Un país lleno de emocionados patriotas empeñados en contrastar sus sentimientos

emocionados patriotas
España es un país lleno de emocionados patriotas empeñados en contrastar sus sentimientos ajenos a los que pensamos que esos sentimientos son los mismos. / Efe

Una nueva peste nos invade. Está compuesta por catalanologos, detentadores del seny, devotos del coplón catalán, defensores de la butifarra amb monchetas (enfrentada al cocidito madrileño que degustaba Julio Camba en Casa Ciriaco) amantes del all-i-oli (que huyen del gazpacho tal que almas que se llevase el diablo) como si no fuesen compatibles, aquel antes, esté después o viceversa, todos ellos, de una forma u otra, ocupan las pantallas de nuestros televisores y nos fríen a explicaciones repetidas con mayor frecuencia que aquella con la que suele atormentarnos la precipitada ingesta de un bocadillo de sardinas en lata con pure olive oil de aceitunas arbequinas.

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De momento, quien escribe, amante que es de la escalivada, también de la esqueixada y los calçots e incluso de la samfaina, degustador confeso de la prosa de Josep Pla o los versos de Alex Susanna o Gimferrer; de momento, quien escribe, sobrevive. Se ignora aún por cuánto tiempo. Pero cada vez que este íncola, sobreviviente de un naufragio tras otro, enciende el televisor se encuentra las mismas caras, en distintas cadenas, a distintas horas, sean estas del día o de la noche, en horario infantil e incluso en el de adultos (al menos mientras así sigamos siendo considerados) de forma que tiene ya gastado el lugar en el que suele descansar la barretina a cuenta de tanta catalanidad, de españolidad tanta, y de tanta zafiedad intelectual como la que últimamente, unos y otros, nos prodigan.

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«Este país de emociones encontradas en el que habitamos como si tal maldición gitana no fuese con nosotros, sigue nutriéndose de ellas, de las emociones»

Si es que alguna vez dejó de serlo, que es posible que sí que lo haya hecho, aunque ya no tengamos apenas memoria de tan histórico momento, este país de emociones encontradas en el que habitamos como si tal maldición gitana no fuese con nosotros, este país, sigue nutriéndose de ellas, de las emociones, y, así, está lleno de emocionados patriotas empeñados en contrastar sus sentimientos haciéndolo ajenos por completo a aquellos que estamos convencidos de que la única diferencia entre un patriota y otro reside, ya que no en los colores de sus banderas, sí al menos en su profusa proporción pues lo sentimientos son los mismos, la misma su legitimidad, idéntica la confusión e idénticas las consecuencias.

Ya nos va llegando. Dejemos que nos emocione la música, que lo hagan la danza o el canto, la lectura de un poema, una hermosa puesta de sol en el galaico finisterre, la sonrisa de un niño o la caricia de una mano que se te posó en la nuca, ensortijó tu pelo entre sus dedos y se deslizó luego cuello arriba sin que nadie dijese nada. El silencio le va bien a las emociones y suele recomendarse su uso individualizado o “de a poquitos”, si es posible.

Las emociones no son buenas para la política, ni para una, ni para otra política, pues en su práctica conviene no emocionarse en absoluto y sí, en cambio, razonar con la cabeza fría. ¿Cómo pretenden que lo hagamos los demás si desde las pantallas de los televisores no hacen otras cosa más que encauzar aquellas y frenar estas cuanto les es posible?

«Cualquier sistema político que no sirva para el bienestar de la ciudadanía sobre la que se aplica es preferible que deje de funcionar cuanto antes mejor»

Cualquier sistema político que no sirva para el bienestar de la ciudadanía sobre la que se aplica es preferible que deje de funcionar cuanto antes mejor. Ese bienestar ha de ser no solo material y físico, sino también y a la postre emocional; es decir: ha de encauzar el gozo de sus ciudadanos disponiéndolo hacía la cultura que les es propia y, si resultase que a una comunidad humana le fuesen propias dos concepciones de abarcar la comprensión del mundo, si en ella hubiesen de convivir los amantes de la butifarra y los degustadores de gazpacho, aliméntese a cada uno de ellos con aquello que su paladar reclame.

La multiculturalidad, la plurinacionalidad que se le exige al Estado Español, debe ser igualmente aplicada y entendida, al tiempo que protegida, también dentro de las distintas áreas culturales que conforman cualquier comunidad, nacionalidad o incluso nación española que por una cuestión terminológica no nos vamos a pelear; al menos sin antes haber definido debidamente el concepto que atesoramos para cada uno de estos términos pues es algo más que posible que el concepto decimonónico de nación haya variado substancialmente en los doscientos últimos años transcurridos desde que apareció en escena.

«Comience, pues, a hablar la ciudadanía; absténganse los todólogos, que todo lo saben, y hablemos de una vez con serenidad y calma, que buena falta nos hacen ambas»

Y mientras eso no sucede, si es que alguna vez ha de suceder, modérense los catalanologos de la tele encauzadas que sean sus intervenciones a dirimir sus emociones en un sentido y otro porque, al fin y a la postre, nada hay más parecido a un independentista emocionado que un españolista aquejado del mismo mal. Comience, pues, a hablar la ciudadanía; absténganse los todologos que todo lo saben y todo nos lo explican convencidos como están de que las suyas son verdades como las del barquero cuando en realidad solo reproducen sus sentires, las emociones que los transforman en aquello que nunca desearían ser y acaban siéndolo y hablemos de una vez con serenidad y calma, que buena falta nos hacen ambas. Pero hagámoslo sin olvidar nunca que nuestra razón se suele mover a impulsos de nuestras emociones. Un asturiano gustará siempre más de les fabes y un catalán optará siempre también por las monchetas. Misterios del ser humano.