Que vienen los catalanes

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Obra ‘La sardana de Blanes’. / cesc casals (Flickr)

El periodismo estadounidense está en horas bajas desde la campaña electoral de 2016, porque al dar por hecha la victoria de Hillary Clinton, medios tan prestigiosos como el New York Times no solo engañaron a la propia candidata presidencial, influyendo sobre su estrategia, sino que comprometieron la propia existencia del periodismo tradicional en el turbulento sector de la información. En 2016 se comprobó en directo global cómo un sector de la prensa occidental ―cautivo de una noción inflada de su propio estatus y su propio poder― es perfectamente capaz de dar por válida una idea preconcebida y de publicitarla antes de haber sucedido, en vez de informar imparcialmente sobre el desarrollo de los hechos. Ahora ya sabemos, el mundo entero sabe, que el viejo periodismo mainstream no solo puede distorsionar sin reparos la realidad, sino también sobrevalorar peligrosamente su capacidad para cambiar la realidad. Mientras Trump tuiteaba frenéticamente sobre fake news, el mundo occidental le tomaba por un vejete facha tronado, hasta que el 9 de noviembre se supo que había ganado las elecciones, dejando a los medios de información de Estados Unidos en un estado de shock del que todavía no se han recuperado.

«La teoría que maneja el equipo de Mueller es que la interferencia rusa en las elecciones generales de 2016 forma parte del amplio proyecto de Putin para desestabilizar las democracias de Occidente»

Para apoyar a ese grupo de poder del que no solo forma parte la prensa estadounidense, sino también el influyente sector cinematográfico de Hollywood al que él pertenece, el director Steven Spielberg interrumpió el rodaje de la superproducción futurista Ready Player One para hacer en un tiempo récord la película Los archivos del Pentágono, que es una apología de ese periodismo tradicional cada vez más necesitado, diríase, de poderosos paladines que lo defiendan. “La urgencia de esta película la marcaba el ambiente que ha creado este gobierno [el de Trump], que bombardea a la prensa y que etiqueta la verdad como falsa cuando les conviene”, explica Spielberg. Los días de Trump en la Casa Blanca podrían estar contados si la investigación del fiscal especial Robert Mueller logra demostrar que hubo connivencia entre el gobierno ruso de Vladimir Putin y el equipo electoral de Donald Trump para socavar las posibilidades electorales de Hillary Clinton y para minar la confianza del electorado en la salud democrática de su país. La teoría que maneja el equipo de Mueller es que la interferencia rusa en las elecciones generales de 2016 formaría parte del amplio proyecto de Vladimir Putin para desestabilizar las democracias veteranas de Occidente.

«Una mayoría abrumadora de medios estadounidenses atribuye la maniobra de desestabilización de Vladimir Putin a un ente genérico al que denomina ‘los rusos’»

Una mayoría abrumadora de medios estadounidenses atribuye esta maniobra de Putin a un ente genérico al que denomina ‘los rusos’. Del mismo modo que en contextos coloquiales aparecen sujetos casi abstractos con cualidades supuestamente temibles ―‘El milenarismo’, ‘Los marcianos’, ‘Los mercados’―, en los grandes medios estadounidenses se publican a diario textos donde se habla con toda seriedad de ‘los rusos’. Con este término casi infantil se refiere la prensa estadounidense a los protagonistas de esa operación que habría ideado Vladimir Putin para que sus comparsas del Kremlin socaven un Occidente formado por la descoordinada Unión Europea y por el polarizado Estados Unidos posterior al crash de 2008. Esos medios estadounidenses veteranos a los que defiende Spielberg en Los archivos del Pentágono ―y que entonaron el mea culpa por su preselección tendenciosa de la candidata demócrata durante la campaña electoral de 2016― son los que ahora hablan de ‘los rusos’ como Joe McCarthy durante su purga anticomunista de la década de 1950.

«En España se habla en el entorno mediático de ‘los catalanes’, un ente impreciso con el que demonizamos alegremente a siete millones de españoles sometidos a un vapuleo diario»

Con la misma imprecisión, en España se habla casi a diario en el entorno mediático de ‘los catalanes’, un ente impreciso con el que demonizamos alegremente a siete millones de españoles sometidos a un vapuleo diario en columnas de opinión, tertulias, redes sociales e, incluso, en algún debate en el Congreso. Del mismo modo que cientos de miles de catalanes no secesionistas guardaron silencio durante décadas ―en un país con libertad de expresión donde cabe preguntarse por qué no se quejaron públicamente―, hoy toleran pacientemente que se los empaquete en ese ‘los catalanes’ que parece pedir a gritos una pregunta. ¿Quiénes son ‘los catalanes’? En esta guerra civil lateral del nacionalismo catalán, ¿quién reparte los carnés de catalanes buenos y catalanes malos? ¿Acabaremos diciendo “Niño, cómetelo todo que vienen los catalanes”? Conviene recordar que Cataluña es España, que la crisis catalana no se resuelve por la fuerza y que estigmatizar a Cataluña entera es caer en la metonimia tramposa de los propios secesionistas, que llevan cuatro décadas tomando el todo por la parte. Cataluña no es el secesionismo catalán. Y los catalanes no son siete millones de secesionistas catalanes.

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