La desigualdad es hoy mayor que durante el Imperio Romano

Desigualdad Nairobi Kenia
A pesar de sus altas tasas de crecimiento, los países en desarrollo han visto aumentar la desigualdad. En la imagen, suburbio de Nairobi, Kenia. / Johannes Haushofer

A finales del siglo II de esta era, el 1,5% de los romanos acaparaba el 20% de la renta del Imperio. Hoy, en Estados Unidos, el 1% de la población dispone del 20% de la renta nacional. Casi 2.000 años de progreso y la desigualdad entre ricos y pobres, en vez de acortarse, ha aumentado. Ese y otros muchos datos es lo que arroja una edición especial de la revista Science sobre el origen, evolución y futuro de la desigualdad. La sensación final es que, con el sistema actual, la brecha no se cerrará.

Con ingentes cantidades de datos, registros de impuestos que se remontan al siglo XVIII o los últimos hallazgos arqueológicos, decenas de economistas, historiadores y hasta físicos han puesto el ojo científico sobre el fenómeno de la desigualdad. El resultado es una decena de estudios publicados por la revista científica más prestigiosa y poco dada a dejar hueco a la política o la economía en sus páginas. Sus conclusiones desmontan unos cuantos mitos sobre el supuesto progreso de la civilización humana.

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El trabajo central sobre el que orbita el especial es la revisión que hace el economista francés Thomas Piketty de la evolución de la desigualdad en Estados Unidos y Europa desde finales del siglo XIX. Famoso por su libro Le capital au 21e siècle (El Capital en el siglo XXI, no editado aún en español), Piketty ha reunido una treintena de investigadores para realizar la más completa historia económica de los últimos siglos basándose en los datos de los impuestos de 25 países desarrollados, entre ellos España.

Su ejercicio de Big Data les ha permitido demostrar que el avance económico no reduce la desigualdad, sino que la aumenta. En cuanto a la renta, antes de la I Guerra Mundial, el 10% de la población europea tenía entre el 45 y el 50% de la renta nacional. En Estados Unidos, había entonces más igualdad. El top 10 acaparaba el 40% de la renta. Con datos de 2010, el 10% de los estadounidenses dispone de casi la mitad del total. Los más ricos entre los europeos contaban con el 35%. Para Piketty, este descenso es una anomalía en la tendencia debida a las dos guerras que asolaron Europa.

En cuanto a la riqueza, entendida como capital acumulado, la desigualdad es aún más marcada. En Estados Unidos, el 10% de la población posee el 70% de la riqueza, el mismo porcentaje que hace 100 años. En Europa las cosas han mejorado. Del 90% poseído por el 10% más rico se ha pasado al 65%. La diferencia se debería a la emergencia de una clase media adinerada. Lo que no cambia es que más de la mitad de los ciudadanos de ambas orillas del Atlántico se tienen que conformar con el 5% de la riqueza.

El gráfico muestra el porcentaje de renta obtenido por el 10% más rico de Estados Unidos entre 1913 y 2010. Alvaredo, Facundo, Anthony B. Atkinson, Thomas Piketty and Emmanuel Saez, The World Top Incomes Database, http://topincomes.g-mond.parisschoolofeconomics.eu/
El gráfico muestra el porcentaje de renta obtenido por el 10% más rico de EEUU entre 1913 y 2012. / Alvaredo, Facundo, Anthony B. Atkinson, Thomas Piketty and Emmanuel Saez (topincomes.gmond.parisschoolofeconomics.eu)

Sobre esta base, Piketty y sus colegas vaticinan que la desigualdad en los países más desarrollados aumentará en este siglo. Y lo hará porque,  mientras los rendimientos del capital se mantendrán entre el 4% y el 5%, como ha sido la constante en los últimos 100 años, la tasa de crecimiento se quedará entre el 1% y el 1,5%. Así que la brecha entre capital y renta seguirá creciendo a no ser que, como postula el economista francés, se imponga algún tipo de tasa mundial al primero.

La paradoja de la educación

Considerada tradicionalmente la herramienta más eficaz para combatir la desigualdad, la educación estaría creando nuevas desigualdades. Esa es la provocadora conclusión de otro de los estudios que componen el especial de Science. Su autor, el economista del Instituto Tecnológico de Massachusetts David Autor, muestra como en las últimas décadas ha surgido una especie de clase supermedia. El fenómeno es especialmente evidente en Estados Unidos.

Relacionado con la revolución provocada por la tecnología, en especial la informática e internet, la distribución de los ingresos entre el 99% de la población menos rica se ha diversificado hasta crear grandes diferencias marcadas por la formación.

Los universitarios estadounidenses, por ejemplo, ganan hoy el doble más de lo que ganaban en 1979 en comparación a los ingresos de los que se quedaron en los estudios secundarios. Y el fenómeno es extrapolable al resto de países desarrollados. Un análisis con 12 naciones miembros de la OCDE muestra que la diferencia entre lo que gana el 10% de los mejor pagados frente al resto ha crecido entre el 25% y el 100% en los últimos 30 años.

En el caso de los países en desarrollo hay una doble desigualdad: dentro de cada uno de ellos y  respecto de los países ricos. A pesar de algunas mejoras absolutas, la brecha relativa se ha acrecentado en ambos casos en la mayoría de las naciones menos desarrolladas.

Martin Ravallion, de la Universidad Georgetown de Washington hace una revisión de los últimos datos. La reducción de los casos más extremos de pobreza absoluta no sirve para compensar hechos en principio sorprendentes: La región de América Latina es de la que más ha acortado su distancia con el primer mundo. Sin embargo, la desigualdad dentro de cada país ha crecido en ocasiones hasta en un 50%.

Pero lo más descorazonador es que este trabajo desmonta otro mito. Desde que comenzó el siglo, el mundo en vías de desarrollo ha experimentado tasas de crecimiento económico que para sí quisieran los más ricos. Sin embargo, y en contra de la ortodoxia que vincula crecimiento y reducción de la pobreza, Ravallion ha encontrado una correlación pequeña pero negativa entre ambos. A más crecimiento, mayor pobreza y desigualdad. Como se preguntaba el editorial de Science, ¿acaso es inevitable la desigualdad?