Renta básica y jornada laboral

Jorge Moruno *

Hoy día, el ateísmo es un pecado venial en comparación con
el crimen que supone la pretensión de criticar el régimen
de propiedad consagrado por el tiempo
. Karl Marx.

Jorge_MorunoFrente a la implantación de una renta básica puede ponerse como alternativa la reducción del tiempo de trabajo. Trabajar todos para trabajar menos y trabajar menos para trabajar todos. Esta ha sido una demanda histórica en el movimiento obrero: trabajar menos y vivir más, lo que no es sinónimo de inactividad, sino de un modo concreto de canalizar la actividad y mediarla por vías distintas a las que indican los cauces de la economía política. Esquematizando mucho; con la reducción de la jornada de trabajo se trabajan menos horas y se gana lo mismo o más, es decir, se obtienen más ingresos y se disfruta de más tiempo de no trabajo. Esto es así, siempre y cuando la reducción de la jornada laboral venga acompañada de un marco legislativo claro y junto a un control fuerte a posteriori, para garantizar un cambio de rumbo de la evaluación salarial, de no ser así, se pueden facilitar contractos simulados y en parte alimentar situaciones como horas extras no retribuidas.

Publicidad

Con la renta básica se recibe un ingreso aunque no se tenga un trabajo remunerado, lo que permite más margen de maniobra para trabajar menos horas: más ingresos y más tiempo de no trabajo (trabajo asalariado o con ánimo de lucro). En ambos casos, ya sea vía salarios o vía fiscalidad progresiva, se equilibra la balanza entre quienes acumulan mucha riqueza en pocas manos y quienes dependen para vivir de sus manos y su cerebro. Sin embargo, podría argumentarse que la renta básica cuenta con un elemento a favor que no tiene la reducción de la jornada de trabajo; un elemento que  guarda el mismo peligro que la reducción de la jornada laboral pero que incluye también una posibilidad.

El peligro de la reducción de la jornada de trabajo y de la renta básica es que ese tiempo liberado del trabajo no consiga transformar las relaciones sociales de producción, esto es, no consiga darle otro sentido al tiempo diferente del sentido económico. La posibilidad que abre la renta básica, y que beneficia tanto a autónomos como a asalariados, es que se goza de una mayor flexibilidad en el dominio del tiempo al ser incondicional y se depende menos de los ingresos del trabajo remunerado. Esa posibilidad puede construir relaciones sociales por fuera de la lógica de la rentabilidad permitiendo valorar actividades por las que no se paga y permitiendo obtener ingresos aunque no te paguen: quebrar la economía política dinamitando la relación naturalizada entre creación de riqueza y trabajo remunerado.

Es esperable que la renta básica implique una reducción de la jornada laboral de facto, gracias a la cual se puede decidir (en lugar de verse forzado), por ejemplo, trabajar a jornada parcial donde antes se trabajaba a jornada completa, hacer de la flexibilidad una fortaleza  y utilizar ese tiempo libre para vivir, leer, ir al cine, charlar, formarse, viajar, participar en actividades, repartir el trabajo de cuidados o sacar proyectos adelante que antes se veían impedidos por la precariedad. Aumentar la capacidad de la fuerza de trabajo sobre la decisión de su tiempo, frente a las necesidades que exige y trata de imponer el tiempo de la rentabilidad es síntoma de autonomía social, es decir, de libertad de palabra y decisión e igualdad de acción. Acompañada de todo un conjunto de derechos, la renta básica permite que los trabajos más desagradables se paguen mejor, e incluso puede fomentar un proceso de ludismo a la inversa, una aceleración de la automatización.

Artículos relacionados

Puede argumentarse que la renta básica es mucho más fácil y rápida de aplicar que la reducción de la jornada laboral, más aún teniendo en cuenta la composición del tejido productivo español donde predominan las micropymes y más de la mitad de las empresas activas en España no tiene, formalmente, ningún trabajador contratado. En España el 55% de las empresas no tiene asalariados y de las empresas que sí tienen, el 83% cuenta con dos o menos asalariados. Las mircropymes (de 1 a 9 trabajadores), suponen hoy el 90% del total de las empresas (en 2008 eran el 87%) y representan el 39% del empleo total en España, frente al 12,6% de las empresas con 250 o más trabajadores.

