Agenda 2030: gatopardismo o transformaciones

  • Análisis sobre los compromisos que exige la Agenda 2030

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Pablo Martínez Osés es miembro del colectivo La Mundial y colaborador de Economistas sin Fronteras

Hay que reconocer que el gobierno de Pedro Sánchez ha realizado una notable campaña de comunicación, al menos de visibilidad, sobre su adhesión a la Agenda 2030 y sus 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible. Estos fueron mencionados en el fragor de los discursos de la investidura fracasada a la que pudimos asistir el pasado mes de julio. El candidato la nombró como marco de referencia para la transición ecológica en su discurso inicial, mientras que la vicepresidenta en funciones, Carmen Calvo, hizo unas declaraciones en las que citó a la cooperación internacional y la Agenda 2030 entre aquellas competencias que fueron ofrecidas a Unidas Podemos. En este último año ha sido habitual observar a ministros, ministras y otros miembros del gobierno con el multicolor logotipo circular en sus solapas. De igual forma que dicho logotipo suele servir como fondo de pantalla en las ruedas de prensa tras los Consejos de ministros y ministras en el Palacio de la Moncloa.

Mucha menos gente de la que habrá visto el logotipo sabrá de qué se trata. Y mucha menos, teniendo en cuenta el carácter amable del logotipo y su presentación, sabrá que tras la Agenda 2030 se encuentran los principales conflictos que desafían a los seres humanos de nuestro tiempo. La pobreza y la desigualdad, la devastación ambiental y sus consecuencias para la salud y la supervivencia de las especies ­—incluida la especie humana—, la precariedad, la insostenibilidad y la injusticia del modelo económico predominante, la discriminación de las mujeres y de otras minorías, la amenaza de las guerras y la incapacidad para gobernar el mundo de manera democrática. La Agenda 2030 es la propuesta construida por las élites políticas y económicas para poner en marcha las soluciones de manera urgente, en la próxima década. Al menos, es su propuesta para simbolizar que esas cuestiones deberían solucionarse. Como un logotipo.

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La Agenda 2030 se presenta como una propuesta profundamente transformadora. De múltiples cuestiones que deben ser modificadas en plazos muy breves, para evitar la catástrofe climática o que la progresiva concentración de riqueza y poder nos impida hablar con sentido de sociedades democráticas dentro de muy pocos años. Por eso, no es posible adoptar la Agenda 2030 de manera superficial, sin poner en cuestión lo que venimos haciendo políticamente en todos los escenarios y administraciones desde hace varias décadas. Nadie puede conformarse con incorporar la Agenda en los discursos o en las solapas, salvo que se tenga intención de apelar a los cambios sin que, en realidad, nada cambie.

Por eso es preciso ofrecer un panorama distinto al que va construyéndose como hegemónico en relación a la Agenda 2030 y sus objetivos de desarrollo sostenible. Partamos de que la Agenda aprobada en la Asamblea General de Naciones Unidas hace cuatro años debe ser considerada más como un territorio para la disputa política y del pensamiento que como un plan de acción plagado de soluciones para los principales desafíos del tiempo que vivimos. Disputa que no se resume en la confrontación de posiciones previamente prefijadas, sino que se expresa en la necesidad de comprender cabalmente las formidables dimensiones de las transformaciones que nuestro mundo necesita con urgencia, y cuáles son, en consecuencia, las condiciones de posibilidad para dichas transformaciones.

Es claro, a una agenda constituida para ser aprobada por las élites políticas de los estados nación del mundo y previamente consentida por las élites económicas transnacionales, no se le puede pedir, ni en su formato, ni en su contenido, expresiones radicales de cambio en la distribución actual de las relaciones de poder y los privilegios. Pero eso no quiere decir que dicha agenda deba ser rechazada sin más tachándola de inútil, insuficiente o coartada de los poderes transnacionales. Mucho menos que tenga que ser adoptada acríticamente, lo que, debido a sus insuficiencias y contradicciones, constituiría una apuesta segura de gatopardismo. Asumir un discurso de cambios para que nada cambie.

