¿Por qué no se interviene en Siria?

Un hombre, ante una casa en llamas bombardeada por el Ejército sirio en la ciudad de Homs. / Efe-Comité de Coordinación Local de Siria

¿Por qué nadie parece tener voluntad de parar la sangría siria, pese a las denuncias generalizadas de crímenes contra la Humanidad y las imágenes que llegan a diario de la brutal represión del régimen de Bashar al Assad? Son varios los factores que condicionan la pasividad internacional –tan chocante en contraste con la inmediata e interesada intervención en Libia- pero todos ellos se pueden resumir en la siguiente frase, parte de un artículo del diario palestino con sede en Londres Al Quds al Arabi. “El mundo que emerge hoy no se gobierna por emociones, principios o valores, sino por la economía y el deseo de obtener influencia”.

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Estados Unidos y Rusia vuelven a enfrentarse, como en la guerra fría, por su influencia internacional y la revolución siria está pagando con las vidas de sus protagonistas el contencioso entre los dos históricos adversarios. Sólo eso explica la negativa de Moscú de colaborar con Washington y sus aliados en medidas destinadas a parar los pies a su único socio en Oriente Próximo, Bashar al Asad, y sobre todo el veto que paralizó la última –y no especialmente firme- resolución en el Consejo de Seguridad.

Cuentan en el diario árabe An Nahar que, hace unas semanas, el enviado de EEUU para Oriente Próximo Jeffrey Feltman, ofreció una generosa oferta a su homólogo ruso, Mikhail Bogdanov, a cambio de abandonar a Assad. La respuesta del presidente ruso Vladimir Putin, según se reflejaba en el artículo, fue “Bashar Assad es una línea roja. Si queréis cambiarle, ¿qué os parece Maher al Assad?, en referencia al hermano menor del rais y responsable de la IV División de Infantería, la más implicada en la represión militar.

La explicación, según un artículo de Dimitri Trenin publicado por Foreing Affaires y titulado La línea rusa en la arena siria, es que Rusia se ha cansado de dejar hacer a Estados Unidos en Oriente Próximo, especialmente después de las consecuencias de su abstención a la hora de votar la resolución que permitió intervenir en Libia. “Responsables y comentaristas rusos explican el comportamiento occidental en términos cínicos: Washington dejó caer a uno de sus más antiguos aliados, Mubarak, para mantener su influencia en Egipto; condujo una guerra en Libia para mantener contratos petrolíferos e ignoró la intervención saudí en Bahréin porque la V Flota está basada allí. Y ahora, intenta derrocar a Assad para robarle a Irán su único aliado en el mundo árabe. Los rusos no tienen intereses por sí en ese asunto, pero no quieren subirse al carro de la estrategia regional norteamericana porque creen que es una propuesta perdedora y peligrosa”.

Siria, además, no representa lo mismo que Libia para Moscú. Se trata de su último aliado regional, de una relación casi tan antigua como la Independencia siria que se confirmó como vital tras la derrota egipcia ante Israel de 1973, con la guerra de Yom Kippur, cuando el entonces rais egipcio Anuar Sadat se alió con Estados Unidos y Siria se convirtió en el gran socio de la URSS.

El Ejército de Damasco –tanto la maquinaria bélica como el entrenamiento de sus hombres- ha dependido de Moscú, y la base naval de Tartús ha sido siempre uno de los principales enclaves de la URSS en el Mediterráneo. Como resume el académico libanés Joseph Kechichian, autor de varios libros sobre Oriente Próximo, “Siria y Libia no tiene ninguna similitud. Siria puede considerarse la última batalla de la guerra fría”. Y no se trata, como se suele decir, de una relación económica ya que las relaciones bilaterales entre ambos países son poco significativas para Rusia – si bien el 90% del armamento sirio procede de Rusia, este comercio supone el 7% de los 10.000 millones de dólares que vendió Moscú en el exterior en 2010, según el think tank CAST- sino una cuestión de orgullo. Y seguramente una apuesta de futuro: Vladimir Putin, el mismo hombre que aplastó Chechenia argumentando estar combatiendo a terroristas y salafistas, –los mismos adjetivos que emplea el régimen de Bashar para referirse a la población alzada en búsqueda de dignidad y libertad- teme que el islamismo que florezca a raíz de las revoluciones árabes se expanda al Cáucaso Norte, poniendo en jaque su propia estabilidad.

