Boicot al Festival 'Cinéma Verité' de Teherán

Cuando Samuel Sebastian, cineasta y dramaturgo valenciano, presentó su último documental –La pausa dels morts [trailer en el vídeo]- al Festival Cinema Verité de Teherán no fue consciente del estado de la industria cinematográfica en la antigua Persia. “Fue sobre mayo, tengo una agenda mundial de festivales y, en la planificación de la película, incluíamos la participación en un buen número de festivales de todo el mundo. El festival Cinéma Verité, es cierto, goza de prestigio mundial”, así que no tuvo dudas a la hora de postular su obra.

Sebastian no supo hasta hace pocas semanas que su obra había sido seleccionada y entraría en concurso. No conoció la noticia por la organización sino por emails de activistas que le rogaban que apartara la película del certámen en protesta por las violaciones sistemáticas de Derechos Humanos en el que incurre la república islámica.

Una situación especialmente difícil desde las protestas sociales por un posible fraude electoral en las elecciones de 2009, que llevó a decenas de miles a las calles en protesta -la Revolución Verde– y a una feroz represión policial que incluyó, según denunciaron políticos opositores como Mehdi Karrubi, torturas y violaciones de activistas en prisión, además de desapariciones y muertes. La represión no se limitó a las manifestaciones sino a todos los aspectos de la vida de los iraníes, y en concreto a una de sus más orgullosas y destacadas industrias, la cinematográfica, objeto de censuras y presiones ya desde el tiempo del Shah que se verían reforzadas tras los eventos de 2009: arrestos de cineastas y actores, prohibiciones, censuras y, en uno de sus últimos y excesivos capítulos, la condena a 90 latigazos y un año de prisión  de una conocida actriz, Marzieh Vafamehr, por “actuar en una película vulgar”, una condena finalmente anulada por la presión internacional.

Sebastian quedó horrorizado. En una misiva contundente, pidió a los organizadores del Festival que retiraran su película. “Me resulta particularmente vergonzoso que un régimen como el de Irán torture e impida el desarrollo de su trabajos a mis colegas cineastas y, al mismo tiempo, presuma de un festival de cine al que, irónicamente, llaman ‘Cinéma Verité’ y en el cual los mismos cineastas de su país no tienen derecho a participar, más aún, ni siquiera tienen el derecho a realizar películas, lo cual sé que es como si perdiéramos el derecho a ver, a sentir, a hablar y, por supuesto, a expresarnos con libertad“, justificaba el cineasta, según explica a cuartopoder.es mediante un intercambio de correos electrónicos. “Imagino que vosotros, los organizadores de este festival, habréis oído hablar de Mojtaba Mirtahmasb, Katayoon Shahabi , Mohammad Nourizad , Maziar Bahari , Bahman Ghobadi, Mohammad Rasoulof o Jafar Panahi, entre muchos otros, que han sido arrestados y torturados por el hecho de realizar películas. Y en esta lista podría estar yo mismo si hubiera nacido en su país, porque para mí no hay mayor libertad que la de poder expresarme en imágenes ni mayor tortura que la de perder este derecho”.

Unos de los carteles de la campaña a favor de la libertad de los cineastas iraníes arrestados.

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Sebastian destacaba así algunos de los nombres más sagrados de la industria cinematográfica iraní, que en los 90 se consideraba junto a China una de las mejores potencias exportadoras de arte y cuyos trabajos de las últimas dos décadas han llegado a ser comparados con el neorrealismo italiano. Una industria brillante ahogada por la realidad de un régimen teocrático que no acepta ningún tipo de disidencia, ni en la realidad ni en la ficción, como se confirma tras la sentencia -seis años de prisión- para el conocido director Jafar Panahi y tras la detención de cineastas como Katayun Sahabi, Naser Saffarian, Mojtaba Mir Tahmaseb, Hadi Afarideh y Mohsen Shahrnazdar, arrestados en septiembre acusados de trabajar para la BBC, lo que en Irán equivale a ser acusados de espionaje.

