Alemania y Japón. El precio de la culpa

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Félix Bornstein

Portada de 'El precio de la culpa'. / duomoediciones.com

Los actos injustos contra la dignidad de los seres humanos no se desvanecen con el paso del tiempo. No sólo son una pieza de la crónica histórica y de la estadística de la barbarie. Siguen vivos. Porque, desgajándose de los inventarios sociales, la memoria personal de los sucesos que rompieron la vida de quien los narra escapa de su dominio privado hacia otro círculo más amplio, en un diálogo entre generaciones donde los crímenes de los verdugos y el sufrimiento de sus víctimas adquieren una dimensión que compromete, convirtiendo el pasado en instancia moral vigente, la conducta de toda persona de bien. La transmisión de algunos recuerdos puede alcanzar, incluso, la condición de emblema del sufrimiento humano que, aún renovado todos los días por la guerra, el hambre o las enfermedades evitables y actuales, debería ser desterrado del comportamiento político y social. De la actividad de todos nosotros.

Hace unos años recibí una de esas imágenes imborrables. Está recogida en el manuscrito “The Sovereings”, algunos de cuyos fragmentos fueron publicados en 2006 por el historiador Martin Gilbert. “The Sovereings” narra los recuerdos de adulto de Eric Lucas, un judío alemán de la aldea de Hoengen, que apenas era un adolescente el 10 de noviembre de 1938, fecha de la Kristallnacht. Poco después, como a tantos otros niños judíos, las autoridades nazis permitieron a Eric abandonar Alemania. Así cuenta la despedida de su familia antes de sonar el pitido del tren que le conduciría a Inglaterra: “Allí estaban mi padre y mi madre. Un hombre viejo, pesadamente apoyado en su bastón y con su mano entrelazada con la de su mujer. Era la primera y la última vez que les había visto llorar a los dos. De vez en cuando, mi madre extendía la mano, como para asir la mía, pero luego la dejaba caer, consciente de que no podría alcanzarme. ¿Podrá el mundo justificar alguna vez el dolor que ardía en los ojos de mi padre? Los ojos de mi padre eran amables y suaves, pero estaban inundados de lágrimas de soledad y miedo. Eran los ojos de un niño que busca la bondad del rostro de su madre y la protección de su padre. Cuando el tren salió de la estación para llevarme hasta lugar seguro, apoyé la cara contra el frío cristal de la ventana y lloré amargamente. Quienes han cruzado el Canal huyendo del miedo a la muerte y en busca de seguridad pueden comprender lo que significa esperar a quienes están al otro lado, anhelando cruzarlo, sabiendo que nunca llegarán a estos acantilados blancos que se ciernen sobre el agua”. Los padres de Eric fueron asesinados tres años más tarde.

Este verano he leído “El precio de la culpa” (Duomo ediciones, 2011), de Ian Buruma. El subtítulo del libro –“Cómo Alemania y Japón se han enfrentado a su pasado- lo dice todo sobre su contenido. Ian Buruma (La Haya, 1951) encarna, en el presente, lo mejor de la ya casi extinguida intelectualidad europea, liberal y siempre cosmopolita. Autor, entre otras obras magníficas, del imprescindible “Occidentalismo: breve historia del sentimiento occidental” (en colaboración con Avishai Margalit), Buruma, historiador de la cultura, académico y crítico de cine, conjuga estas facetas, y alguna más, en una suma individual en la que la síntesis no sólo es superior a las partes. Es también algo diferente. Buruma es la demostración máxima de que la mejor visión de conjunto es casi siempre la del especialista, a condición de que combine su rigor propio de la división del trabajo con la curiosidad, el talento y la sed de cultura. Así lo manifiesta en “El precio de la culpa”, un ensayo híbrido de Historia contemporánea, crítica literaria y artística, y crónica periodística de una calidad extraordinaria en la que menudean los viajes a los lugares de Japón y Alemania que mejor simbolizan su pasado turbulento (Hiroshima, Kyoto, Hanaoka, Passau o Berlín) y proliferan las entrevistas a escritores, políticos y directores de los museos de la memoria de ambos países, componiendo un mosaico de todas las opiniones y juicios posibles sobre la responsabilidad y la culpa hacia el pasado fuera de lo normal recorrido por Alemania y Japón en su trayecto histórico.

La Guerra Fría fue el obstáculo principal para que alemanes y japoneses –los de entonces- dieran una respuesta sincera y radical a la pregunta ¿qué hemos hecho? Pese a los juicios de Nuremberg y Tokio, con su puñado de penas capitales, la responsabilidad criminal (en sus distintos grados), de decenas de miles de personas por la comisión de acciones horrendas ejecutadas desde los años 30 tanto en el interior de ambos países como en el extranjero, quedó inédita.  El sistema de relaciones internacionales diseñado en Potsdam y el reparto mundial de zonas de influencia entre Estados Unidos y la Unión Soviética, el triunfo del comunismo en China y su expansión posterior en Corea y Vietnam, la mano de hierro rusa sobre sus satélites, comenzando por Checoslovaquia, la situación de una Europa occidental desmoralizada y en ruinas…, todo ello conspiró para que los vencedores en la Segunda Guerra, especialmente los norteamericanos, miraran para otro lado y se olvidaran de purgar a fondo a los dirigentes políticos y económicos de los vencidos, y a muchos otros que participaron en su demencia y furor destructivos. En el caso de Japón, incluso, con el Emperador divino a la cabeza del progreso futuro de la nación. Mientras tanto, a las víctimas de las atrocidades de los nazis y del ejército nipón, todas pero especialmente las más afectadas por la estrategia de exterminio masivo (aunque este expediente no entró verdaderamente en los planes de los amos de Japón), a las personas desplazadas o pertenecientes a países más débiles –judíos europeos, coreanos, filipinos…-, se les había reservado en cierto modo el simple papel de espectadores más o menos pasivos de la tragedia desatada por  la locura homicida, el racismo y el totalitarismo. En el mejor de los casos, esas víctimas de la barbarie quedaron  a expensas de sus humildes, limitados y propios recursos.

