Comer mal es peor que el tabaco para la salud

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Una de las medidas que propone la OMS para combatir la plaga de la obesidad es regular de manera estricta los alimentos con alto contenido en grasas saturadas, azúcar y sal, como los que aparecen en la imagen. / Wikipedia

Hace ya tiempo que se lo oigo decir a una amiga: “Nos pasamos medio día comiendo y el otro medio en el gimnasio”. Y si no vas, o hacer ejercicio por tu cuenta, peor, añadimos aquí. La verdad es que comer bien no está de moda. Tanta abundancia de comida basura, y tan fácil de conseguir, no puede acarrear nada bueno, además de suponer gastos extras... sobre todo en salud. Unas facturas que, para muchos Gobiernos, significa cientos de millones de euros gastados al año en atender esa larga lista de enfermedades derivadas de la obesidad y el sobrepeso. Porque no se olvide que la obesidad es con frecuencia la fuente de la que manan los problemas cardiovasculares, respiratorios, endocrinos, digestivos, esqueléticos e incluso psicológicos... Y, por supuesto, no pocos cánceres. Una lista que, sin ser exhaustiva, podría llegar a tener más de 50 nombres de otras tantas enfermedades.

Y es que, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la mala alimentación en el mundo está disparando todas las alarmas. Estamos ante la plaga del Siglo XXI, aseguran en este organismo. Uno de sus expertos, Olivier de Schutter, acaba de dejarlo bien claro: “Las dietas poco saludables son ahora una amenaza mayor, para la salud mundial, que el tabaco”, ha dicho. “Así como el mundo se unió para regular los riesgos del tabaco, debemos unirnos también para promover una alimentación adecuada”, ha añadido. La paradoja es que frente a los 800 millones de personas que pasan hambre en el mundo, hay otros 1.400 millones de obesos o con sobrepeso, de los que 3,4 millones mueren al año por esta causa. De hecho, el 65% de la población mundial vive ya en países en donde muere más gente por comer demasiado o mal, que por no comer. Y esto no es más que la punta de un iceberg en el que el verdadero problema apenas se ve, pues son infinidad los países en los la alimentación con comidas insanas están envenenando, literalmente, (o si se quiere “cebando”) a su población.

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En los países desarrollados, la población, poco a poco, va tomando conciencia de los riesgos que el sobrepeso conlleva y sus gobiernos medidas para evitar esta lacra. Aún así el problema es muy grave. En España, la obesidad alcanza al 17% de la población adulta, pero es que el sobrepeso “lo sufre” ya un 54% de los españoles mientras que en la población infantil este problema lo tienen ya un 27,8% de los niños y niñas. ¡Un verdadero disparate! En cambio, en los países en vías de desarrollo o en aquéllos que están sólo algún escalón por debajo de los que consideramos “primer mundo” la ingesta inadecuada de alimentos campa a sus anchas; los problemas presentes relacionados con la dieta —y, sobre todo, los problemas que en el futuro, seguro, les van a llegar— han puesto a la OMS en estado de alerta permanente. En Marruecos, por ejemplo —país que conozco bastante por haber residido en él más de una década—, se observa cómo de año en año aumentan las personas obesas, especialmente entre la población infantil y las mujeres. Los últimos datos de que dispone la OMS hablan de un 21,9% de mujeres obesas frente al 10,5% hombres. Aunque llama especialmente la atención el dato del sobrepeso: 51,7% de mujeres y el 41,4% de los hombres. La consecuencia de esto no es otra que un incremento exponencial de la diabetes, por no citar otras enfermedades como las cardiovasculares y respiratorias. En cuanto a la diabetes, en la OMS trabajan con datos que podrían indicar que cerca de la mitad de la población marroquí la padece.

Pero ¿cómo combatir la plaga de la obesidad y el sobrepeso cuando la industria de la alimentación se ha erigido en un gran poder, un poder real, casi invencible? Schutter propone hasta cinco medidas que servirían de base para ese “acuerdo global” sobre alimentación al que la OMS pretende llegar antes de que sea demasiado tarde. La primera de estas medidas, dice Olivier de Schutter, sería aumentar los impuestos a los productos menos saludables; imaginamos que con el fin de detraer su consumo al igual que ocurre con las cajetillas de tabaco. Un según punto a estudiar es el de una regulación más minuciosa y estricta de aquellos alimentos que contienen alto contenido de grasas saturadas, azúcar y sal. En tercer lugar la propuesta es restringir la publicidad de la comida basura. A este respecto, hace ya muchos años que el endocrino, nutricionista y responsable de la Unidad de Nutrición Clínica y Obesidad Mórbida del Hospital Virgen del Rocío, Pedro Pablo García Luna, me decía que no entendía cómo podía consentirse que en las televisiones públicas se emitiesen anuncios incitando a consumir alimentos que podrían catalogarse claramente de “comida basura”. Sin duda, explicaba, es una contradicción que los médicos en los hospitales y en las consultas de atención primaria no den a basto por culpa del sobrepeso y la obesidad, mientras los medios de comunicación públicos difunden publicidad de alimentos que considerados basura.

Una cuarta medida que la OMS considera imprescindible adoptar para atajar esta plaga de la obesidad es que los gobiernos se impliquen y dejen de subvencionar ciertos cultivos con el fin de que su comercialización sea más barata. Y frente a esta restricción lo contrario: La OMS propone apoyar y ayudar (este sería el quinto punto de ese hipotético acuerdo) a los productores locales para que los consumidores tengan más fácil acceso a los productos frescos, más sanos y más nutritivos sin duda. “Los Gobiernos se han centrado en aumentar la cantidad de calorías disponibles, pero con frecuencia se han mostrado indiferentes sobre qué tipo de calorías se ofrecen, a qué precio, para quién son accesibles o la forma de cómo se comercializan”, ha dicho de Schutter.

Lo que propone la OMS, como ven, parece acertado. ¿Pero quién le pondrá el cascabel al gato? ¿Quién será capaz de convencer a la industria alimentaria de que deje de “enriquecer” alimentos con grasas, edulcorantes o reforzando su sabor artificialmente para que resulten más apetitosos o parezcan más atractivos. Porque, nos tememos, la industria no va ha hacer mucho por modificar sus líneas de producción que tan buenos réditos económicos le están dando. Y, desgraciadamente, tampoco los consumidores, que una vez habituados ya a “la comida fácil” poco o nada van a esforzarse por cambiar sus hábitos y empezar, por ejemplo, a cocinar alimentos frescos. Lo terrible es que un placer como es el  comer, termina siendo para muchas personas una pesadilla.

En definitiva, se trata de evitar que el mundo siga cebándose. Porque, aparte de que no habrá sistema sanitario que pueda con el gasto que genera una sociedad mayoritariamente obesa, los kilos de más son tal fuente de problemas, que, además de acortarle la vida a quienes los tienen,  el sobrepeso, si va a más, termina haciendo de nuestra existencia un infierno.

4 Comments
  1. celine says

    El colmo es escuchar en un famoso programa de la tarde de la radio pública una defensa de Monsanto, y en la televisión pública, consejos de una farmacéutica sobre que es mejor comprar píldoras de ajo que comer ajos directamente. Menuda tropa.

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