PP y PSOE repiten el viejo esquema del muro defensivo frente al islamismo

Multitudinario entierro del niño Nihat Kazanhan en Cizre, muerto durante las protestas contra los yihadistas. / Firat News
Multitudinario entierro del niño Nihat en Cizre (Turquía), muerto durante las protestas contra los yihadistas. / Firat News

Como se propuso en la cumbre antiterrorista de París, PP y PSOE se han apresurado a poner en marcha nuevas medidas contra el yihadismo. En resumidas cuentas, reforzar la seguridad e intensificar la colaboración con los gobiernos de la zona para garantizar la estabilidad de la región. Es decir, subir un listón más el muro de separación -y desconocimiento- respecto a las sociedades musulmanas.

Publicidad

Es cierto que lo ocurrido en París supera cualquier pesadilla terrorista, pero sería un grave error olvidar que es una ínfima expresión de lo que está sucediendo en algunos  países musulmanes. Resulta patético tenerlo que recordar; en Nigeria, Magreb, Paquistán… y ahora de forma especialmente intensa bajo el Estado Islámico en Irak y Siria, se cuentan por miles las personas asesinadas, y por cientos, las mezquitas, santuarios sufíes, mausoleos, iglesias, monumentos, centros de estudio y bibliotecas que han dejado de existir debido a la acción depredadora del yihiadismo. Y no se trata de daños colaterales o circunstanciales; la aniquilación colectiva está motivada por defender una concepción del islam más tolerante históricamente aceptada por la mayoría de la población.

Publicidad

El genocidio yezidi es suficientemente clarificador sobre los objetivos y métodos de este fascismo islámico. Tampoco habría que olvidar el precio en sangre pagado por kurdos, árabes y turcos, en su mayor parte musulmanes, durante los combates contra los yihadistas. Valgan como botón de muestra el medio de millar de jóvenes –hombres y mujeres- que han dejado la vida intentando frenarles en Kobani, símbolo de resistencia al Estado Islámico, o la treintena de peshmergas que hace una semana y en solo dos días fallecieron en el frente de Mosul.

Se podrían poner muchos más casos para llegar a la misma conclusión: quienes realmente están sufriendo esta orgía de sangre y terror son quienes viven en las sociedades musulmanas. El debate, por lo tanto, no debiera centrarse tanto en Europa como en la necesaria ayuda a los pueblos para que se liberen de esta lacra. Por muy alto que sea el muro defensivo que levantemos, si el yihadismo sigue avanzando, tarde o temprano, nos llegará en forma de atentados.

Y esto lleva a pensar en quiénes deben ser nuestros interlocutores en la zona a la hora de diseñar las nuevas estrategias. Turquía parece ser la referencia más clara; es un estrecho aliado de la OTAN, mayoritariamente musulmán, tiene frontera directa con el Estado Islámico de Siria e Irak y se presenta como modelo de integrismo moderado. De hecho, el ministro de Defensa, Pedro Morenés, acaba de ratificar el despliegue de tropas españolas para defender la estabilidad de ese país. Pero, ¿realmente la Turquía de Tayip Erdogán puede seguir siendo nuestra referencia en esta crisis?

¿Hay alguna duda de la implicación de los servicios secretos turcos en la consolidación de los grupos islamistas de Siria, incluidos Al Nusra (Al Qaeda) y el Estado Islámico? ¿Cómo es posible que dirigentes del partido de Erdogán hayan declarado que prefieren los crímenes del Estado Islámico a los del PKK?

Como es sabido, esta organización y su rama siria del Partido de la Unidad Democrática (PYD) están jugando un papel totalmente esencial en la lucha contra el Estado Islámico. Durante los últimos meses, multitud de organizaciones y ayuntamientos asociados al PKK-PYD han acogido, sin apenas ayuda estatal, a más de 100.000 refugiados. Igualmente no han dudado en enfrentarse a quienes respaldan dentro de Turquía al Estado Islámico. Decenas de personas han muerto en estos choques. Solo en la ciudad de Cizre, durante el último mes, han fallecido siete personas, tres de ellas niños. El entierro de Nihat Kazanhan (12 años) ha vuelto a suponer una impresionante muestra de apoyo popular, mientras las fuerzas de seguridad continúan su mal disimulado apoyo a los partidarios de Al Bagdadi.

Erdogán tampoco puede erigirse en representante del islam. Tanto los kurdos como los alevis -más de 30 millones de personas mayoritariamente musulmanas- se oponen de forma radical a su proyecto islamista. Ni siquiera puede hablar en nombre de todo el país en el espinoso asunto de las caricaturas de Mahoma.

No estaría mal recordar, en este sentido, que el año pasado se conmemoró el 20 aniversario de la masacre de Sivas. Treinta y siete personas murieron quemadas cuando una multitud integrista incendió el hotel donde estaban los invitados a un festival alevi, porque entre ellos figuraba Aziz Nesin, traductor al turco de “Los versos satánicos” de Salman Rushdie. Las principales asociaciones alevis acaban de convocar una gran manifestación popular contra la política de Erdogán. Entre las reivindicaciones, destacan dos: supresión de las clases obligatorias de Corán y detener la construcción de mezquitas.

Situaciones semejantes se pueden describir en Irak, Siria, Irán y en otros países musulmanes. Es necesario cambiar de estrategias pero también de interlocutores, algo que, obviamente, no va a hacer un Gobierno y, al parecer, tampoco el pacto PSOE-PP, atrapados por sus compromisos internacionales y obligaciones atlantistas, aunque se reconozca de cara a la galería que las principales víctimas de este nuevo terrorismo sean los propios musulmanes.

Pero eso no quiere decir que los demás integrantes de la sociedad civil -partidos y sindicatos, organismos locales y regionales- tengan que quedar igualmente paralizados, limitándose a criticar las decisiones de los grandes centros de poder. Hay que actuar en Oriente Medio, incluso al margen de las estrategias de gobiernos y potencias, estableciendo vínculos de apoyo y solidaridad con quienes sin cuya ayuda será imposible acabar con el yihadismo.