¿Una papeleta? En busca de las “razones” de Ciudadanos

  • El autor reflexiona sobre qué hay detrás de la estrategia de Ciudadanos y su fidelidad al PP

Hugo Martínez Abarca es diputado en la Asamblea de Madrid por Más Madrid

Andamos todos los observadores de las negociaciones madrileñas de las derechas desconcertados con Ciudadanos. Hay demasiadas pruebas ya de que muchas veces los actores políticos no actúan racionalmente y se suicidan sin que nadie consiga entender qué estrategia llevó a dar pasos tan incomprensibles: a veces es la fuerza de la inercia, otras veces son impulsos viscerales de los líderes; no pocas pequeñas batallitas secundarias obsesionan a los dirigentes hasta hacer perder la gran guerra. Sin embargo, siempre intentamos entender por qué los partidos hacen lo que hacen en clave racional: si hacen A es porque buscan B.

En el caso de la inmolación de Ciudadanos a manos del Partido Popular uno puede escuchar o leer a analistas y propagandistas de izquierda a derecha y el consenso es el rotundo fracaso de la táctica en la que está inmersa la organización de Albert Rivera sin que nadie sea capaz de entender qué razones puede haber para mantener su subalterna contumacia.

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Se podía entender la apuesta por reemplazar al PP y por tanto su nítida ubicación en el bloque de la derecha hasta las elecciones generales; se podía comprender que para las municipales y las autonómicas apenas daba tiempo de girar un discurso sin dar excesiva vergüenza ajena; o que pensaran que en algunos sitios relevantes quedarían por delante del PP y la alianza de las derechas repartiría poder e imaginario. Pero tras el 26 de mayo las cartas ya están repartidas y a Ciudadanos le dejaron un recado muy claro: en el bloque de derechas sólo iban a ser una muleta patética del PP en todas partes y siempre acosado por el histrionismo fanático de Vox. Y aún así Ciudadanos persiste en su aparente suicidio sin aprovechar, siquiera, ocasiones para el regate como es el supuesto parón en las negociaciones de gobiernos autonómicos (Madrid, por ejemplo) o incluso del nacional. Nada: Ciudadanos insiste aún a costa de espantosos ridículos como las mentiras sobre Macron o la ruptura con Manuel Valls.

¿Puede ser que haya una estrategia política tras este aparente camino al suicidio de Ciudadanos? Puede ser, pero sólo se me ocurre una.

A los pocos días de la moción de censura que sacó al PP de la Moncloa, Cayetana Álvarez de Toledo escribió un importante artículo en El Mundo. Entonces era importante por venir de uno de los referentes intelectuales de FAES. Cuando Casado la rescató para el Partido Popular debimos interpretar la asunción de aquella propuesta como línea estratégica del PP. Aquel artículo, titulado “Una papeleta”, partía de un lúcido diagnóstico: la moción de censura suponía un durísimo golpe para la derecha española del que solo se recuperaría mediante algo así como una refundación conjunta. Y la que ella proponía era clara: que Partido Popular y Ciudadanos buscasen los caminos para ir juntos a las elecciones en una sola papeleta. Si podía ser en un nuevo y único partido, mejor; si eso era demasiado difícil, buscando estrategias unitarias que condujesen a la coalición electoral.

El diagnóstico de Álvarez de Toledo era tan acertado que se quedó corto: en las primeras elecciones que hubo tras la moción de censura irrumpió Vox, una escisión fanática del PP que hacía aún más complicado el rompecabezas de la recomposición de la derecha dividida ya no en dos sino en tres. Es posible, solo posible, que el análisis de Álvarez de Toledo sea también el de Albert Rivera. Que todos sus movimientos estén orientados exclusivamente a la fusión orgánica con el PP.

Ello explicaría algunos de sus movimientos. Si existe el proyecto de construir un bloque con el PP, Albert Rivera no puede permitirse ni una fuga de poder del PP ni siquiera allí donde parezca una necesidad más flagrante tras décadas de corrupción estructural, con un mal resultado electoral del PP, con el atasco de las negociaciones en la derecha: serían dificultades a afrontar, pero el proyecto de fusión con el PP no permitiría que la solución fuera un gobierno decente y demócrata. Pero, además, podemos pensar que el proyecto de Rivera pasa por dejar fuera de esa fusión a Vox y arrinconar a los ultras hasta que desaparezcan como un partido fugaz en un momento crítico (algo que, ciertamente, parece un destino cada vez más probable).

Para ese proyecto tendría ciertamente sentido la obsesión de tejer gobiernos mixtos entre el PP y Ciudadanos y recoger gustosos las políticas de Vox evitando en lo posible su entrada en las fotos, los cargos… Es decir: apretar los lazos entre PP y Ciudadanos independientemente de los intereses de la ciudadanía, sin tener en cuenta los años de corrupción o los escándalos judiciales que esperan al PP (y mancharán a sus socios) en los próximos meses; e intentar que esos lazos dejen orgánicamente fuera a Vox. Las elecciones de abril y mayo habrían sido una suerte de fase previa de un congreso constituyente en la que se habría repartido el número de delegados; Ciudadanos habría salido peor parado en ese reparto de lo deseado, pero no por ello va a dejar de apostar por el partido en constitución.

También así se entendería la reciente dinámica de Vox de intentar parecer respetable: compárense las declaraciones, los adjetivos, los tonos… de sus dirigentes nacionales en las últimas dos semanas con los que hemos escuchado desde que sus gritos adquirieron relevancia. Si lo que se está jugando es el reparto del pastel no electoral sino orgánico en la refundación de la derecha española, es más importante estar dentro y llegar con el mejor botín posible que la situación en las encuestas ante elecciones futuras en las que no se concurriría con las actuales siglas.

O quizás no; quizás sea sólo que lo están haciendo todo mal. Que siempre es una posibilidad.

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