DEBATES

Los hombres blancos heterosexuales pueden ser pobres, ¿y?

  • Respuesta al artículo de Pascual Serrano: '¿Pueden ser pobres los blancos heterosexuales?'
  • "Ni aquí, ni en Estados Unidos se puede negar que las mujeres, y también las personas negras, migrantes o trans… están obligadas a sobrevivir con peores condiciones"
  • "Un supremacista es, al fin y al cabo, un cobarde que responde con cobardía ante un sistema injusto para todos"

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Que los hombres blancos y heterosexuales pueden ser pobres no es una interrogación, una duda o pregunta, es una evidencia. En la medida en que existe un empobrecimiento generalizado de la población y la desigualdad entre los que más y menos tienen aumenta a golpe de crisis, cada vez hay más pobres, más hombres pobres, más heterosexuales pobres, más mujeres pobres, blancos y blancas y, por supuesto, negros y negras. Cada vez aumenta la diferencia entre quien ostenta la riqueza y la pobreza. Escribo esta respuesta al artículo de Pascual Serrano, ¿Pueden ser pobres los blancos heterosexuales?, publicado hoy en cuartopoder.

Amigo Pascual. Qué bien leerte y poder reflexionar para responderte en un artículo, alejado del griterío de las redes sociales, las cuales, en muchas ocasiones, se han convertido en fuente de conflictos irreales, al menos tan solo virtuales. Las redes como fuente de disputa constante, como lugar donde conseguir adeptos a una posición política o de otro ámbito del pensamiento, y (casi) nunca como espacio de debate y de enriquecimiento entre dos posturas (o más) que desde las diferencias y pluralidad de perspectivas se acerquen, al menos lo intenten, a un consenso que mire hacia el progreso. Soy consciente de que el artículo que publicas viene, precisamente, al calor de una discusión en Twitter, y me parece peligroso ascender las trifulcas de pantalla a reflexión argumentada en un artículo. Quizás estemos dotando así a la soflama de una importancia que no tiene. Reconozco que me tiemblan un poco los dedos al aceptar el duelo, pero puesto que ya estamos en faena, como dicen en la feria, al toro.

Los hombres heterosexuales y blancos pueden ser pobres, claro, pero no por ello se puede obviar otras estadísticas o números. Que los blancos no están sometidos a las violencias (de diversas formas) racistas, que las personas heterosexuales no están sometidas a las violencias de odio a la persona LGTBI, que los hombres no están sometidos a las violencias machistas, que las personas autóctonas de un territorio no lo están a las vinculadas con la xenofobia son cuestiones evidentes que no nos deberían llevar más tiempo en aceptarlas. Que parte de estas violencias son de carácter económico, tampoco. Pues ni aquí, ni en Estados Unidos, ni en cualquier otro lugar del planeta se puede negar que las mujeres, y también las personas negras, migrantes o trans… están obligadas, por regla general, a sobrevivir con peores condiciones laborales y económicas, además de tener unas mayores cuotas de peligro de vulneración de otros derechos y libertades elementales. Que los ricos no sufren los estragos de la aporofobia es, también, una evidencia.

Por supuesto que un supremacista, tal y como haces referencia en tu artículo, no es un monstruo caído del cielo, aunque su actitud ante la vida suponga una de las mayores monstruosidades que podemos encontrar, sino una persona que por sus propios condicionantes sociales, económicos, culturales, y también por cómo todos estos han influido en el carácter, asume una posición de odio hacia el diferente, al débil y al que está por debajo en una construida escala de posiciones tan inherente al capitalismo y su injusticia social. Es, al fin y al cabo, un cobarde que responde con cobardía ante un sistema injusto para la mayoría. Alguien que, ante las inseguridades e incertezas de un sistema de valores que se cae, se amarra a aquellos valores que excluyen a buena parte de población pero le unen mucho a unos cuantos como él y hacen piña; alguien que, ante el miedo de quedar situado en los márgenes de un sistema que escupe y arrastra a millones a los márgenes, prefiere dar una coz al que está por debajo de él, para que este no ascienda y para no ser el último, que levantar la voz ante quien está por encima, poco por encima o mucho por encima. Ansia de un líder para encontrar su sentido de la vida. Aunque hay causas para tener miedo, no aplaudimos al cobarde y sus excentricidades al más puro estilo Vox, Bolsonaro o Trump, sino al valiente que les combate.

