Kurdos, turcomanos y cristianos luchan juntos por el último reducto de diversidad

Peshmergas kurdos en una de las posiciones defensivas frente a las fuerzas del Califato. / UPK
Peshmergas kurdos en una de las posiciones defensivas frente a las fuerzas del Califato. / UPK

AINKAWA (KURDISTÁN IRAQUÍ).- “Nos vemos en Kirkuk”. Esta solía ser la despedida de los peshmergas cuando se encontraban esporádicamente durante la gran insurrección kurda de los años 60. Para ellos, Kirkuk era la meta a alcanzar, la capital de la futura autonomía, su propia Jerusalén, sin la cual la lucha no tenía sentido.

Pero, como la “ciudad eterna”, este enclave petrolífero también era reclamado, en base al correspondiente dominio demográfico, por turcomanos, árabes e incluso por la comunidad asirio-caldea, puesto que Kirkuk había sido el principal foco para la expansión del cristianismo oriental.

Publicidad

Cuando el Partido Socialista del Renacimiento Árabe (Baath) se hizo con el poder seis años más tarde, se comenzaron a aplicar una serie de medidas para modificar este dominio demográfico, terminando con la campaña genocida que provocó el desplazamiento de más de 200.000 personas, muchas de las cuales serían asesinadas y sepultadas en lugares desconocidos. Desde entonces, Kirkuk se ha convertido en el nudo gordiano de la cuestión kurda, en el escollo donde se han estrellado todos los intentos de solución negociada.

Por esta razón, cuando en el año 2004 se promulgó la actual Constitución Federal, los partidos kurdos exigieron incluir un mecanismo, recogido en el artículo 140, que permitiera la celebración de referéndums en las zonas disputadas tras la actualización de los correspondientes censos. Sin embargo, diez años después sigue sin aplicarse dicho mecanismo y se sigue teniendo como referencia demográfica el censo elaborado en 1957, según el cual en Kirkuk vivían 178.000 kurdos, 48.000 turcomanos, 43.000 árabes y 10.000 cristianos.

Los montones de piedras con telas señalan fosas de kurdos sin identificar el año 2004 en el cementerio de Kirkuk. / Manuel Martorell
Los montones de piedras con telas señalan fosas de kurdos sin identificar el año 2004 en el cementerio de Kirkuk. / Manuel Martorell

Para el presidente de la región autónoma del Kurdistán, Masud Barzani, la nueva situación de Irak ha convertido el artículo 140 en papel mojado y, durante su reciente visita a las fuerzas peshmergas desplegadas para defender la ciudad, declaró que estos combatientes kurdos ya no se marcharán de allí precisamente para defender los derechos no solo de los kurdos sino de las distintas culturas y religiones que han compartido Irak durante 2.000 años.

Teniendo en cuenta la actual guerra civil entre las dos grandes corrientes del islam –suníes y chiíes- y las medidas sectarias tomadas por el recién instaurado Califato de Mosul, la realidad es que el Kurdistán se ha convertido en el último reducto de diversidad religiosa y étnica de Irak. El temor a la violencia y la posibilidad de vivir bajo mínimas condiciones de seguridad en la región autónoma ha hecho que en estos momentos, olvidando su histórica enemistad, estén combatiendo juntos las milicias cristianas, turcómanas y los peshmergas kurdos.

Eso es lo que está ocurriendo no solo en torno a la propia Kirkuk sino también en Tal Afar y Tuz Jormatu –dos zonas de mayoría turcómana- y en la llamada planicie de Nínive, donde peshmergas y cristianos defienden conjuntamente varias localidades de mayoría asirio-caldea, entre ellas Qaraqosh, la principal ciudad cristiana de Irak. Prácticamente todos sus habitantes tuvieron que huir hacia Ainkawa y Arbil ante el avance yihadista. Solo una semana después y según confirmaron a Cuartopoder los responsables de acoger a los refugiados en Ainkawa, el 70 por ciento de los habitantes de Qaraqosh ya habían regresado a sus hogares al consolidarse el perímetro defensivo de esa ciudad.

Una situación muy similar estaría ocurriendo en Jawlala, en este caso con los kurdos de confesión chií frente al avance yihadista. Una vez establecido el perímetro defensivo, esas familias han regresado a esa localidad de la provincia de Diyala, próxima a la frontera iraní.

Según responsables militares y políticos de Kirkuk, más de 30.000 peshmergas y milicianos de las distintas confesiones y etnias iraquíes estarían desplegados ante las fuerzas califales de Abu Baker al Baghdadi a lo largo de una línea de frente con más de 500 kilómetros.

La persecución sistemática a los chiíes, los asesinatos y secuestros de yezidis y shabacks y la creciente presión sobre los cristianos hacen imposible la diversidad cultural y religiosa dentro del Califato de Mosul.

En la iglesia de San Jorge de Ainkawa, principal centro de acogida cristiana, reinaba un profundo pesimismo sobre el futuro de esta religión. En Ainkawa se han llegado a refugiar 2.000 familias –unas 10.000 personas-, distribuidas en diez escuelas y un centro juvenil. Según uno de sus responsables, en Mosul, que antes del 2003 tenía cerca de 40.000 fieles, prácticamente la población cristiana ya ha desaparecido. Especialmente significativo es el hecho de que, por primera vez desde hace 1.600 años y coincidiendo con la toma de la ciudad por la alianza baath-yihadista, el pasado 15 de junio se dejara de celebrar misa un domingo.