Buruma analiza de forma muy convincente el proceso de salida de su amnesia colectiva por alemanes y japoneses. Y lo hace, naturalmente, de manera comparativa, señalando las diferencias específicas de cada uno y las peripecias atravesadas por las jóvenes generaciones de ambos países hasta llegar a la recuperación de la verdad histórica –todavía no completada- sobre lo que hicieron sus padres y abuelos (sin olvidar tampoco los crímenes bélicos de los aliados). No voy a extenderme –es mejor leer atentamente el libro- sobre la maravillosa disección de Buruma de las particularidades del proceso de digestión del pasado en las dos Alemanias (la oriental poniendo todo el énfasis posible en silenciar los crímenes raciales y en magnificar la resistencia de muchos alemanes contra el nazismo, que para los comunistas alemanes tutelados por Stalin no era más que la punta de lanza y última fase del capitalismo occidental) y en Japón (en el que la mayor paradoja fue presentarse a sí mismo, “gracias” a la devastación nuclear de Hiroshima y Nagasaki, como perteneciente a la comunidad de víctimas pasivas de la Guerra Mundial). Sólo resaltaré el acierto de Buruma al acentuar, como método de explicación del pasado, la futilidad de determinismos culturales y, por supuesto, biológicos, al acometer esa tarea. No existe ningún pueblo singularmente condenado a cometer crímenes contra la Humanidad en el transcurso de la Historia. Asimismo, tampoco son convincentes las creencias religiosas como las causas últimas de la barbarie. Son la conducta política y su principal agente, la libertad de las personas o su falta de resistencia moral a los designios de los que ostentan el poder, las claves para comprender la posición ética de cada comunidad en el espacio y el tiempo históricos, más que los factores mencionados e incluso que las condiciones impuestas a su desarrollo económico.

Como lo cortés no quita lo valiente debo advertir al lector que la edición comentada llega con casi veinte años de retraso, pues el texto original de Buruma es de 1993. No sé si me paso de travieso, pero intuyo que la aparición en castellano, ahora y en estos precisos momentos, de “El precio de la culpa”, algo tiene que ver (comercialmente) con la reciente catástrofe nuclear y el terremoto padecidos por el país del Sol Naciente. El propio Buruma ha contribuido al empeño dando a la imprenta, sin más, un nuevo Prefacio como simple actualización de su libro. Desde 1993 muchas cosas han pasado en Japón y Alemania. Por ejemplo: ¿qué memoria quiere guardar Alemania de su pasado en estos momentos, en los que su gran antídoto contra sí misma y su culpa –el proyecto de una Europa común y en paz- se resquebraja entre los remolinos de la recesión financiera? La respuesta no debería ser su retorno al viejo idealismo filosófico…pero tampoco a la construcción agresiva de cierta idea de racionalidad y eficacia. Veremos.

Aún así el libro de Ian Buruma resulta imprescindible para desmontar los mitos interesados que sostienen la validez de la culpa colectiva y/o heredada. La culpa es una cuestión individual secuestrada a menudo por los nacionalismos identitarios de todo signo. Personalmente, lo que más me emociona del camino de la memoria recorrido por numerosos jóvenes alemanes de hoy es su naturaleza individual e introspectiva. A la “culpa” de miles de alemanes de la generación de la Guerra por su aceptación entusiasta de los crímenes del nazismo o por su indiferencia frente a sus víctimas, le sucedió la “responsabilidad” de los alemanes de los años 60 y 70 del siglo XX respecto a su voluntad de conocer y denunciar, o por el contrario silenciar, los crímenes de sus antecesores. Hoy la culpa y la responsabilidad están dando paso, si bien todavía minoritariamente, al sentimiento de pérdida de parte de la propia identidad comunitaria. La herencia judía de Alemania, y de gran parte de Europa, fue borrada del mapa en un ataque de locura destructiva. La culpa ya no es hoy el duelo (imposible en el fondo) por una pérdida ajena que  dolosamente se impuso a otros hace setenta años. Esa percepción está siendo sustituida por algo más valioso y natural en nuestra época. Por la nostalgia de la parte de uno mismo que fue salvajemente mutilada para que no gangrenara y corrompiera el resto del cuerpo social. Por lo que fue y pudo haber sido si se le hubiera permitido a esa parte sobrevivir. Si esa visión se impusiera algún día, todos podríamos ver nuestro pasado –el que fuera- sin resentimiento ni agresiones recíprocas. Como dice Buruma al final de su libro, “exactamente desde el mismo punto de vista”.

1 Comment
  1. Trinidad pùerto Pascual-o7581643S says

    Ahora Europa está perpleja de estar en el ojo de la crisis siendo los mejores con su tecnocracia, Leonardo Boff. en su comentario semanal afirma que el tiempo occidental se ha agotado, no tiene legitimidad, ni fuerza de convencimiento, aunque aún se cree la referencia suprema. ¿Qué civilización vendrá que salve el futuro de la vida humana y de la civilización? aún no se sabe. «Solo buscamos una sencilla utopia expresada por Pablo Milanés y Chico Buarte: La historia podría ser un carro alegre , lleno de un pueblo contento».
    !Que eso sea pronto España.

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