La ‘banlieue’ responde a la covid-19 con “el virus de la solidaridad”

  • Múltiples iniciativas solidarias emergen en los barrios populares franceses para hacer frente a las consecuencias sociales de la pandemia
  • Lejos de la tensión de Estados Unidos, esta ayuda mutua se impone en Francia como la primera respuesta a la crisis

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“En nuestro departamento hay otro virus, el de la solidaridad”. Philippe Portmann, responsable del Secours Populaire en Seine-Saint-Denis, se atreve a hacer un símil con la pandemia para subrayar uno de los aspectos olvidados de la banlieue: su espíritu de cooperación. La Seine-Saint-Denis no es solo el departamento (provincia) más pobre de la Francia metropolitana, sino también uno de los más estigmatizados por sus barrios populares. Tráfico de drogas, extremismo religioso, revueltas urbanas… Unas realidades, a menudo fantaseadas por la opinión pública, que esconden la otra cara de estas localidades obreras: su tradición de solidaridad.

Estas iniciativas de ayuda mutua han resultado ahora claves para contener las crisis de la covid-19. Francia inició el 11 de mayo su desconfinamiento y este martes 2 de junio empezó su segunda fase en que los desplazamientos prácticamente dejaron de estar limitados. Si la amenaza sanitaria por la pandemia parece dar un respiro, esta ha dejado un reguero de dificultades económicas y sociales. En abril, el paro subió en 840.000 personas en el país vecino, según datos comunicados el 28 de mayo. A este aumento sin precedentes hay que sumarle los 12,9 millones de franceses afectados por ERTE desde marzo. Un impacto social más que evidente en la banlieue.

“La situación apenas ha mejorado con el desconfinamiento. Estamos solo al inicio de una recesión muy grave que afectará sobre todo a los barrios populares”, asegura Marie-Helène Bacqué, profesora de estudios urbanos en la Universidad de Nanterre. “Vemos cómo muchos habitantes de estos distritos pasan de una situación de precariedad a otra de una precariedad mucho más extrema. La exclusión social ha cambiado de escala, tanto por el número de personas que piden ayuda alimentaria como las que temen sufrir un desahucio”, añade Thomas Couderette, del Colectivo de ayuda e innovación social, presente en la banlieue de Toulouse, donde se reproducen estas situaciones de emergencia así como en el resto de localidades obreras y con un elevado porcentaje de población de origen extranjero.

“Hemos triplicado la ayuda alimentaria”

Sonia Djem, de 33 años, nunca había pedido ayuda alimentaria, pero con la crisis de la covid-19 no le ha quedado otra opción. “Tengo que seguir pagando el alquiler, las facturas y alimentando con cuatro comidas diarias a mis dos hijos, que al dejar de ir a la escuela se quedaron sin el comedor escolar”, explica a cuartopoder esta recepcionista del Aeropuerto de Bourget que perdió poder adquisitivo al estar en el paro de manera temporal. “Afortunadamente, cuento con el Secours Populaire”, reconocía a finales de mayo tras haber obtenido su lote de alimentos de esta asociación, fundada tras la Segunda Guerra Mundial, en una repartición en Le Bourget, al norte de la capital francesa.

“Casi hemos triplicado nuestra ayuda alimentaria. Hemos pasado de distribuir 22 toneladas de alimentos en febrero en Seine-Saint-Denis a más de 60 en abril”, indica Portmann. Este dirigente asociativo recuerda que ahora también acuden a estos repartos perfiles poco habituales en el pasado, como estudiantes universitarios, chóferes de Uber u otros trabajadores precarizados. De hecho, el Secours Populaire colabora con un colectivo de profesores de la Universidad de Saint-Denis que asisten a estudiantes pobres: “Hemos detectado a unos 800 universitarios con dificultades para alimentarse”, precisa Portmann. Según el Secours Populaire, entre un 25% y el 50% de los que acuden a sus distribuciones piden ayuda por primera vez.

El Secours populaire, el Secours catholique, Restos du coeur y otras grandes organizaciones francesas se ocupan de estas distribuciones. Pero al inicio del confinamiento estos actores de la solidaridad quedaron tocados. “Entre marzo y mediados de abril resultó un periodo muy difícil”, reconoce Antonio Rodríguez, responsable en Seine-Saint-Denis de los Restos du Coeur, una mediática asociación que reparte comida a los sintecho. Muchos de sus miembros son jubilados y estos se encerraron en sus casas ante la amenaza del coronavirus. De los 31 centros de los Restos du coeur en el departamento más pobre de Francia, solo dos estaban abiertos al principio de la cuarentena. Así las calles quedaron desiertas de voluntarios en el momento en que más se los necesitaba.

Las dificultades de las organizaciones tradicionales se vieron compensadas, sin embargo, por iniciativas locales y autoorganizadas. El colectivo La Pepinière de Aubervilliers, implicado en la promoción de la comida sana y local en esta ciudad obrera, ha distribuido unas 500 comidas al día para familias modestas, madres solas o grupos de migrantes. “Hemos duplicado nuestras expediciones durante esta crisis”, afirma Sylvia Tavernier, presidenta de la asociación Freres d’Espoir (Hermanos de Esperanza) con la que asisten a personas sin domicilio y que fundó junto con su hermano Yannick, ambos procedentes de la Martinica.