El fascismo es eso, condicionado por los elementos estructurales que en cada lugar y momento se den, el fascismo es la venganza contra el que está peor, la cobardía y obediencia ante el poderoso, ya sea Trump, ya sean las élites en los distintos estamentos del Estado o en el sector económico que construyen el Estado español herederas de la dictadura… Planteas, Pascual, en tu artículo, que hay que “terminar de una vez con su supremacía de raza y de sexo”, pero que a los supremacistas “también les debemos más justicia social, más educación y más capacidad de participación democrática como a cualquier ciudadano”, y no puedo estar más de acuerdo, pues la vacuna contra el totalitarismo no puede ser sino más democracia; la vacuna contra el fascismo, más justicia social. Sin embargo, intuyo que bajo estas palabras, corrígeme si me equivoco, se encuentra una crítica a las llamadas “políticas de la diversidad”, crítica que tanta presencia tiene últimamente en las interminables discusiones de Twitter entre perfiles izquierdistas o progresistas.

Estas políticas, según argumenta el colega Daniel Bernabé en su libro La trampa de la diversidad, favorecerían a un segmento de la población frente a la injusticia particular a la que está sometido y se presupone, desde determinadas tribunas, que dejarían de lado al todo desposeído, desheredado, sometido o explotado, aquello que, con una infinidad de matices, podríamos hacer llamar la ‘clase obrera’. Digo se supone porque, para mí, no hay ninguna demostración de ello. No soy capaz de entender conceptos como ‘conciencia de clase’, premisa para la construcción de la ‘clase obrera’, aislándolos de otros como ‘solidaridad (obrera, si se quiere)’. No entiendo cómo se critica a las llamadas políticas de la diversidad, cuando la sociedad es diversa. A problemas diversos, políticas diversas, cuando estas hacen avanzar a sectores de población que se enfrentan a represiones constantes. ‘Solidaridad (obrera, si se quiere)’ es un concepto por el cual la empatía hace pelear por los derechos de otros, aunque no nos afecten directamente.

El mantra de que las llamadas políticas o luchas de la diversidad tienen un carácter neoliberal, tampoco se entiende por mi casa. Cuando la acción política se desarrolla para conseguir derechos para sectores de la población, lo que irremediablemente suele arrastrar una pérdida de privilegios de otros, no se puede denominar neoliberalismo, al menos tal y como entiendo este último concepto. Que se promueva una ley para igualar en derechos a las mujeres con respecto a los hombres, a la población trans con el resto, leyes LTGBI o medidas antirracistas, aunque estas no afecten a los hombres heteros y blancos, no pueden ser tachadas de neoliberales, pues entiendo el neoliberalismo como aquella política que supedita los derechos de las personas al buen funcionamiento de un mercado financiero en el que solo pueden jugar la partida unos pocos.

Existen tendencias neoliberales inducidas por algunos sectores de población que son minorías (o mayorías no hegemónicas, si se prefiere), como el planteamiento de los vientres de alquiler como forma de facilitar a hombres gays el tener un hijo. Esto no es una política progresista que vele por los derechos LGTBI, sino una medida neoliberal que antepone el privilegio del rico que puede pagar a una mujer (pobre en la inmensa mayoría de los casos) por gestar, porque quiere tener un hijo con sus propios genes. Esto no equipara derechos entre personas, sino que perpetúa privilegios entre los ricos que pagan y las pobres que se exponen. He aquí la diferencia.

Si el dilema que planteas es que para combatir al fascismo, que ya en este año 2021 ha tenido una aparición tan espectacular como la toma del Capitolio estadounidense, hace falta más justicia social, una sociedad justa que cuide a quien se queda al margen y es poseído por el miedo e inseguridades ante un sistema social que arrasa, te lo compro. El que para abogar por la justicia social haga falta dotar de la cualidad de víctima a un sector como el “hombre blanco heterosexual”, porque siente cómo algunos de sus privilegios son puestos en duda, como consecuencia de otras luchas sociales, no lo puedo comprar. Pues las minorías (o mayorías no hegemónicas) tienen el derecho (y el deber) de exigir y pelear por una equiparación de derechos con los sectores hegemónicos, y para esto, algunos privilegios han de ponerse en duda. Porque cuando la condición racial, de origen geográfico, sexual, de género no sea un elemento diferencial y crucial para la permanente explotación, ese “desheredado hombre blanco heterosexual” cobarde (por el temor a la injusticia social en la que vivimos), no se atreverá a dar la coz a una persona con tantos derechos y privilegios como él, y quizás entonces mire hacia arriba para encarrilar sus quejas y legítimas exigencias.

Cuestionar los privilegios de la aristocracia o de los burgueses ha sido el motor de la lucha de clases durante la historia. Cuestionar los privilegios del ocupante e invasor, también ha sido y es el motor de la lucha de clases de muchos pueblos frente al colonialismo. Cuestionar hoy los privilegios de quienes por lugar de nacimiento, por cuestión racial o por haber nacido cis (y no trans) tenemos una serie de facilidades innatas en las sociedades que habitamos es, también, motor para la lucha contra los privilegios. La revisión de la historia, su análisis para comprender las consecuencias, es necesario. Es necesario hacerlo desde la política, desde el periodismo, desde la academia, desde los movimientos sociales… El que hoy un negro arranque una estatua de un esclavista que puso un blanco en un pedestal no debería de ser motivo de burla o de mofa, sino un ejemplo para comprender que, al igual que esa estatua está colocada ahí simbolizando un momento histórico y una correlación de fuerzas determinada, su derribo es exactamente lo mismo: un símbolo de que la correlación de fuerzas y los valores que explican el mundo están cambiando, o, por lo menos, hay una voluntad de hacerlo.

