Ni confianza, ni credibilidad: Esperpento

  • Escenario abierto tras el debate en la derecha y en la izquierda

Max Estrella: "Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española solo puede darse con una estética sistemáticamente deformada". Un debate de candidatos a la Presidencia del Gobierno de España reflejado en las cámaras de AtresMedia da el Esperpento. El sentido trágico de la vida española solo puede darse con una estética sistemáticamente deformada.

Valle Inclán fue capaz de crear un género dramático genuinamente español argumentando que, cuando la tragedia clásica se trasladaba a la realidad española, se generaba el Esperpento. Algo así como si en vez del llanto, la expresión del dolor fuera la carcajada. Cuando la campaña electoral es un espectáculo, la democracia se convierte en un partido de fútbol, los militantes en hinchas o figurantes y los candidatos en ilusionistas o en el delantero centro. Cuando el voto se convierte en una ilusión, en un suspiro cuyo objetivo es celebrar una noche electoral como si de la victoria de un campeonato de fútbol se tratara, la razón, el raciocinio, se convierte en un sueño. Y el sueño de la razón produce monstruos.

La campaña electoral de las elecciones generales del 2019 se convirtió en aquello que rellenaba los huecos entre espacios publicitarios entre gritos de ¡periodismo!. Tres candidatos a la Moncloa pronunciaban los problemas de miles de ciudadanos como si fueran una retahíla de frases hechas, el padrenuestro en un debate de televisión privada. Y la noche de Sant Jordi del 2019, del Día del Libro, viendo la tele, un tiempo político nuevo llegaba y no tenía tanto que ver con cuáles eran las opciones políticas que se ofrecían, sino con cuáles eran los intermediarios que las contaban. Partidos que se valen con ser fuentes oficiales de algunos portavoces mediáticos.

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Al barro, al debate utilizado por AtresMedia para presentarse como el grupo mediático de la "confianza" y la "credibilidad", según el spot televisivo que lo anunciaba. Interrupciones constantes por parte de quienes tienen pretensión de dirigir el rumbo español en uno de los momentos más delicados para la democracia, tal y como la conocemos. Una salvedad, Pablo Iglesias. Bien por estrategia, bien por respeto y educación, el único que no caía en la bronca fácil y el y tú más del patio del colegio. El único presidenciable, tal y como conocíamos la democracia.

Dos bloques: izquierda (PSOE y Unidas Podemos) y derecha (PP y Ciudadanos). Un rival a batir para todos: Pedro Sánchez, el presidente. Un presidente encorsetado que ha perdido el áurea de la Moncloa y se ha puesto, en ocasiones, al nivel de Albert Rivera. Un Sánchez nervioso, a veces abatido, cuya principal estrategia era la polarización con Vox, que no estaba.

Un Albert Rivera chillón, que daba cortes a diestro y siniestro. Aquel partido que antaño pareció de centro, hace tiempo que optó por disputarle la derecha al PP, y luego llegó Vox. Con la cuenta atrás, no es capaz de que le den los números. Rivera, que no llega, optaba por aparecer ante sus huestes en una gigantesca imagen ataviado con la equipación de la selección española y tuvo la arrogancia de dedicar su minuto de oro a recitar su biografía personal, familiar, laboral... Por cierto, ¿alguien sabe de dónde sacaba Rivera todos los objetos utilizados durante el debate?

Un Casado que sabe que buena parte de la derecha siempre vuelve, dócil. Entre dos aguas, al saberse el más nuevo del lugar, apela a los desencantados con lo viejo, pero suma a la tradición de dirigir el partido que ha aglutinado a millones de personas conservadoras durante décadas. Intento de retorno al bipartidismo.

Por último, Iglesias, el único que apela a un sentido de Estado sin dejar, por ello, de faltar a un lenguaje rupturista con "los poderosos". El único candidato que, más allá del vestuario y el reto a medios de comunicación y banqueros, al poder establecido, ha hablado con educación y respeto no ya a su electorado, sino a los televidentes que terminaban de cenar en sus casa.

Dos batallas en tres días. La batalla de la izquierda contra la derecha. Y la batalla en la izquierda y en la derecha. Nada decidido, porque cuando la democracia se convierte en un partido de fútbol, se puede fallar un penalti hasta el minuto final. Sin encuestas que se publiquen hasta los sondeos a pie de urna, ni los jugadores, ni los hinchas pueden mirar el marcador. No pueden saber ni minuto ni resultado. Los españolitos, mientras tanto, mirarán la tele hasta que les entre el sueño. Aunque haya sueños que producen monstruos.