1.483 menores no acompañados vagan por los campos de refugiados en Grecia

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Un niño iraquí se sube a una valla en el centro de detención de inmigrantes indocumentados de Amygdaleza, en Atenas. / Yanis Kolesidis (Efe)

Entre el año 2015 y lo que va de 2016, más de un millón trescientas mil personas alcanzaron Europa en busca de asilo huyendo de la guerra, la violencia, la pobreza y el hambre. El cierre de la ruta de los Balcanes en marzo de 2016 y la ineficacia del sistema de reubicación europeo ha dejado atrapados a casi 60.000 demandantes de asilo en Grecia, 1483 de ellos son menores no acompañados.

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Un menor no acompañado se define como una persona de menos 18 años que entra en el territorio europeo sin la compañía de un adulto que se responsabilice de él o ella. Muchos de los refugiados menores que llegan a Europa lo hacen solos, enviados por sus familias, desesperadas; otros son huérfanos; algunos se han separados de sus allegados en el camino. Son un colectivo especialmente vulnerable y expuesto a numerosos riesgos y, denuncia Amnistía Internacional en su informe ‘Nuestra esperanza está rota’, no están recibiendo la asistencia adecuada en Grecia.

La organización explica además que solo unos pocos entran en el proceso de reasentamiento. De los 1.225 menores contabilizados entre junio y julio en Grecia, solo 42 fueron reubicados. Pero la mayoría no tiene tanta suerte. Muchos de ellos no son elegibles para el programa por su nacionalidad –algunos estados miembros de la UE han establecido límites a ciertos países como Afganistán, de dónde viene gran parte de los menores no acompañados- o se encuentran a la espera de que se produzca la reagrupación familiar. Pero tampoco la reagrupación familiar es, a priori, una tarea sencilla.

La reunificación familiar, un proceso largo y costoso

Firial tiene 33 años y viene de Alepo, Siria. Ha visto morir bajo las bombas a su padre, su madre, su hermana y su suegra. Su marido y sus dos hijos la esperan en Alemania desde noviembre de 2015. En febrero de 2016, Firial cruzó el Egeo y toda Grecia hasta Idomeni con sus dos pequeñas. Pero cuando llegó, la frontera ya estaba cerrada y desde hace meses, espera la reunificación familiar. Ha conseguido una cita en la embajada alemana para tramitarla: el 10 de enero de 2017. “Me han dicho que si tengo pasaporte pueden ayudarme”, explica Firial, “pero no tengo pasaporte. No pude coger los pasaportes… No puedo hacer un pasaporte, costaría 600 o 700 euros…”. La joven, que hace casi un año que no ve a su marido y sus hijos, está desesperada: “No sé cuándo llegaré a Alemania. Esto me está matando”.

Amnistía explica que mantenerse unidos es fundamental para los refugiados. A los traumas de la guerra, la separación puede desembocar en ansiedad, estrés y depresión. “Las consecuencias para el bienestar físico y mental de los niños y los cabeza de familia son inmensas”, insisten. La legislación europea solo exige reconocer el núcleo familiar en caso de demanda de reunificación, es decir, familiares directos. Desde Amnistía, para hacer frente a casos especialmente vulnerables como el de las mujeres que viajan solas o el de los menores no acompañados, piden flexibilidad a los estados miembros. Las restricciones que algunos países han impuesto, además de la falta de información, hacen del proceso que debería ser una salida para muchas personas, una verdadera lucha.

Refugiados con necesidades especiales

Alan (30) y Gyan (28) son dos hermanos kurdos con movilidad reducida que necesitan una silla de ruedas para desplazarse. Llegaron en marzo de 2016 a Grecia y viven desde entonces en un campo, situado en una antigua base militar. Sin las instalaciones adecuadas, dependen completamente de su madre, que además padece artritis. No imaginan pasar otro invierno en el campo y esperan que su caso se solucione cuanto antes. Cuando les dijeron que las fronteras estaban cerradas, “todos los sueños se rompieron de golpe”.

Amnistía Internacional denuncia además que los colectivos vulnerables o con necesidades especiales, con frecuencia no son identificados y no reciben la asistencia necesaria. En esta situación se encuentran mujeres embarazadas, personas con enfermedades crónicas o con minusvalías. Con el añadido de que debido a la localización de los campos, distribuidos por todo el país y, algunos, en áreas remotas, muchos ni si quiera tienen instalaciones hospitalarias cerca en caso de emergencia. Las condiciones de por sí difíciles para cualquier persona se vuelven insoportables para los refugiados con necesidades especiales.

Ser mujer es también particularmente peligroso en los campos de refugiados de Grecia. La falta de presencia policial suficiente, según denuncia Amnistía, convierte los asentamientos en lugares altamente inseguros. Algunos ni siquiera tienen baños o diferenciados y no existe un sistema mediante el que denunciar casos de agresión o acoso. Tanto que algunas mujeres organiza «círculos de protección» para ir juntas al aseo por miedo a ser agredidas.

La Europa insolidaria

Amnistía Internacional critica en su informe “la parálisis de los líderes europeos” frente a lo que insisten, puede convertirse, si no lo es ya, en una tragedia a largo plazo. Denuncian además el inadecuado funcionamiento del sistema de reasentamiento. Solo el 5,6% de las personas que debían ser reubicadas en dos años, lo han sido formalmente: 3.734 de 66.400. Francia, Holanda y Portugal son los países que más refugiados han acogido a través de este sistema; Polonia y Hungría, los que menos: ninguno. Algunos países como Austria o Suecia han suspendido su participación en el programa. Otros, como España, apenas han cumplido con sus obligaciones. “Una solución sostenible sólo es posible si otros estados europeos [además de Grecia] aceptan una responsabilidad compartida y actúan en consecuencia”, insiste Amnistía. Algo que, tras el discurso de Jean-Claude Juncker sobre el Estado de la Unión que ha pasado de defender la obligatoriedad del programa de reubicación a subrayar que no puede forzarse sino que debe ser una cuestión de solidaridad, no parece una opción.

Amnistía pide que los gobiernos europeos que hagan efectivo el programa de reubicación y reasentamiento; que flexibilicen las condiciones para obtener el visado, especialmente en los casos vulnerables y de reunificación familiar; que provean vías de llegada seguras y mejoren las condiciones de vida y seguridad de los campos en Grecia; que den una solución viable a una crisis que ya dura demasiado tiempo. “La gente común en todo el continente ha abierto sus brazos, incluso sus hogares, y ha mostrado su solidaridad con algunas de las personas más vulnerables del mundo que han arriesgado la vida y la integridad física en busca de seguridad en Europa”, insiste la organización, “ahora es el momento de que los gobiernos europeos dejen de mirar lejos y estén a la altura de sus obligaciones legales y morales”.

(*) Beatriz Ríos es periodista.