Entre flores, fandanguillos y alegrías

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Reina es felicitado por sus compañeros al finalizar el "show". / Chema Moya (Efe)

A pesar de no ser uno demasiado futbolero ni, a estas alturas, demasiado apasionado por cosas que no sean verdaderamente importantes, entiende que la victoria de la selección española de fútbol en el Mundial de Sudáfrica haya despertado la euforia de tantas personas, millares de las cuales jalearon al victorioso equipo en su paseo triunfal por la capital de España, y bastantes más, entre los que me encuentro, siguieron los festejos por televisión.

Elegí La 1, la de todos, que no tiene publicidad y me he acostumbrado, aunque tampoco tenga a Sara Carbonero, la famosa periodista deportiva de Telecinco a la que cierto sector de la prensa ha despojado por fin de su aura de gafe y la ha ascendido a la categoría de talismán por su relación con Casillas el temperamental y a quien, según la española mujer del viceprimer ministro británico, Miriam González, los críticos tempranos como The Times deberían pedir disculpas.

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Permítanme una digresión a propósito de Sara. Esta chica ha de andarse con cuidado para no ser abrazada mortalmente por los tentáculos de la prensa rosa, que no goza de la capacidad previsora de Paul pero tiene mucho olfato para detectar víctimas tiernas a las que sacar el jugo, y en la cadena en la que trabaja le va a ser muy difícil escabullirse. Ya pasó por capilla ofreciendo el cuello a los retorcidos colmillos del insaciable Jorge Javier Vázquez y hubo de negar ante toda la audiencia de Sálvame los rumores de boda con Casillas. Mientras, dicen algunos medios que su cadena intentó subastar entre las televisiones el beso improvisado de su novio en la entrevista tras la victoria española.

Volviendo a lo que nos ocupa. Casi todas las cadenas recurrieron a sus periodistas estrella, que ya habían vuelto de Sudáfrica, algunos sin voz (Jesús Álvarez), a los que se unieron los presentadores de los informativos de noche para componer unos programas largos, compactos y ruidosos como una vuvuzela, en los que la fiesta y la información general se solaparon. Los nombres elegidos no fueron demasiado originales ni afortunados. Las grandes casi coincidieron: Bienvenidos a casa (La 1), Bienvenidos campeones (Antena 3) y Los héroes vuelven a casa (Telecinco); mientras que Cuatro escogió el más ambiguo y alejado de la realidad: Cuatro con la Roja. Por cierto, antes se decía “rojigualda” y todos estábamos tan contentos. Ahora los nostálgicos se ofenden, en Chile ya llamaban así a su selección hace tiempo y la palabra es sonora y fea con avaricia. Voto por desterrarla por las dos últimas razones.

La presencia de los futbolistas en el escenario del show se retrasó casi dos horas por la afectuosidad de la gente durante el recorrido, que comenzaba en el palacio de la Moncloa, donde el presidente del Gobierno se “dejó” fotografiar con ellos, hizo el ridículo saltando como un pelele y sus hijas (no sabemos si vestidas de negro siniestro), funcionarios y amigos pudieron disfrutar de su compañía en la intimidad y exclusivamente, pues ningún representante de los otros partidos políticos fue invitado, como recordó avispadamente el compañero de cuartopoder Luis Díez en su blog.

El escenario instalado en la explanada del Puente del Rey sobre el Manzanares se llenó de tópicos desde la hora torera de las cinco de la tarde. No faltó el condimento musical de todas las salsas festivas patrias desde que se pusiera en marcha la infernal y rentable idea de la Trinca, Operación Triunfo, y allí anduvieron cantando sus éxitos una de las chicas de las últimas ediciones, Soraya, y sus dos representantes masculinos con más solera: Bustamante y Bisbal, este último la “serenata” que compuso expresamente para el mundial. Les acompañaron otros artistas, entre ellos, por el sector, digamos étnico, el ex Ketama, Antonio Carmona; por el del pop más genuino y sentido Amaya Montero, ex Oreja de Van Gogh; por el de la vanguardia, Calos Jean; por el nostálgico, La Unión etc.

Y hacia el final de la gala, conducida hábilmente por Carlos Latre, se abrió por fin el tarro de las esencias españolas, llegó el tópico de los tópicos y apareció como un mito inolvidable y perenne Manolo Escobar cantando su éxito más sentido y patriótico: ¡Que viva España! Fue coreado por todos los presentes en el escenario, que no eran pocos, entre jugadores, cantantes e invitados, y por gran parte del público del Manzanares, y su intérprete manteado por algunos jugadores de la selección con cariño de deportista, que es como el abrazo del oso, con lo que por poco el pobre Manolo pierde algo más que su peinado de laca.

Como colofón quizá la parte más esperada por todos, las geniales improvisaciones –suponemos que no tanto– del segundo portero de la selección. Desde aquí proponemos a Paolo Vasile, el capo de Telecinco, que le fiche para un late night con invitados del mundo del deporte. Le damos el nombre: El show de Pepe Reina. ¿No me digan que no sería un éxito?

Ya demostró sus dotes para la comedia en las celebraciones por el triunfo en la Eurocopa del 2008, pero esta vez se superó a sí mismo implicando a sus compañeros y animando el cotarro entre tanto cansancio y a hora tan intempestiva. Presentó a cada jugador con una broma personal y a Cesc Fábregas le pusieron una camiseta del Barça por su esperado y próximo fichaje, gesto que fue pitado por parte del público más radical e ignorante, a los que les debe de salir sarpullido cuando ven mezclados los colores grana y rojo.

En fin, la noche fue larga pero la gente arropó en la calle y en el sofá a la selección española de fútbol en la merecida celebración de una victoria luchada en cada partido contra el equipo contrario y en las primeras fases del mundial, desde la derrota contra Suiza, también contra la opinión de los mismos que ahora la admiran sin condición. Como diría alguien, el fútbol es así, de ingrato.

La gala la vieron 8,6 millones de personas, una barbaridad, teniendo en cuenta que la Final, en domingo por la tarde, la vieron 14. Llama la atención que entre la audiencia de las televisiones generalistas todavía haya casi un millón de personas, los espectadores de La 2 y la Sexta, a las que el fútbol se la refanfinfla, por decirlo de una manera también generalista.

Lamentablemente los medidores de audiencia todavía no pueden decirnos si entre los espectadores de este espectáculo festivo deportivo del triunfo de la selección nacional de fútbol había alguno de los 1,5 millones (74.000 según empresas especializadas) que se manifestaron el día antes de la Final contra la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña y por las esencias catalanas. Tampoco cuántos irían a trabajar al día siguiente y cuántos se quedarán en casa soñando, como resumían con cinismo Danuto y Martingo en su viñeta.

Qué quieren que les diga, a mí esto de las esencias, todas, me produce indigestión. Prefiero los tópicos, las mezclas e incluso el fútbol. Pero intuyo que se nos acabó la fiesta. ¡Qué viva España! Lararalalaralalá…