En cambio, hay cada día más personas y colectivos que están inventando y explorando esas transformaciones del pensamiento y de las prácticas cotidianas y políticas. Economistas Sin Fronteras ha querido recoger algunas de ellas en el último número de su Dossier publicado en el mes de julio.

El compromiso con las transformaciones que demanda nuestro tiempo, exige por su puesto, ir mucho más allá de los límites de la Agenda constituida y literal, aunque podamos hacerlo a partir de su existencia, tomando los mejores elementos del diagnóstico que expresa sobre los problemas del desarrollo, revisándolos y repensándolos para proporcionar una visión coherente con las transformaciones y los principios de universalidad e igualdad. Más aún, no deberíamos abusar de términos como transformación o cambio sin disponer de un aparato conceptual y práctico sobre cómo pueden dinamizarse realmente.

La concepción multidimensional, universal e integral contenida en la Agenda 2030 apunta a varias transformaciones fundamentales características de nuestro tiempo. Dichas transformaciones han de ser consideradas más bien como “pre-condición” para hacer posible la implementación de la Agenda que como resultados de la misma. Es decir, para alcanzar las metas y objetivos propuestos en la Agenda 2030, es preciso iniciar transformaciones profundas en varios ámbitos de la acción política, en la forma de pensar y hacer colectivamente. En la forma de comprender el territorio y la configuración de nuestras acciones colectivas sobre éste desde una lógica pendiente de inaugurar, que incorpore integralmente lo que hasta ahora consideramos externalidades, efectos colaterales y consecuencias imprevistas. Independientemente de que estas transformaciones no estén directamente conectadas con los resultados programados.

En términos literales de la propia Agenda 2030, la tarea más urgente es reformular los (muy insuficientes) medios de implementación en alternativas concretas centradas en los habitus políticos. Así, es preciso considerar, como hace el mencionado dossier, distintas aproximaciones a la realidad actual y a los desafíos comunes para contribuir a ampliar la mirada sobre los mismos.

La propuesta debe ser descaradamente multidisciplinar para tratar de ofrecer una aproximación coherente con la integralidad y la multidimiensionalidad con que perseguimos reconceptualizar un desarrollo que históricamente, se ha mostrado anclado a visiones sectoriales y unidimensionales del progreso. En realidad, podríamos resumir el contenido como una apuesta por cómo pensar las humanidades, la economía, las relaciones internacionales, los marcos jurídicos internacionales, la fiscalidad y el territorio en el siglo XXI. Pueden y deben realizarse más aproximaciones desde más temáticas y perspectivas, siempre y cuando persigan la misma intención de explorar los vínculos entre las dimensiones ambiental, social, económica y política de los procesos a que hacemos referencia. Valgan los siguientes como un aperitivo para abrir el apetito y demostrar que sí podemos disponer de aparatos conceptuales y prácticas concretas para que el impulso que la agenda internacional de desarrollo afirma pretender no se agote en los límites que la actual correlación de fuerzas impone.

En estos últimos años ha adquirido cierta notoriedad el gráfico de la economía de rosquilla popularizado por Kate Raworth de la Universidad de Oxford, cuyo origen y explicación constituye una de las valiosas aportaciones a esta nueva forma de pensar. Con ella, Raworth, no sólo nos ofrece una nueva forma consistente de representar gráficamente los procesos de desarrollo, sino que nos proporciona claves fundamentales para construir un nuevo pensamiento y nuevas prácticas económicas, menos esclavas de la monetización, que incorporen otros capitales humanos y sociales y se enfoquen en la redistribución.