Hablaba, al principio del artículo, del temor a ascender una trifulca de Twitter a la categoría de artículo y de la argumentación. Cada vez me resulta más aburrido este barro de las redes sociales. No sé si es que, como le pasa a Iñaki Gabilondo, me he empachado. Y es que pienso que, al fin y al cabo, el trumpismo, este auge global ultraderechista, estas nuevas formas del fascismo tienen mucho que ver con la ausencia de un sistema de valores compartido. Y creo que, en esto, tienen mucho que ver las dinámicas comunicativas a las que estamos expuestos y de las que participamos. Pascual, tú has sido un referente para muchas generaciones de periodistas por tus análisis sobre la profesión y el quehacer periodístico, tus libros son estudiados en las facultades de Periodismo, seguro que tienes mucho que añadir.

Esta dinámica a la que me refiero está basada en la espectacularización (lo que no entretiene no tiene hueco en la agenda informativa) y la inmediatez (nos podemos enterar de cualquier cosa que ocurra en cualquier lugar con pocos segundos de diferencia aunque no tengamos capacidad de analizarla y comprenderla). También hay una tendencia que crece día a día: la necesidad que como ciudadanos informados tenemos de posicionarnos sobre cualquier asunto, por muy banal que sea. Las redes sociales nos permiten emitir opiniones sobre todo, absolutamente todo. El formato de las tertulias televisivas obliga a lo mismo, a tomar partido sobre todo, absolutamente todo. O estas con esta tertuliana, o con este tertuliano.

Este fin de semana veía en la televisión, en horario de máxima audiencia, la crispación entre analistas políticos sobre una guerra de bolas de nieve, a ese nivel hemos llegado. Me pregunto: ¿esta necesidad de tomar partido y de confrontar sobre todo, absolutamente todo, no genera una sensación de bandos y rivales que muchas veces es innecesaria, pues es tan nimia la cuestión sobre la que discutimos que al final solo queda la discusión en sí misma? ¿Esta crispación constante, que nos entretiene y por eso se fomenta, no es el caldo de cultivo perfecto para que salvapatrias, con discursos facilones y cobardicas, como el fascismo, adquieran un protagonismo que no tienen? ¿Debemos fomentar y perpetuar estas discusiones constantes en las redes sociales? ¿Ayudamos con esto a la información, a la reflexión y el análisis o solo al ruido? ¿Generar contenidos constantes en redes sociales, propagados por otras redes sociales y respondidos desde las mismas redes sociales no nos separa, cada vez más, de la realidad que, como personas comprometidas con la justicia social, debemos intentar cambiar?

Dudas que me planteo en primera persona, y que planteo en este artículo para comprobar si alguien tiene una respuesta adecuada. Al final, la respuesta a tu artículo, Pascual, se ha convertido en algo más amplio. Ya no es solo una contestación a lo tuyo, sino un vómito a mis propias inseguridades. No me extiendo más, que si no, como dicen en nuestra querida tierra albaceteña, “no dejamos enchurrilao” el debate y seguimos así hasta la saciedad, “estamos que ni se muere padre, ni cenamos”. Como dicen en nuestra tierra manchega, ante la que está cayendo: “Échate por la sombra, Pascual”. Un abrazo.

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4 Comments
  1. EstebanForti says

    Para blanqueamiento el del PSC. En vez de jugar al juego de la caza de brujas rojipardas deberíais andar a conseguir el Memorandum del SURE y el reglamento del Resilience and Recovery Facility que nos va a dejar el orto como a un cis.

  2. David says

    A estas alturas creo que no sería muy conveniente seguir dándole comba al falso dilema reconocimiento/redistribución. Cualquier persona comprometida con la democracia sabe que ambos son imprescindibles. La críticas sensatas a las políticas identitarias tratan de evidenciar cómo se pretende desactivar la lucha capital/ trabajo a través de un falso reconocimiento de determinados colectivos: de facto a quien se reconoce es a los negros/ homosexuales/mujeres/… que se encuentran en la clases profesionales. Eso es lo que lleva ocurriendo desde hace mucho tiempo en USA, demócratas y republicanos han ocultado el drama de clases trabajadoras más vulnerables a base de falsos feminismos, antirracismos y demás.

  3. David says

    Esa estrategia les ha permitido ganarse al votante progre par su agenda neoliberal. Esto es lo que se está denunciando.

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