La detención de Katayoun -liberada bajo fianza el miércoles-, fundadora y responsable de Sheherazad Media International, una de las principales distribuidoras de cine iraní al mundo, fue un golpe especialmente duro para la industria. Las campañas en las redes sociales no tardaron en surgir, y destacados directores y actores iraníes en el exilio promovieron una petición para pedir el boicot a los festivales de cine iraníes.

Entre los firmantes figuraban nombres tan importantes como el galardonado Mohsen Makhmalbaf, cuya película Kandahar fue seleccionada por la revista Time como una de las cien mejores películas de todos los tiempos, y sus hijas Samira y Hana; Maziar Bahari, documentalista, periodista y activista irano-canadiense detenido tras las protestas, que fue torturado durante su arresto -pasó 118 días en la ominosa prisión de Evin, acusado “trabajar para cuatro servicios de Inteligencia, la CIA, el Mossad, el MI6 y Newsweek”, según denunció el mismo tras su liberación-, o la directora de Mujeres sin hombres, León de Plata en el festival de Venecia, Shirin Neshat.

El cine iraní desde siempre para mí ha sido un referente muy interesante en cuanto a experimentación cinematográfica, en particular las películas de Kiarostami y Mohsen Makhmalbaf y desde hace unos diez años hemos tenido la suerte de poder ver a nuevos creadores que han desarrollado un lenguaje cinematográfico muy inteligente en el que, sin mostrarlo directamente, han denunciado la falta de libertad en su país”, explica Sebastian. “Hoy en día, todos estos directores o bien sufren la represión (Panahi), o bien ruedan clandestinamente (Ghobadi), o bien han tenido que marcharse (Kiarostami). Por esa razón, la campaña gubernamental contra el cine iraní resulta particularmente devastadora, porque no solo se trata de acabar con la libertad de expresión y creación sino también destrozar todo un patrimonio cinematográfico único en el mundo y que lleva aportando al séptimo arte obras de gran calidad desde hace más de 50 años”.

La petición de los cineastas en el exilio se extendió con rapidez y eficacia. Al menos 32 participantes retiraron sus obras del festival, en un movimiento que enfureció a los organizadores. El valenciano no esperaba ninguna respuesta a su carta, pero el Festival reaccionó mediante una refinada y cínica misiva enviada individualmente a los directores que, como Samuel Sebastian, pidieron la retirada de sus películas y que terminó siendo publicada en la página web del certámen, lo que da una idea de la amplitud del fenómeno de boicot.

Tras agradecer el interés por los Derechos Humanos mostrados por los cineastas, los responsables del Festival afirman que es imposible evitar que algunos documentalistas violen la ley y sean perseguidos por ello -“si el sistema judicial de su respectivo país ofrece inmunidad legal a los cineastas estamos interesados en saberlo”, se aduce-; se les insta a acudir al Festival -que comenzó el pasado día 8 y finaliza el 14 de noviembre- para “descubrir la verdad” y dicen “ser conscientes de que las decisiones [de retirar las películas] se ha hecho por la presión del lobby sionista que domina la mayor parte de Europa y América, desesperados por desviar la atención pública de la crisis económica en Europa y del movimiento Ocupa Wall Street en América”.

“No pienso responder al mail de la organización, básicamente porque es un diálogo entre sordos”, razona el cineasta español. “Mientras nosotros les hablamos de derechos humanos ellos responden con el lobby sionista, mientras nosotros les decimos que hay una gran cantidad de cineastas represaliados, ellos contestan que desde la revolución islámica han habido más de cien mil estudiantes de cine y que, obviamente, si no cumplen la ley, tienen que ser perseguidos legalmente”, lamenta. “La falta de memoria y el menosprecio a la cultura son dos características muy propias de regímenes que tienden hacia el autoritarismo, tanto en Oriente como en Occidente”.