Una de esas prácticas realmente innovadoras se refiere a un nuevo enfoque de lo territorial que asuma una nueva relación entre todos los tipos de vidas existentes que conforman los ecosistemas que soportan toda actividad. La mirada que Fernando Prats y Jorge Orcáriz proponen sobre un trabajo en proceso de realización en Áraba/Álava Central como biorregión. Se trata de un caso concreto con profusión de datos y conexiones entre las diferentes dimensiones vitales que nos aproxima a una forma de entender los potenciales del territorio superando la mirada antropocéntrica que se ha demostrado limitada y expoliadora.

Por su parte, Pedro Ramiro y Erika González, reflexionan y exponen el marco jurídico internacional que en la actualidad privilegia dimensiones del capital y la propiedad privada sobre el marco internacional de los derechos humanos. Mostrando los mecanismos con los que dicho marco jurídico constituye una de las principales dificultades para hacer efectivas formas de justicia global coherentes con los derechos humanos y su universalidad, poniendo en riesgo principios democráticos fundamentales en la gobernabilidad global de los desafíos comunes, por su anclaje con los poderes de las transnacionales y la impunidad con que realizan su dominio.

De enorme interés también es conocer lo que Kate Donald del Center for Economic and Social Rights (CESR) con sede en Nueva York nos propone, puesto que nos relaciona la política fiscal y los mecanismos de tributación con la perspectiva de género. Un ejemplo claro de multidimensionalidad que nos proporciona una mirada amplia de las potencialidades de un sistema fiscal coherente con los desafíos que plantea la equidad de género. Las propuestas de romper con la idea de austeridad, establecer mecanismos de garantía a la financiación privada o priorizar distribución sobre crecimiento puro, entre otras, nos permiten vislumbrar acciones políticas concretas aplicables a la gestión de las administraciones públicas poniendo en el centro la igualdad de género.

En el ámbito de las relaciones internacionales y la cooperación internacional, Ignacio Martínez ha analizado los límites del sistema internacional de cooperación, que están impidiendo su necesaria redefinición ante el nuevo contexto global. Su adaptación insuficiente al carácter transnacional de los problemas del desarrollo y su incapacidad para generar prácticas que atiendan las crecientes interdependencias pone en serio riesgo las posibilidades de contar con una política de cooperación potente y relevante. El nuevo paradigma que demanda la realidad al sistema de cooperación puede partir de las orientaciones básicas que el artículo propone, como superar la lógica Norte-Sur, avanzar en la democratización del sistema, articular nuevas prácticas multiactor y multinivel y redefinir su doctrina y su trabajo desde un enfoque integral de las políticas de desarrollo.

También el pensamiento filosófico está tratando de mostrarnos cómo debemos pensar este tiempo de enormes desafíos e incertidumbres que vivimos. Se recensiona el breve ensayo Nueva ilustración radical de Marina Garcés, que nos ofrece un valiente y ambicioso punto de partida para repensar de manera radical nuestro mundo. Asumiendo que vivimos un tiempo de descuento, una condición póstuma marcada por la insostenibilidad de la experiencia humana de progreso, la filósofa nos propone recuperar el más genuino aparato crítico de la ilustración para releer el presente, y con ello actualizar las posibilidades de emancipación.

Esperamos y deseamos que estas reflexiones provoquen e inspiren miradas más amplias y ambiciosas sobre las posibilidades de articular pensares, saberes y actuaciones, más allá de los discursos normativos e institucionales. Si hay posibilidades de cambio sin duda proceden de la capacidad que los seres humanos tienen de crear, entretejerse y aprender colectivamente. En las actuales circunstancias la audacia y el atrevimiento no son sólo una opción, sino una necesidad de primer orden.

Claro que todo esto requiere de otros tiempos y de otros lenguajes distintos de los cálculos electorales y de la confrontación y los reproches que inundan nuestra actualidad política. Pero tal vez no debamos perder la esperanza, puesto que hay cada día más personas, sin duda también en el PSOE y en UP, que podrían estar dispuestas a empezar mañana mismo a asumir la responsabilidad política que, estos profundos cambios y el largo alcance, requieren con urgencia.

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