Más clase obrera en primera persona

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No es imprescindible ser un trabajador o trabajadora manual para defender los intereses de clase, reconocer la desigualdad o comprender los abusos del capitalismo. / Wilkirmages (Pixabay)

Al calor de las inminentes citas electorales con resultados en presumible retroceso para la izquierda en España, personalidades políticas, académicas y tuiteras han lanzado un interesante debate sobre la desafección que lleva a la clase obrera a distanciarse de las organizaciones políticas que dicen erigirse en sus representantes. El 15 M, una convulsión impugnadora de las clases medias urbanas a la crisis, resultó apaciguada con el bálsamo institucional que tanto cuestionaba. Nos preguntamos varios años y limitadas soluciones después si somos capaces de “atraer” a la clase trabajadora hacia el voto de nuestras organizaciones, pero lo hacemos saltándonos algunas premisas que quiero formular a modo de preguntas: ¿la clase que trabaja se puede atraer hacia el voto sencillamente a través de un llamamiento ante la aproximación de la cita electoral?, o ¿es más bien una tarea de implicación y complicidad, participación y compromiso mutuo que ha de construirse desde otros parámetros menos electoralistas? Cierto es que esto último está hoy en la agenda y que también se ha intentado: áreas, círculos, redes, asambleas, asociaciones, bloques, candidaturas ciudadanas… ¿Pero son espacios reales de participación o mera retórica para justificar las decisiones cupulares con maquillaje metodológico?

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Situar el problema de la desconexión de las organizaciones políticas de izquierdas con la clase obrera no es, bajo mi punto de vista, tanto un problema de discurso o de la práctica política en sus territorios como el propio origen e inserción de clase de sus direcciones políticas y la barrera para llegar hasta ellos. Ese llegar hasta ellos encierra la fatídica verdad de que así formulado, expresa que hay un ellos y un nosotros.

Se construyen discursos basados en salidas democráticas en lugar de otrora necesarias luchas de re-conquistas de derechos básicos arrebatados

No es imprescindible ser un trabajador o trabajadora manual para defender los intereses de clase, reconocer la desigualdad o comprender los abusos del capitalismo; como tampoco hace falta ser politólogo para dirigir una organización social o política. Sin embargo, tras varios ciclos electorales institucionalizados, de jóvenes cargos públicos o de confianza alejados de la realidad material de la búsqueda de trabajo, precariedad, los problemas del acceso a una vivienda o la conciliación de horarios para poder hacer algo tan poco revolucionario como ver despiertos a tus hijos al llegar del trabajo, la noción de la realidad puede aparecer distorsionada. Esa puede ser la causa de que se construyan discursos y estrategias basadas en salidas democráticas, procesos constituyentes y asaltos al régimen del 78, en lugar de otrora necesarias luchas de re-conquistas de derechos básicos arrebatados sobre cuestiones materiales y miedos cotidianos.

Puedo intuir que el problema de la mayoría trabajadora de este país no se resolverá a través de los grandes relatos sobre hegemonía y discurso

Quienes crecimos con la premura de terminar los estudios más rápidos y eficaces para encontrar un trabajo, soportamos las largas colas de urgencias para desentrañar el motivo de la fiebre de nuestros familiares enfermos o miramos la cuenta corriente a día veinte del mes para algún gasto extra, no entendemos bien a Gramsci, pero podemos hacer política en primera persona. Ellos y ellas, las mayorías cuyos miedos y problemas diarios por este sistema injusto son aún más urgentes que los míos y otros como yo, deben poder militar o tomar decisiones políticas más allá de un clic, y convivir con quienes tomamos decisiones que tanto les afectan. No podemos ser lo que no somos, ni el hecho de habernos reenclasado hasta salir desde Vallecas hasta la almendra central, o ser profesores universitari@s, debe impedirnos hacer política y representar a otros y otras con más o menos posibilidades que nosotras. Pero sin duda, nuestro deber es mezclarnos, sindicarnos, ser referencia y ejemplo en los centros de trabajo, en nuestro vecindario, en las AMPAS de los coles. Y obligarnos a escucharnos y animarnos a dirigir procesos y organizaciones de cambio real, para que ese punto de vista satinado de problemas de verdad, nos sitúe en la realidad. Sin paternalismo, sin tacticismo preelectoral y sin tercera persona. Todo ello sin menoscabo de hacer una sincera autocrítica del camino que nos ha llevado hasta aquí, contextualizada en un país que ya no es el de 2011 que dio lugar a las revoluciones de las plazas. Eso nos devolverá la credibilidad. Yo que no leí a Gramsci hasta que llegué, ya mayor, a militar en una organización política, puedo intuir que el problema de la mayoría trabajadora de este país no se resolverá a través de los grandes relatos sobre hegemonía y discurso. Se que si la clase obrera siguen siendo ellos, en tercera persona, y no le damos salida a sus problemas cotidianos, ellos y ellas acudirán finalmente a ser representados por la derecha.