CINE / Cinco películas escogidas por el autor que hacen crítica social

El cine como arma de denuncia social (II)

DAVID TORRES | Publicado: - Actualizado: 08:31

Los santos inocentes
Fotograma de ‘Los santos inocentes’, la película dirigida por Mario Camus. / Youtube

Con el Neorrealismo italiano como base, una serie de directores de muy distintas procedencias (europeos, asiáticos, africanos, sudamericanos) comprendieron que el cine también podía servir como arma de denuncia social y se volcaron en trabajos que mostraban la compleja realidad de sus países. Imposible no citar, aunque sea de pasada, a Yusef Chanin, padre del cine egipcio, y a Glauber Rocha, paladín del Novo Cinema brasileño, quien en Dios y el diablo en la tierra del sol (1964) montó una alucinante parábola de las revueltas campesinas en los años cuarenta. Tampoco pueden faltar a esta cita los Jóvenes Airados del Free Cinema británico (Jack Clayton, Karel Reisz, Lindsay Anderson), y muy en especial, La soledad del corredor de fondo (1962), de Tony Richardson, una cinta que ahonda en el abismo de la lucha de clases dentro de un reformatorio.

david saksena (YouTube)

Pather Panchali (1955), Satyajit Ray.

Nada menos que Akira Kurosawa dijo de Ray: “Estar en el mundo y no ver el cine de Ray es como estar en el mundo y no ver el sol o la luna”. Con la magnificencia y la naturalidad de una puesta de sol fluye la tristeza infinita de esta película que narra la vida de una mísera familia bengalí en la India durante los años posteriores a la independencia. Las secuencias del vendedor de helados o del monzón, con las primeras gotas de lluvia cayendo sobre una calva, son de las que no se olvidan. Y las muertes de la abuela y de la hija tal vez sean las más poéticas jamás filmadas.

Danzad, danzad, malditos (1969), Sidney Pollack.

Basada en una novela de Horace McCoy (¿Acaso no matan a los caballos?) y ambientada en los años de la Gran Depresión, la película de Pollack narra el reverso del sueño americano a través de la desesperación de unos pobres hambrientos que se apuntan a una maratón de baile con la esperanza de ganar unas pocas monedas. Jane Fonda y Michael Sarrazin adelgazan a ojos vista entre la algarabía de la música y los aplausos del público, pero quien se llevó el Oscar a casa fue Gig Young por su impresionante interpretación de un maestro de ceremonias todopoderoso y maléfico.

MERCURY FILMS (Youtube)

Los santos inocentes (1984), Mario Camus.

Soberbia adaptación de la novela homónima de Miguel Delibes, con esta película Camus logró una de las cimas indiscutibles del cine español, comparable a los mejores logros de Buñuel, Berlanga o Ferreri. A ello contribuyó no poco un elenco de primera clase donde brillan con luz propia Alfredo Landa, Francisco Rabal, Terele Pávez y Juan Diego en el rol de un señorito odioso y atroz. Impresionante denuncia de la miseria física y moral del campesinado español, uno de los grandes aciertos de la cinta es su indefinición histórica: podría estar ambientada en los cincuenta, en los sesenta, en los setenta o esta misma mañana.

Las tortugas también vuelan (2004), Bahman Ghobadi.

De esta película puede decirse lo que decía del Aria en re menor de Bach mi añorado profesor de música de BUP, Cifuentes: quien no se conmueva con esto lo mismo podía haber nacido saco de patatas. El director iraní Bahman Ghobadi cogió un puñado de jóvenes sin ninguna preparación actoral (uno de ellos, un niño sin brazos víctima de la guerra) y los introdujo en la recreación de un campo de refugidados del Kurdistán iraquí sembrado de minas. La película va estallando ante los ojos alucinados de los espectadores en un alegato antibélico de intensidad casi intolerable.

Sainirmal Production (YouTube)

Agua (2005)Deepah Mehta.

Con la India sumida en la lucha contra el colonialismo británico, una niña de ocho años es obligada a casarse con un anciano moribundo y, tras la muerte del marido, a encerrarse en un ashram para viudas durante el resto de su vida. Al igual que en su anterior película, Fuego, Mehta denuncia la situación insostenible de las mujeres indias sojuzgadas bajo ancestrales y tiránicas costumbres religiosas. Las amenazas y protestas de grupos fundamentalistas hindúes obligaron a la directora a tener que prescindir de buena parte de los actores y a tener que rodar la cinta en Sri Lanka. La belleza sobrenatural de las imágenes, la sutileza de la dirección, las elocuentes interpretaciones y la banda sonora, mano a mano entre A. R. Rahman y Mychael Danna, hacen que el espectador recobre durante dos horas la fe en el séptimo arte.

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