Andalucía: ¿y después del bipartidismo, qué?

  • La pasokisación del PSOE no ha beneficiado al partido morado sino a Ciudadanos
  • Las elecciones andaluzas han confirmado la peor pesadilla de la izquierda: el conflicto catalán sigue importando a la ciudadanía

“El bipartidismo se ha mostrado ahora como una arma de doble filo. Produce estabilidad, pero sus crisis son sistémicas”. Esta frase de José Luis Villacañas contenida en la página final de Historia del poder político en España es seguramente decisiva para entender las consecuencias del resultado electoral en Andalucía.

El historiador andaluz argumenta en su obra que la mutación del modelo de partidos a un sistema polipartidista o multipartidista podía implicar (y, de hecho, está implicando ya) una ruptura en el consenso del bipartidismo imperfecto al que aspiraba Felipe González, según el cuál había que garantizar que el cambio de poderes en el Gobierno no supusiera una marginación o derrota total del resto de sectores de la sociedad ante una Constitución tan abierta a interpretación como la española.

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A nadie se le escapa que la fragmentación del panorama electoral es ya una realidad que se refuerza cada vez que se abren las urnas y que, a la vez que esto sucede, hay más sectores de la población que se están excluyendo del conjunto o que se enuncian a sí mismos como excluidos. El nuevo equilibrio de fuerzas es el que está, entonces, hoy en juego, y las elecciones andaluzas han marcado un punto de inflexión en lo que se refiere a cristalización de tendencias. Aquí algunas:

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El fin de la anomalía socialdemócrata española

En una entrevista en Otra Vuelta de Tuerka, Perry Anderson se preguntaba porque el PSOE había aguantado mejor que ningún otro partido socialdemócrata al uso la crisis de dicho espacio político en Europa. El británico situaba ahí el límite del crecimiento de Podemos. Hay diferentes respuestas a esta cuestión, pero hasta el domingo una estaba muy clara: el PSOE aguanta porque, hasta el momento, no se había constituido solamente como el partido socialdemócrata español, sino como el partido regionalista de la Comunidad Autónoma con más habitantes del Estado, Andalucía.

Los 14 escaños que ha perdido Susana Díaz han desangrado la hegemonía socialista en el sur, pero contrariamente a lo que hubiese sido la consecuencia lógica de la aparición de Podemos, la pasokisación no ha beneficiado al partido morado sino a Ciudadanos. En este sentido, si una oportunidad se ha perdido con el mal resultado de Adelante Andalucía es la posibilidad de dejar de ser un partido exclusivamente norteño para avanzar también en el sur, territorio imprescindible para aspirar a ganar en todo el Estado.

Los resultados electorales de Podemos en Catalunya y Euskadi da a la formación morada una posición más privilegiada que cualquier otro partido (quizás, sólo, a excepción del PNV) para situarse como interlocutor válido entre las naciones sin Estado y Madrid, pero complejiza extremadamente la posibilidad de ganar, no sólo electoralmente, sino un proyecto de España en términos territoriales e identitarios.

La identidad movilizadora dominante: España

Las elecciones andaluzas han confirmado la peor pesadilla de la izquierda: el conflicto catalán sigue importando a la ciudadanía más allá de la actualidad mediática y ha conseguido mutar la identidad nacional española, que, no olvidemos, es mayoritariamente dual.

En este sentido, a la buena campaña que han hecho Teresa Rodríguez y Antonio Maíllo le ha faltado un elemento: el andalucismo no puede entenderse por oposición a España. “España” no puede explicarse sin un discurso sobre el conflicto territorial liderado por Catalunya, que no le hable solo a los catalanes y catalanas soberanistas en sus múltiples expresiones, sino precisamente a todo el resto del Estado.

En este sentido, si la identidad movilizadora dominante en la derecha ha sido “España”, la izquierda ha carecido de la misma. 700.000 mil votos se han perdido entre el PSOE y Adelante Andalucía, 330.000 a la abstención y, como hemos comentando, parecería que una parte muy importante a Ciudadanos. Pero es que, además, si sumamos los votos del PACMA que ha crecido más del doble, EQUO y AxSí, tenemos que más 100.000 votantes “de izquierdas” no se han sentido interpelados a votar a Adelante Andalucía.

Ha faltado, en ese sentido, ese vehículo aglutinador y hay que recordar que si algo hubo durante la campaña fueron precisamente alusiones al “que viene la extrema derecha”, especialmente por parte de Susana Díaz, que después se repitieron durante la noche electoral. Quizás no sea, entonces, la mejor estrategia a repetir. Tampoco ha funcionado el colofón de medidas del acuerdo presupuestario y la promesa de 900 euros de SMI, las “cosas del comer” no han movilizado.