Las autoridades francesas temen “los disturbios del hambre”

Creado tras la revuelta urbana de 2005, el colectivo Aclefeu también se puso a repartir comida desde las primeras semanas de confinamiento. “Cada vez hay una demanda más fuerte de estas ayudas. En las primeras reparticiones que hicimos a finales de marzo acudieron unas 200 personas, pero en mayo ya se acercaban a las 1.000”, explica Mehdi Bigaderne, fundador de este colectivo implantado en la localidad de Clichy-sous-Bois, donde hace quince años los adolescentes Zyed Benna y Bouna Traoré murieron electrocutados en una torre de alta tensión mientras huían de la policía. Unos hechos trágicos que incendiaron los barrios periféricos.

¿Las dificultades acentuadas por el coronavirus desembocarán en una nueva revuelta? Según reveló a finales de abril el semanario de investigación Le Canard enchaîné, Georges-François Leclerc, prefecto (delegado del gobierno) en Seine-Saint-Denis, reconoció en un correo interno que temía que se produjeran “disturbios del hambre” tras la “bajada importante y brutal de los ingresos de los precarios” en su departamento.

Pese algunas confrontaciones esporádicas entre jóvenes y las fuerzas de seguridad, la situación resulta menos tensa que antaño. Esta no es equiparable, por ahora, a la ola de manifestaciones contra la violencia policial que sacude Estados Unidos. “Las temidas revueltas en los barrios populares franceses no han tenido lugar. Observo un gran sufrimiento, pero sus habitantes intentan compensarlo a través de mecanismos de ayuda mutua”, sostiene Rodriguez.

“La gente de los barrios populares suele ser tratada como ciudadanos de segunda, pero esta vez han mostrado una gran dignidad”, destaca Fatima Mostefaoui, copresidenta del colectivo Avec Nous (Con Nosotros), que agrupa varias asociaciones de la banlieue. Esta militante lamenta las voces racistas que acusaron a sus habitantes de incumplir las medidas de distanciamiento. Aunque las autoridades sanitarias aseguran que la cuarentena fue bien respetada en Seine-Saint-Denis, este fue el departamento en el que la policía realizó más controles, llegando a controlar el equivalente del 17% de su población, el triple que la media nacional.

Como muchos de sus habitantes ejercen oficios incompatibles con el teletrabajo, el coronavirus causó estragos en este territorio emblemático de banlieue parisina. Entre principios de marzo y el 20 de abril, la mortalidad aumentó en un 130% respecto al mismo periodo del año pasado, mientras que en el conjunto de Francia la subida fue del 26%, según datos del Instituto nacional de estadística y de estudios económicos (INSEE).

¿Estas iniciativas perdurarán tras el desconfinamiento?

La covid-19 ha puesto a prueba los frágiles equilibrios de la banlieue, pero muchos de sus habitantes reaccionaron ayudándose entre ellos. “Existe una tradición de solidaridad en estos barrios vinculada con su identidad obrera y migrante, pero también religiosa. Suele considerarse el islam como una amenaza, pero muchas asociaciones locales islámicas realizan valiosas tareas humanitarias”, defiende Bacqué, sobre el fértil tejido asociativo de estos distritos que ofrece una red de protección a menudo inexistente para las personas pobres que residen en los centros urbanos o las zonas rurales. Un espíritu de cooperación también relacionado con el pasado comunista de la Seine-Saint-Denis, donde el PCF continúa dirigiendo siete de sus principales ciudades.

“Siempre ha habido una gran solidaridad en los distritos populares, pero ahora las iniciativas se han multiplicado”, presume Mostefaoui. Residente en los “barrios del norte” de Marsella, esta militante lanzó la iniciativa “Partage ton Wi-Fi” para compartir la conexión a internet con los vecinos más necesitados. Más de un centenar se unieron a ella en la metrópolis marsellesa. Con su colectivo, también prestaron unos 70 ordenadores para ayudar a niños de estos distritos. Continuar con la educación a distancia ha resultado un desafío para muchas familias modestas que no se ha visto resuelto con la reapertura voluntaria de las escuelas el 12 de mayo, en la que han participado menos de un 20% de los niños, según el Ministerio de Educación.

“En lugar de esperar que el Estado resuelva todos nuestros problemas, debemos apostar más por la autoorganización”, reivindica Mathieu Glaymann, director del comité de barrio de Saint-Denis. Esta asociación impulsó la fabricación de mascarillas a través de una trentena de cosedoras y una serie de colectivos locales que se encargan de escoger los tejidos, plancharlas y realizar los controles de calidad. Han distribuido más de 15.000 mascarillas de tela. Algunas de ellas entregadas de forma gratuita a colectivos de migrantes y otras vendidas a un precio de 7 euros. Con este proyecto pretenden impulsar un modelo de “economía social y solidaria”. Y así “cambiar la perspectiva sobre el coste de la mano de obra y que se pague a los trabajadores como les corresponde”, explica Glaymann.

¿Estas iniciativas de cooperación para hacer frente a la covid-19 perdurarán cuando se termine el confinamiento? ¿Los nuevos colectivos formados por vecinos y militantes favorecerán la emergencia de nuevos proyectos de autoorganización? “Todo esto nos muestra la capacidad que tienen los habitantes de estos barrios para actuar e interpelar a los poderes públicos. Resulta esperanzador para pensar en futuros proyectos de transformación social”, defiende Bacqué.


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