Perdón en diferido

Pepe Viyuela *

Doña Dolores de Cospedal se está convirtiendo en toda una experta en alambicar explicaciones. La de la contratación de Luis Bárcenas por parte del PP ha pasado a la historia de la dialéctica absurda, y ha dado lugar casi a tantas referencias como el diálogo de Chico y Groucho de “la parte contratante de la primera parte”. La última de sus intervenciones destacadas tuvo lugar en la Comisión de Defensa del Congreso y en ella pidió perdón a las víctimas del accidente del Yak 42. La palabra “perdón”, tan esperada en este y otros casos, apareció por fin. Pero a mi parecer con cierto grado de perversión del propio acto de pedir perdón, ya que lo hizo en nombre del Estado.

Al escucharlo acudí al diccionario para tener claro en nombre de quién o de qué pedía perdón la ministra; no me quedaba entonces y sigue sin quedarme claro en nombre de quien pidió perdón doña Dolores. ¿Quizá del estado de alarma que provocó el accidente y la posterior gestión de sus consecuencias? ¿Del estado de ánimo de los familiares, que ha llevado a la indignación y la vergüenza no solo a ellos sino a todo un país por el maltrato recibido? ¿Del estado de bienestar contra el que atentan y que nos arrebatan día a día y que, si existiera de verdad, no hubiera dado lugar a este despropósito? ¿Del estado de cosas en el que ha desembocado todo esto y que hace insoportable ya el clima de irresponsabilidad en el que se mueve el gobierno, que no para de echar balones fuera en todo aquello que debería asumir como un error o un fracaso? ¿De qué estado, señora Cospedal? ¿De este estado de emergencia en el que el gobierno no deja de poner parches en lugar de abordar soluciones de fondo? ¿En nombre del estado de excepción que les ha llevado a intentar ocultar la verdad durante 14 años? ¿Del estado de inocencia del que hacen gala ustedes cuando se hacen los despistados y se lavan las manos o miran hacia otro lado? ¿O del estado de ignorancia en el que pretenden sumirnos a los ciudadanos día a día, sustrayéndonos la información necesaria para que no sepamos cómo nos engañan? ¿Quizá del estado de necesidad absoluta que tenemos de honestidad y honorabilidad? ¿O del estado de opinión sobre este tema, que hacía ya irrespirable el tufo de mentiras? ¿Quizá del estado de sitio en el que el gobierno pone a quienes pretenden pedirle cuentas? No lo sé.

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La cuestión es que la ambigüedad se ha vuelto a colar en las explicaciones de nuestros representantes. Si la ministra hubiera pedido perdón en nombre de Federico Trillo, --que en ningún momento fue mencionado por ella--; o si lo hubiera hecho en nombre de José María Aznar, el patriota que presidía el gobierno en aquel momento; o en nombre de Mariano Rajoy, vicepresidente entonces y presidente ahora y gran maestro del despiste simulado; o del Ministerio de Defensa que ahora dirige; o en el suyo propio, a todos nos hubiera quedado claro.

Pero al hacerlo en nombre del Estado, no sólo adultera la petición de perdón, sino que además diluye de tal modo las responsabilidades, que hasta las hace extensivas a todos y cada uno de los ciudadanos; porque resulta que todos nosotros somos también miembros del Estado.

En resumen, parece que doña Dolores pidió perdón en nombre de todo y de todos y nos hizo a todos responsables de aquel desastre; en lugar de hacerlo exclusivamente en nombre de quienes sí tuvieron responsabilidades en un accidente que pudo haber sido evitado.

Esta forma de pedir perdón tiene trampa y es una nueva y refinada manifestación de soberbia. Pedir perdón con paliativos y en nombre de un ente en el que todo cabe, me parece que no es pedir perdón, sino volver a emular a los hermanos Marx, con la diferencia de que esto no tiene ninguna gracia.

(*) Pepe Viyuela es actor.