Esto nos puede decir que sí, que hay que recuperar nuestro eje, y recuperarlo no como lista de la compra sino desde el abajo-arriba, pero el proyecto del cambio tiene todavía pendiente la tarea de concretar qué es la “España plurinacional”, no en términos administrativos, sino de bloque social y esta es una tarea inaplazable que va a seguir pesando en cada elección.

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No nos deben asustar los mimbres que permiten el ascenso de la derecha, nos debe preocupar qué ha pasado con la capacidad que se tuvo en su día de conseguir que la mayor parte del electorado del cambio apostara por un significante nuevo como el de la plurinacionalidad. Cuando una idea de nación deja de ser “banal” es que está en el foco y se puede disputar, si no, que se lo pregunten a los creadores de los videoclips de Rosalía, hoy, la artista con más éxito de todo el Estado.

Del Whatssap al Parlamento andaluz: Vox como movimiento de fondo

A medida que van saliendo datos se va certificando que los votantes de Vox vienen del Partido Popular. Lejos del mantra de que a quién reforzaba el conflicto catalán era “a las derechas”, la gestión del Rajoy del otoño del 1-O ha provocado una fuerte escisión en las filas conservadoras que no se contentan ni siquiera con Ciudadanos.

Ese clima de opinión se mueve por los whatsapps del entorno de la derecha en los que, después de mandar una foto de una mujer en tanga, se envía una foto mal hecha sobre los privilegios de los presos o un vídeo grabado con el móvil sobre una agresión a guardias civiles. La izquierda tiene sus memes y su círculo de socialización cerrado, la derecha sociológica el suya, la única diferencia son algunos tabloides con más o menos escrúpulos, que no son muy distintos de los que proliferaron, por cierto, con el procés.

Se ha dicho mucho: la espiral destituyente de competición entre los partidos de la derecha ha roto el citado acuerdo del bipartidismo imperfecto sobre las normas comunes que permitieran la inclusión del otro, y, a su vez, ha abonado el terreno para la normalización de fenómenos como Vox que, hasta el momento, eran actores subalternos en el Partido Popular. Esa dinámica, si no se es capaz de recuperar el voto del PSOE, parece que tendrá como principal damnificado al partido de Casado que puede dejar de ser a medio plazo el gran partido de masas de la derecha en España.

El reflejo institucional de la revolución feminista

A imagen y semejanza de lo que hizo el Partido Popular con el 15M, antes de la traducción institucional que Podemos le dio a la irrupción de las plazas, algunos opinadores de izquierdas han salido a criticar que el movimiento feminista no se refleje en votos. Su respuesta es la de siempre, volver a hablar de la clase, como si por algún casual esa identidad sí hubiese operado de forma más clara en estas elecciones dónde ni siquiera lo ha hecho el eje izquierda-derecha.

El feminismo está removiendo los cimientos del sentido común, no sólo en España sino en el mundo, pero es cierto que, por lo menos en estos últimos comicios no ha sido capaz de movilizar electoralmente. Hay que reflexionar, y mucho, sobre cuál puede ser la traducción institucional del 8M que quizás no pase por los partidos sino por el blindaje de derechos en políticas públicas e, incluso, en la propia Constitución.

Igual que con las demandas de mayo del 2011, la tarea de un actor político que aspire a construir hegemonía debe ser la de la transversalizar y ampliar horizontes de aquello que ha removido las sociedades y no hay mejor garantía de respuesta popular que conquistar derechos que puedan percibirse como irreversibles. Esa sigue siendo la tarea pendiente de esta legislatura, sino, corremos el riesgo de quedarnos solas en la barricada.

Por el contrario, nos equivocamos cuando le atribuimos constantemente al feminismo apellidos y características de resistencia. La revolución de las mujeres es una manera de ver el mundo que está en ofensiva y es una irresponsabilidad hacerle cargar con la mochila de las derrotas de la izquierda. No hay que aprovecharse de lo grande que es el feminismo para intentar ampliar la agenda propia. Por el contrario, hay que ser un actor útil para que el feminismo se entienda, cada vez más, como un avance de la comunidad política en conjunto.  

Solo tendencias, solo una posible antesala: hay tiempo

En boca de García Linera, una crisis orgánica se dibuja en cuatro fases: manifestación de la crisis; transición o caos sistémico; surgimiento conflictivo de un nuevo principio de orden estatal; consolidación de un nuevo Estado. Como se preveía, Andalucía ha señalado en camino de la actual tendencia en la reconstrucción de los equilibrios en la larga crisis de régimen, pero ese camino no puede dibujar un orden nuevo, por lo menos, sin contar con Catalunya y País Vasco.

El reto es que aunque la derecha hoy sean tres, hay que conseguir que no les voten más, con mucha atención a los movimientos que han cristalizado en el sentido común como la españolidad y el feminismo y poniendo la brújula en volver a encontrar cuál es la identidad movilizadora aglutinante que evite que en otros territorios la sangría del PSOE vuelva a irse a la abstención o a Ciudadanos.