están cercanos al poder porque estén en sintonía sino porque supieron halagar al jefe. Sólo hay que ver a los más próximos que se sentaban junto al tal Sánchez en el Congreso. Tanto el portavoz como el secretario del grupo parlamentario no han tenido reparo en seguir con los asesinos de su exjefe y quien les designó; incluso el segundo, ya maniobraba en esta dirección. No han perdido la vergüenza pues para ello antes hay que tenerla.

Más abajo está la troupe de los que, aunque menos, mandan algo a nivel nacional o territorial. La dirigencia. Ellos son los que rigen los destinos del partido para intentar conseguir lo único que les importa a estas organizaciones: el poder. Para ello, tienen que llegar a la ciudadanía para que, aún engañando, les voten en las elecciones.

Se supone que los dirigentes saben cómo conseguir acercarse a los ciudadanos y convencerlos de sus cualidades: lo que, con descaro, llaman coherencia, honestidad, convicciones, eficacia, etc. Todavía hay gente que se deja engañar. Pero el PSOE ha perdido para mucho tiempo un caudal de votos muy genuinamente español: el del voto en contra. Así, aquellos que en las siguientes elecciones quieran votar contra Rajoy y las políticas del PP, tendrán muy difícil votar en el futuro al PSOE.

No obstante, para ello necesitan no sólo el favor de los medios informativos clásicos (como tiene unánimemente el PP y abundantemente el PSOE) sino sobre todo, los agentes electorales que son los militantes (esto proviene de “milicia”, término claramente militar como pieza de combate). Su entusiasmo y entrega es fundamental. En las últimas elecciones de junio se dejaron la vida no atacando a Rajoy sino a Podemos (evitaron que estos les superasen). También sintiéndose heridos de la frase de Iglesias sobre la “cal viva” que afectaba al dios que hace mucho tiempo (salvo para ellos y ahora para la prensa más derechista) es más barro que otra cosa.

Pero si los votantes se han sentido en un porcentaje muy importante decepcionados, la que ha quedado noqueada es la militancia con más raíces socialistas ideológicas y sentimentales. Numerosos votantes se irán a casa o a Podemos (aunque algún dirigente de estos sigue siendo torpe y ahuyenta a moderados de centro izquierda).

Pero lo que va a ser clave es el desánimo de los militantes cuando se les pida movilizarse para conseguir votos o para explicar no se sabe qué y donde sea: en el bar, en el barrio, en la familia, etc. La dirigencia no podrá implicar a muchos de ellos pues se han sentidos desdeñados y engañados. Alucinados y desanimados por verse como se han aliado con la derecha a la que la militancia odia. El último devaneo a modo de trastorno repentino televisivo, del defenestrado, les deja aún más perplejos.

Sin una militancia que haga una labor apostólica y de predicamento va a ser difícil llegar a la ciudadanía que así como los militantes siguen perplejos del show y la imagen que siguen dando (ahora la gestora), en el caso de los ciudadanos estos se alejaran más y más. Su actitud no es de sorpresa y perplejidad (salvo los votantes que se sientan decepcionados), sino de gran alejamiento y desdén. No es que desconfíen de esos dirigentes sino que les desprecian. El anterior está muy amortizado y no se vislumbra alguien que coloque un proyecto de regeneración de planteamientos antes que dar satisfacción a su propia ambición.

El alejamiento del ciudadano medio respecto a la política (en los dos partidos clásicos) se ha ahondado mucho y creo que de modo irrecuperable con esta crisis en uno de ellos. Han espantado al personal. Ya en los últimos años ese partido había perdido cada vez más votos. Dejaron en el camino en muy poco tiempo cinco millones de votos. No sólo no han hecho reflexión sino que parece que actúan para que el ciudadano normal huya de ese mundillo. ¿Quién se va a acercar a la política, quien va a dar el paso y ser militante, quien aspirara a algún cargo, quién deseará conseguir el poder máximo?

El PP tiene una base muy sólida pues aglutina tanto votantes de la derecha como la extrema derecha (que no sólo pervive sino que renace en forma más aparentemente modernizada) a la que da igual toda la podredumbre de corrupción. Ya tienen eso amortizado y por consiguiente no pierden más votos (conseguirán más provenientes de Rivera). Pero, en cambio, el perfil de votantes del PSOE y Podemos es más crítico a la hora de castigar a los suyos más próximos. Así que, prepárense para ver todos que si la distancia ciudadanía-dirigencia es grande en la política española, en el caso del PSOE, el ahondamiento se producirá entre la segunda y la militancia. Y eso, es destrozar un partido político.

(*) Jesús López-Medel es abogado del Estado.