En verano, rebajas en el empleo

  • 90.000 personas menos están este mes en el paro. La mayoría en chiringuitos, hoteles por menos de 1.000 euros al mes, de sol a sol. Me pregunto si es suficiente.
  • No es quimera ni utopía, es cuestión de plantear cual es el modelo por el que se apuesta y trabajar para asentarlo.

* Sira Rego, responsable de IU de Estrategias para el conflicto

Llega el verano y con él la foto del paro del país. Como siempre respiramos aliviadas por la disminución de las cifras que, al menos, dan un respiro en la época en la que el sol aprieta y la vida se ralentiza. Una sensación reconfortante de que las cosas mejoran un poco y que habrá cerca de 90.000 personas que percibirán un salario estos meses. 90.000 personas menos están este mes en el paro. 90.000 que en su mayoría estarán currando unos meses. La mayoría en chiringuitos, hoteles, bares. Curros por menos de 1.000 euros al mes, de sol a sol. Me pregunto si es suficiente.

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Dicen las cifras que baja el paro mes a mes, pero aún así seguimos con un volumen insoportable. Hablamos de lo visible, de lo que incluyen las estadísticas como población activa, la de quien tiene un puesto de trabajo o bien está buscándolo de forma proactiva. Queda siempre pendiente la casuística de ese otro gran grupo de millones de personas que forman parte de la población inactiva. Una mirada feminista seguramente aclararía que un buen grupo estaría conformado por mujeres que se encargan de forma invisible y gratuita de la reproducción y los cuidados, como siempre quedan en los márgenes de las estadísticas.

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Volvemos a esas más de tres millones de personas sin trabajo y recordamos que, de esas, casi la mitad no percibe ningún ingreso. Y, a pesar de la bajada progresiva, una sensación de desazón, incómoda. Este mes de junio es el que menos contratos ha producido desde 2011. ¿Deberíamos estar satisfechas? ¿Se recupera el país? Miremos más a fondo los números, porque detrás de ellos hay miles de historias de carne y hueso.

Bastaría un vistazo para constatar que, de todos los contratos firmados en junio, apenas el 10% son indefinidos. Es decir, la mayoría son de carácter temporal, muchos de ellos a tiempo parcial, en sectores ultra precarios. Es imposible vivir o acaso tener un proyecto de futuro en esas condiciones.

Pero, además, la cosa se complica cuando cruzamos esta contundente realidad con otra. Se supone que la economía crece y que los beneficios empresariales han aumentado por encima del nivel previo a la crisis. Sin embargo los salarios siguen siendo precarios, hasta el punto de que se han perdido 6 décimas de poder de compra en este último año, según el INE. La pregunta inevitable es, si queda demostrado que hay riqueza y beneficios, si nos venden que ya no hay crisis, ¿para cuándo una reforma del marco legal que permita que los salarios mejoren y que en base a ese reparto mejoren las vidas de las familias trabajadoras?

Desde luego sería simplista decir que el aumento o descenso del paro tiene que ver exclusivamente con la entrada de un nuevo Gobierno, sin embargo, sí que depende del Gobierno de turno que esta cifra varíe hacia un país de empleo digno y suficiente. El primer paso es, sin duda, derogar la reforma laboral del Partido Popular. Y, como “rectificar es de sabios”, abordar la derogación de la reforma laboral que impulsó el propio partido socialista. Dos reformas laborares que vistas con la perspectiva de los años constatan que han consolidado la precariedad estructural y la moderación salarial. Dos reformas laborales hechas a la medida de los intereses de la patronal y de un modelo productivo basado en sol y pandereta.

Por eso el dato del paro debería resultar incómodo. Nos estancamos en cifras que no resuelven un problema estructural del país y, sobre todo, que nos dejan un futuro incierto en cuanto al modelo social que reproducirá este modelo laboral. Revertir esa tendencia y cambiar este orden de las cosas debería ser un asunto de primer nivel para el nuevo gobierno del partido socialista. Pero para eso deberían ser audaces y, más allá de los gestos, abordar medidas de calado encaminadas a aliviar la presión que sufren las familias trabajadoras.

No es quimera ni utopía, es cuestión de plantear cual es el modelo por el que se apuesta y trabajar para asentarlo. De un lado, la contención salarial y la política de recortes como fórmula para salir de la crisis; y, por otro, el gasto público y el refuerzo salarial.

Nos dicen que la crisis está resuelta y que el país se estabiliza, omiten contarnos que la solución la llevamos cada familia sobre nuestras espaldas asumiendo como normal la precariedad, el paro y los bajos salarios. Es más, parece que, aprovechando el descalabro de un modelo que es claramente injusto, alguien hubiera impuesto unas reglas del juego que todavía penalizan más a quienes dependen de su trabajo para vivir.

Debemos estar atentas y reclamar que las cosas cambien. Solo se necesita voluntad política. Y si la voluntad falla, encontrarnos de nuevo en las calles.