El presidente sirio Al Assad y el ministro ruso de Exteriores, Serguéi Lavrov, durante la visita de éste a Siria, el pasado 7 de febrero. / Foto cedida a Efe por la agencia oficial siria SANA.

Casi un año después del inicio de la revuelta, está claro que si Estados Unidos y sus socios hubiesen deseado una intervención militar sin el respaldo de la ONU ya la habrían lanzado. La falta de entusiasmo se explica por la ausencia de recursos económicos y energéticos en Siria. “Aquí no nos engañamos, a la comunidad internacional no le importan los Derechos Humanos”, decía una profesora universitaria a Cuarto Poder en Homs, el pasado diciembre. “No tenemos con qué pagarles el favor”, se lamentaba hace unos días en conversación telefónica con esta periodista otro residente de la ciudad mártir.

A la ausencia de intereses se suma otro factor: el potencial riesgo de desestabilización que representa Siria en caso de que su régimen se vea amenazado por fuerzas extranjeras. Durante décadas, Damasco tejió relaciones con su entorno destinadas precisamente a protegerse de eventuales amenazas, relaciones que hoy siguen tan vigentes como entonces, con alguna excepción. Socio privilegiado de Irán y de Hizbulá –hace unos años los responsables de las tres potencias chiíes rubricaron una entente en Damasco por la cual actuarían como uno solo en caso de ataque contra uno de los tres- es indudable que, si el régimen de Bashar se ve atacado, activará a sus socios para que incendien Oriente Próximo, lo que además distanciaría la amenaza de un ataque contra Irán.

Con Hibzulá y las facciones afines palestinas –con la excepción de Hamas, que se ha distanciado recientemente rompiendo su privilegiada unión con Damasco- atacando a Israel y posiblemente tomando como objetivo a las fuerzas multinacionales en el sur del Líbano, el principal aliado occidental en Oriente Próximo se encontraría bajo amenaza. Además, Siria conserva en el Líbano la estructura de la Inteligencia que mantuvo durante casi 30 años de ocupación y una minoría alauí armada: ambas cosas le permitirían desestabilizar el país del Cedro. En Irak, el Gobierno chií –aliado con Irán- podría reactivar el conflicto sectario, nunca del todo extinto, desestabilizando aún más la región. Y la guerra sectaria ya comienza a ser un hecho en Siria, donde el régimen se ha esforzado en este año de represión por caracterizar al manifestante como salafista, o terrorista suní, generando el temor entre alauíes, cristianos y otras minorías religiosas que ahora comienzan a apreciar la estabilidad que les proporciona la dictadura, si bien exenta de libertades.

La guerra sectaria regional siempre ha sido un conflicto larvado que amenaza con estallar. Con el régimen fanático de Arabia Saudí, apoyado por las monarquías del Golfo, tomando partido por los manifestantes sirios y promoviendo resoluciones que velen por los derechos humanos al tiempo que reprime a sus minorías y protege con tropas a otro régimen opresor -la dinastía suní que rige Bahréin desde hace 200 años a costa de discriminar y reprimir a los chiíes, mayoritarios- y el régimen fanático de Irán haciendo lo propio con la insurreción bahreiní, la población musulmana se encuentra cada vez más dividida. La posibilidad de que tal conflicto se confirme de forma regional no debería inquietar a potencias como Estados Unidos, dado que la confrontación sectaria seguramente le convendría a la hora de mantener seguro a su principal aliado, Israel, pero también amenazaría a sus intereses económicos en la región. A mayor inestabilidad, más inseguridad en una zona de la que Occidente depende para obtener su petróleo.

Y, mientras tanto, ¿qué le espera a los sirios? ¿Se debe esperar que el régimen alivie la represión contra la población insurrecta como resultado de las tibias iniciativas internacionales? Más bien al contrario. En el conocido blog Syria Comments, el banquero sirio-norteamericano Ehsani –uno de sus autores habituales- explicaba por qué, desde su punto de vista, la oposición siria debe optar por una vía puramente pacífica y rechazar la militarización del conflicto –a estas alturas, un hecho- para evitar una guerra civil en Siria. “La premisa es que creo que el régimen no va a entregar o ceder las riendas del poder unilateralmente. Hay tres razones que lo explican: el régimen cree que puede ganar, el régimen cree que ceder poder es como firmar su sentencia de muerte, y el régimen cree que está combatiendo al diablo”. Eso implica que la represión en Siria sólo acaba de empezar.

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