Ruidosa derecha española: se trata de neofranquismo (liberal)

  • "Me alineo con las tesis que consideran a esta derecha que viene asombrándonos en esta España preelectoral de políticos jóvenes como un franquismo que renace o sobrevive"

Me alineo con las tesis que consideran a esta derecha que viene asombrándonos en esta España preelectoral de políticos jóvenes (pero sobradamente agresivos y vociferantes, como Abascal, Casado y Rivera, con sus radicales semejanzas) como un franquismo que renace o sobrevive: que tanto da, ya que nunca ha desaparecido ni lo hará en mucho tiempo, dada su persistencia soterrada y la profunda huella impresa.

Por supuesto, nos referimos a ese franquismo inscrito –más allá de sus peculiaridades y, sobre todo, del análisis comparativo que podamos hacer con los movimientos ultras europeos– en el nacionalismo españolista histórico, un producto típico y repetitivo del conservadurismo español de siempre, ultramontano, inculto y dependiente, que expresa –mal que le pese– una lucha de clases disimulada, eterna y rancia, y que representa a un establishment español casposo y enquistado, siempre alerta y hostil frente a períodos o movimientos renovadores y reivindicativos.

La reaparición militante de este franquismo se explica fácilmente, ya que la larga dictadura que encarnó –con cuarenta años de impronta violenta y represiva (1936-1975)– dejó dos generaciones, al menos, como producto genético e ideológico, criadas durante ese régimen y alienadas bajo su opresión. Esta herencia no podía quedar anulada por una Transición más ingenua que optimista, y una democracia clásica y liberal escasamente imaginativa y no del todo convencida. De estas dos generaciones –que la sociología política podría alargar a casi tres– fueron millones los españoles que asumieron el estado de cosas autoritario, nacional-católico y parafascista, de grado o por la fuerza; y muchos menos los que, antes o después, se rebelaron contra esa pócima rancia y punitiva, principalmente mediante la cultura, el pensamiento o las respuestas políticamente comprometidas. El franquismo favoreció, además, un inmenso complejo de intereses económico-ideológicos, una extensa red de familias privilegiadas y, sobre todo, un imaginario –no del todo mitológico– con grandes dosis de bienestar económico y social: el desarrollismo de las décadas de 1960 y 70, que siguen evocándose como un tiempo de avances económicos y sociales que la crisis reciente –y no cerrada, ni mucho menos– tenía que reavivar de alguna manera.

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En estas circunstancias la resurrección activa del franquismo era inevitable, y llegados a este punto conviene señalar, ante esta fulgurante aparición del pasado, la responsabilidad directa de los gestores de la crisis iniciada en 2008, españoles y comunitarios, como eficaces promotores de Vox (aunque no únicos: los independentistas catalanes compiten con ellos en el éxito de este resurgir del ayer). Dos elementos explicativos pero circunstanciales, que no deben ocultar otros de fondo y que durante décadas no han sido capaces de alejar, por infundado, malsano e indeseable, el espectro franquista.

Señalemos en primer lugar a una izquierda timorata y aburguesada (PSOE) o debilitada permanentemente por sus problemas internos (IU), incapaz de liderar nuestra sociedad contemporánea y hacer pedagogía. Y en segundo lugar, un sistema democrático decepcionante y cada vez más falseado, con una Constitución tan manoseada como cínica; fáciles objetivos ambos para los antidemócratas, que tienen en sus fallos e incumplimientos donde hincar fácilmente el diente.

La Transición creyó que el episodio estaba resuelto con la muerte del personaje y el desplazamiento (aparente, formal) de sus seguidores y beneficiarios del poder político-institucional, y dejó libres –¡quién podía impedirlo!– a la historia, la sociología y la moral. Y en su legado han encontrado cabida y medro los elementos significantes de Vox, por más que sus líderes intenten disimularlos, que son rancios pero estructurales, como no dudan en exhibir: que si la unidad integral de España (nunca existente, justa ni posible); que si las tradiciones patrias (con gran aparato de mitos, supersticiones y ridículos), que si el machismo y virilidad (ahí tenemos el culto a la Legión y su himno, el militarismo a flor de piel y la autoridad y jerarquía como estructura de la sociedad y la convivencia).

De la “virilidad” de cuño franquista hay que subrayar, no se nos olvide, que siempre se ha expresado, en la vida común, con violencia de palabra y maneras, y, en la política, con la conspiración y el golpismo. De la religiosidad, malamente disimulada bajo una hipocresía clamorosa, se nos destacan sus aspectos más chuscos o ridículos, pero fuertemente vinculantes. Y de la reivindicación de una España heroica y sin mácula, se nos destacan los amplios horizontes y el páramo crudo, solar eterno de la invicta caballería matamoros… En partidos de esta índole, claramente autoritarios, priman las élites dirigentes y se rinde culto al líder/jefe; las coloristas listas electorales, trufadas de símbolos de la España parda (toreros, militares) son provocativas pero sustantivas: se ficha a elementos antipolíticos aborregados para que hagan bulto y ruido, sin más.

Hay actualizaciones, claro que sí, pero de entre ellas no merece la pena subrayar el constitucionalismo que proclaman estos políticos del ayer ya que, más que disimulo, es pura mentira. Sí es interesante la versión, actualizada, de lo judío (que tanto odio atraía desde el franquismo histórico) y lo israelí (una realidad ignorada por aquel Estado de la “tradicional amistad hispano-árabe”), ya que sobre lo primero abundan los silencios y sobre lo segundo no faltan las exaltaciones justificadas, se supone, tanto en la manía anti islámica como en la admiración hacia un Estado fuerte y victorioso. (Aun así, la condición eminentemente ignorante y brutal de estas huestes no permite diferenciaciones finas ni alineaciones diáfanas: está por verse cómo asumen el moderno antisemitismo, nexo inexcusable con las extremas derechas europeas).

Y de la suave (por más que jaranera) confluencia del fenómeno Vox con la derecha española actual, destaquemos la consistencia del elemento liberal-económico, estrecho vínculo, por más que inconfesable por unos y por otro, tanto con el PP como con Ciudadanos. Una realidad que nos recuerda la notable adaptación del liberalismo doctrinario a las dictaduras y sus inmensas oportunidades de negocio, estimulado por el escaso respeto a la ley y el predominio del clientelismo. Véanse, si no, esas familias españolas (con persistencia de muy conocidos y sonoros apellidos), a sí mismo tildadas de liberales, que prosperaron sin pausa durante el franquismo hasta constituir auténticas aristocracias del dinero y los negocios, y que supieron prolongar su éxito (sin gran esfuerzo o riesgo, desde luego) usufructuando la Transición en su favor. ¿Está alejada la historia de estos líderes cuarentañeros del pesebre paterno- franquista?

Entre las doctrinas-chicle y los suculentos negocios, son numerosos los economistas liberales de renombre, hostiles al Estado, que nunca reconocerán que como mejor fructifican teoría y práctica liberales es en dictaduras y regímenes autoritarios en general (de derechas), ya que les permite saquear al Estado y, de paso, humillar al ciudadano de clase media. Las dictaduras, por lo demás, suelen mostrar auténtica debilidad por los ricos de postín y las grandes empresas, a cuyas órdenes, en definitiva, acaban gestionando lo público. (En este encuadre, resultan algo patéticos, a más de cínicos, los escrúpulos de un Garicano, gurú de Ciudadanos y emblema del liberalismo clásico anglosajón, cuando pretende que captemos, en sus gestos desabridos hacia Vox, claves de incompatibilidad).