Al problema político en Cataluña se le deben buscar soluciones políticas

problema político en Cataluña
Carles Puigdemont encabeza la manifestación independentista celebrada en Bruselas. / Stepahnie Lecocq (Efe)

A pesar de que algunos no lo crean y otros todavía no se hayan dado cuenta, en la lejana niñez de los que han alcanzado la misma edad que disfruta quien escribe, ya íbamos al cine.

Solíamos hacerlo los domingos, asistiendo a la que se denominaba ‘sesión infantil’ que empezaba, ineludiblemente, a las tres y media de la tarde. Era una gozada. Cuando el protagonista, que en Ourense era conocido como ‘el artistiña’, emprendía la galopada en persecución del malo, los chavales emprendíamos un rítmico pateo, un sincrónico pisoteo, en el piso de madera del patio de butacas al desaforado grito de ‘¡hala, artistiña!’ y no parábamos hasta que éste le daba alcance al malo, siempre demasiado pronto.

Hoy cualquier psiquiatra infantil diría que de tal modo descargábamos pulsiones, compulsiones u obsesiones de ésta y de aquélla otra índole y aún de alguna otra más, de las que, naturalmente, ninguno éramos conscientes. Así salimos, claro está o debiera estarlo, los de mi generación.

«A Franco cuando era niño le llamábamos en Ourense ‘el artistiña del NO-DO’. Entonces aún no había televisión y apenas existían noticias de ella»

La condición de protagonista, la condición de ‘artistiña’, se la aplicábamos, quizá irreverentemente, al Caudillo de España, Jefe del Estado y del Gobierno, Invicto solo ante el Comunismo sino también ante la Conspiración Judeo-Masónica Internacional, Generalísimo que fue de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire y acostumbrado que estuvo a entrar bajo palio en las catedrales y, por supuesto, a encabezar siempre el noticiario inicial de las sesiones de las tres y media y de las demás. Le llamábamos ‘el artistiña del NO-DO’. Entonces aún no había televisión y apenas existían noticias de ella. Llegaría ésta recién iniciada nuestra pubertad.

En los ‘telediarios’ Franco también solía aparecer a menudo, pero ya no le llamábamos ‘el artistiña’ sino que, al menos los más irreverentes, le decíamos ‘la rana’ porque iba de pantano en pantano, inaugurándolos. Salía con frecuencia.

Sin embargo, con todo y con ser quien era, nos recordaban las monedas de curso legal: Caudillo de España por la gracia de Dios, no lo hacía con la inusitada, con la insólita frecuencia con la que en las últimas semanas lo han venido haciendo los políticos catalanes en las pantallas de televisión. ¡La madre que los parió! Que los parió a ellos o a quienes decidieron, entre otros muchos del mismo tipo, ofrecernos el paseíllo de Oriol Junqueras y su cuadrilla yendo camino de la Audiencia Nacional. Lo han hecho así a lo largo de estas últimas semanas, cientos y cientos de veces, y los hemos visto en los noticieros, camino de la cárcel, saliendo de ella, en pleno mitín, paseando por Bruselas o bailando una sardana, en medio de los debates o de cualesquiera otros programas, repitiendo, una y otra vez, reiterativa y concienzudamente sus lemas y consignas, sus medias verdades, sus verdades enteras, unas a modo de mantras, de letanías otras, machacona y unánimemente, como miembros de una coral muy ensayada.

«La inmersión lingüística que supone haber oído las intervenciones de los políticos catalanes ha logrado que la mayoría de la población acabe por entender catalán»

Quince o treinta días más por ese camino y la inmersión lingüística que supone el hecho de haber oído las intervenciones de todos ellos, desde Puigdemont a Junqueras, desde estos a los Jordis, las Gabrielas, las Colaus o los obispos de la zona, hubiera sido de tal magnitud que la mayoría de la población peninsular habría acabado por entender catalán, al menos por entenderlo, sin necesidad de consultar los subtítulos en castellano, lo que hubiera resultado enormemente positivo, al menos en ese aspecto. Ya nos gustaría a unos cuantos que sucediese lo mismo con el gallego y el euskera aunque no fuese por idénticas razones.

Acaso la pregunta pertinaz sea la de si tanto y continuo machacar ha servido, o no, para alguno de los fines previstos; que no debieron ser éstos los de la potenciación de la realidad catalana sino más bien los de la disuasión de la conveniencia de ésta, no en el resto de España, sino precisamente en Cataluña.

Dicho de otro modo, para que mejor se entienda: hay o no hay más independentistas hoy que hace un par de meses. Terrible pregunta, por cierto, si se extiende a cuestionar si ese indudable, si ese indiscutible y tenaz aumento ha venido teniendo lugar durante los últimos años no solamente por la política de Puigdemont y la ensalada de siglas que lo acompañaron, jalearon y empujaron durante ellos a esa política, sino por la ausencia en el lado opuesto de una política consistente en olvidar el laisser faire, laissez passer que Francois Quesnay y sus acólitos fisiócratas aplicaban a la economía y nuestros gobernantes actuales lo han hecho, quizá en demasiadas oportunidades, a su gestión de la conflictiva realidad catalana esperando a que fuesen la Ley y su aplicación quienes solucionasen el problema en vez de mojarse con las soluciones de tipo político que la cuestión catalana reclamaba y sigue reclamando.

«La aplicación exacerbada de políticas rancias resultan enormemente inconvenientes y lo son a despecho de lo que digan las urnas el día 21 de diciembre»

Los estados de unanimidad perseguidos por todos los medios eran muy posibles en el franquismo pero al parecer no lo son tanto en las democracias y la aplicación exacerbada de políticas y tratamientos rancios, por lo que estamos viendo, resultan enormemente inconvenientes y lo son a despecho de lo que digan las urnas el día 21 de diciembre… al menos una vez vista y comprobada la fractura social habida en Cataluña.

Si nadie puede decidir un destino, si nadie debe impulsar una solución  independentista sin contar con una evidente y notable mayoría social, debiera resultar evidente que tampoco se pueda, ni se deba, decidir en el sentido contrario porque el problema seguirá existiendo y seguirá exacerbándose en un sentido o en otro, según se proceda.

A un problema político se le deben buscar soluciones políticas. La aplicación de la Ley no es cuestionable, evidentemente, lo que en cambio sí lo es o debiera más que serlo haberlo sido es el hecho de que se haya consentido el ‘deterioro’ hasta provocar la situación presente y, ahí llegados, alcanzado ese punto, quizá debamos convenir de una bendita vez en que tan culpables son unos como otros: los políticos catalanes por un lado y el gobierno central por el otro y que quien ha de pagar los platos rotos, más bien las vajillas completas destrozadas por los elefantes blancos en los que han devenido nuestras clases políticas catalanas y españolas, es la ciudadanía en su conjunto mientras esta asiste, pasmada ante las pantallas de televisión, a la danza macabra de unos y otros en medio de El Ruedo Ibérico.

No es una corrida, ni siquiera una novillada con picadores, es una siniestra charlotada en la que ‘los primeros espadas’ llevan meses haciendo la suerte de don Tancredo, los del centro (ya quisieran serlo) y la del pertiguista los de la esquina nordeste dispuestos, como no y como se vio, a saltar por encima de todo, clavando la pértiga en el suelo, justo delante del morro del morlaco, para llevarse un tortazo que nos está doliendo a todos. Lo peor es que ya no podemos gritar ‘hala artistiña’, quién se atreve.

 

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