Un país menos productivo es un país que crea menos riqueza porque se centra en sectores lesivos a la ciudadanía, como la especulación inmobiliaria y el turismo masificado, que además de traducirse en vidas precarias destroza nuestro territorio y sus posibilidades de reproducción futura. Nuestra foto laboral es difícil de capturar únicamente con medidas pensadas para entornos laborales estables y para una fuerza de trabajo fijada al puesto de trabajo, cuando observamos el aumento del trabajo disperso y fragmentado o el paro crónico. Un entorno laboral en el que la fuerza de trabajo se comporta cada vez más en relación al trabajo, como un artista con los “bolos” que le van saliendo; intermitente, móvil, sin enraizar.

Trabajamos 280 horas al año más que en Alemania, por lo que invertir en sectores de alto valor añadido y en tecnología permite ser más productivos y democratizar ese incremento de productividad trabajando menos horas. Otro modelo productivo, también libera más riqueza y libera más tiempo de la necesidad de subordinación laboral, es decir, del trabajo necesario. Una renta básica permite que la evaluación del tiempo por parte del trabajador sea más autónoma con respecto a la necesidad de ser contratado, es decir, para el o la trabajadora una hora de su ocio tendrá un valor más alto y renunciar a ella un coste mayor, lo que se traduce en la capacidad de poder vender más caro su tiempo. Esto puede significar que una persona gaste menos horas en trabajos de bajo valor añadido que actualmente necesita para ir tirando y dedicarse, dado que tiene más tiempo, a desarrollar otro tipo de proyectos: una sociedad con más tiempo piensa y avanza más.

No se trata de fetichizar ninguna medida, sino de definir los contornos del núcleo económico de la hegemonía democrática. Tal y como comenta el economista Giuseppe Quaresima, es necesario un planteamiento integral de políticas necesariamente combinables (SMI, negociación colectiva, reforma fiscal, RBU, de reducción jornada, política del suelo y vivienda, modelo agroalimentario, límites energéticos…), a fin de generar un proceso de modificación del actual modelo de producción.

Sin embargo, la salida no pasa por intentar retornar al horizonte pasado del pleno empleo, sino por obtener vidas garantizadas, vidas dignas, lo que implica desvincular la dignidad del trabajo que se tiene para empezar a valorar el trabajo que se hace. Emancipación no significa reivindicar derechos por el hecho de ser trabajadores productivos desde el punto de vista de las categorías del capital, sino lo contrario; implica reivindicar el abandono de la economía política, el abandono del modo en el cual se forman las relaciones sociales que hacen del trabajo, entendido como mediación social, la fuente de la riqueza basada en el gasto de tiempo de trabajo humano. Esto que suena tan “utópico” es la posibilidad de salida a una situación que debe afrontarse, porque lo que está en juego es la descripción y definición de lo que es la convivencia y la comunidad imaginada, que no será más la de los años 60 del pasado siglo. Ante esta realidad, existe la apuesta de los populismos reaccionarios que buscan refugio en la comunidad pasada, frente a la ofensiva liberal de la comunidad del “yo” emancipado de la sociedad, el yo globalizado que separa la elección entre estilos de vida y las condiciones que permiten garantizar una vida. ¿Cuál es entonces la apuesta por una comunidad democrática que salga al mismo tiempo del marco reaccionario y se enfrente a la deriva neoliberal? Esa es la cuestión que hoy se plantea.

El reto histórico no pasa por la reivindicación política de Chicago en 1886, “8 horas para trabajar, 8 horas de ocio, 8 horas para descansar”, sino por inventar un sentido de pertenencia y vida en comunidad más allá del centro de trabajo, más allá del trabajo productor de valor de cambio. La necesidad de reinventar el imaginario, que si se pretende mínimamente transformador, necesita no solo generar empleos en nuevos sectores, que también, sino sobre todo asumir que la disputa política de nuestra época se centra en torno a qué hacer con todo ese tiempo, y qué otra forma de mediación social puede existir distinta a la que establece la economía política, es decir, la modernidad.

(*) Jorge Moruno es sociólogo y miembro del Consejo Ciudadano Estatal de Podemos.