Mohamed Mursi parte Egipto en dos

Un manifestante disfrazado de Faraón sostiene una pancarta en la que se compara a Mursi con Musolini y Hitler, ayer, 30 de noviembre, durante la concentración en plaza Tahrir de El Cairo. / Khaled Elfiqi (Efe)

De las imágenes difundidas sobre los nuevos enfrentamientos en la plaza Tahrir, hay una cuyo significado ha pasado desapercibido pero que refleja hasta qué punto se está dividiendo la sociedad egipcia. Se trata de un retrato del presidente Mohamed Mursi, enmarcado y ataviado con uno de esos pomposos uniformes que suelen lucir los dictadores militares. De su pecho, como gran medalla, cuelga la cruz gamada de los nazis, y, en vez de la característica gorra de plato, un turbante negro, atributo de los descendientes de Mahoma.

Si ese montaje hubiera sido difundido por el periódico satírico francés Le Canard Enchainé, probablemente ahora estaríamos asistiendo a una nueva oleada de protestas orquestada internacionalmente por los grupos islamistas radicales. Sin embargo, en el epicentro de la revolución egipcia, simboliza la reacción popular contra su deriva autoritaria.

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Aunque todas las comparaciones son odiosas, la realidad es que Mursi está haciendo grandes esfuerzos para que se le identifique con posiciones fascistas. Como hizo Hítler, también está aprovechando la legitimidad electoral para imponer su modelo político a todo el país asumiendo los poderes excepcionales que le otorga el decreto presidencial del 22 de noviembre. De acuerdo con esta norma, tanto su Presidencia, como la Cámara Alta, el Parlamento Constituyente y la Asamblea Constituyente, elegida por los anteriores y encargada de redactar la nueva Carta Magna quedan inmunizadas frente a cualquier decisión del Tribunal Constitucional.

Lo que ha escandalizado en Egipto y ha echado a la gente a la calle es la obviedad de que esos órganos legislativos no representan a la diversidad política, social y religiosa del país, sino que son el resultado de un peculiar proceso electoral que, debido a una serie de circunstancias, ha terminado  sobredimensionando la representación parlamentaria de los islamistas.

Un manifestante egipcio se encadena durante la concentración en contra del decreto de Morsi, en la plaza Tahrir, El Cairo, ayer viernes. / Khaled Elfiqi (Efe)

Como se comprobó con claridad en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, las tres cuartas partes de los votantes dieron su apoyo a candidatos que rechazan el decreto presidencial y el borrador constitucional elaborado por la citada Asamblea Constituyente. Precisamente porque esta Asamblea no es el reflejo de toda la sociedad egipcia, se han ido retirando de la misma los representantes liberales, de izquierdas y cristianos, de igual manera que lo han hecho los influyentes grupos juveniles, de mujeres, los sindicatos agrícolas y las asociaciones de periodistas.

Todos ellos denuncian que los Hermanos Musulmanes están llevando a Egipto hacia un Estado islámico y que, solos en la Asamblea con el apoyo de los salafistas, se han quitado la careta que se pusieron al comenzar el proceso revolucionario presentándose como defensores de un sistema político basado en el respeto a la diversidad cultural y religiosa.

En un gesto aparentemente dirigido a recuperar el consenso con todas esas fuerzas políticas y sociales, el decreto del 22 de noviembre ampliaba dos meses más el periodo para redactar la nueva constitución. Pese a ello y ante la sorpresa de todo el mundo, en tres maratonianas jornadas y sin la presencia de 40 de sus 100 componentes, la Asamblea Constituyente ha aprobado todos los artículos del cuestionado proyecto, que ahora deberá ser sometido a referéndum popular.

Aún ha sorprendido más el que, durante este periodo de interinidad y hasta que se convoquen nuevas elecciones parlamentarias, la Cámara Alta asuma unas funciones legislativas que no tiene, un hecho que ha radicalizado las protestas en la calle y los enfrentamientos entre partidarios y detractores de Mursi.

Pero el “nuevo faraón”, como se le llama igual que se hacía con el derribado Mubarak, no lo va a tener fácil. Sus “tics” autoritarios han terminado por unir a toda la oposición, que ha tomado otra vez la emblemática plaza de Tahrir. Allí se han dado la mano los jóvenes del Movimento 6 de Abril, los seguidores del liberal Al Baradei, del naserista Hamdin Sabahi, los del islamista moderado Abulfutuh y hasta los de Amer Musa, el conocido ex secretario general de la Liga Árabe.

El partido de Abdel Abulfutuh, antiguo dirigente de los Hermanos Musulmanes y uno de los islamistas moderados con mayor prestigio en el país, ha acusado a Mursi de estar jugando con fuego al dividir Egipto en dos por la religión, y mucho más lanzando a sus partidarios contra quienes llevan una semana ejerciendo el derecho a manifestarse pacíficamente.

Mursi debiera entender que ni la revolución egipcia ni las otras revoluciones en países musulmanes, ni siquiera la iraní de 1979, comenzaron siendo revoluciones islámicas, que el islam es un componente más, ciertamente importante, pero no el único de la sociedad egipcia, que el hecho de que muchos le dieron el voto solo para que no triunfara el candidato del antiguo régimen no le da derecho a imponer su particular concepción del Estado, y mucho menos de colocar al país al borde del enfrentamiento civil.