La Richmond, que la cerraron

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Entrada del Café Richmond. / restaurant.com.ar

Cierran la Confitería, el café Richmond de la Florida, calle de un Buenos Aires intelectual y literario. Lo cierran porque así es la vida y porque el dinero lo puede todo. Lo ha comprado un inversor, que es el nombre que llevan los especuladores que compran por cuatro perras lo que luego venden, en tiempos de vacas gordas, por muchos millones. No es una historia nueva, sino una vieja historia. En la guerra civil española los llamaban estraperlistas: individuos capaces de quitarle el pan de la boca a un niño hambriento con tal de sacarse unas pesetas de beneficio. Claro que aquello era comercio ilegal, en esta guerra que vivimos desde que dio la cara la actividad criminal de los Lehman y compañía, no se trata por lo visto de actividad ilegal, pues las leyes se ajustan a sus poderosos señores.

El caso es que van cayendo viejos iconos como la Richmond. Había nacido, en 1917, fecha revolucionaria donde las haya. Ya ha vivido lo suyo, se conoce. Hace años, muchos, en el Toledo de mi infancia, se vendió uno de los cafés más antiguos y característicos de la ciudad, El Toledano, que ahora es un banco. Desde las ventanas de guillotina de ese gran café que hacía esquina con la calle Ancha, en plena plaza de Zocodover, hemos estudiado muchos exámenes de reválida, hemos hecho amistades eventuales, de verano, con las que practicábamos inglés, olvidadas para siempre con los años. Hemos construido poco a poco nuestro carácter a base de discusiones más o menos pedantescas de la adolescencia, tardes enteras ante un sólo café, pues no llegaban los cuartos para más, con la consiguiente irritación de los camareros.

La Richmond parece que salvará su fachada y estructura porque fue declarada patrimonio de la ciudad en una reunión de urgencia de las autoridades, este mes de agosto. Menos mal, pero se dice que quiere alquilarla una firma de deportes multinacional, aunque con la jarana que han montado sus admiradores, parece que la citada firma no ha echado para atrás.  Cuando se cierra un café y en su interior se abre una tienda de lo que sea, se pierde el ágora que el café propicia. Ya habrán leído que este café fue guarida juvenil de Jorge Luis Borges, nada menos, y de otros cuantos contertulios con los que el autor de El Aleph medía su enorme curiosidad intelectual. También se sentaron en sus sillones chester escritores como Leopoldo Lugones, Eduardo Mallea...

Julio Cortázar tuvo a bien inmortalizarlo, como han recordado los diarios argentinos, cuando colocó a uno de los personajes de Rayuela: “Mientras toma café en el Richmond de Florida, moja el cronopio una tostada con sus lágrimas naturales". Es verdad que hay otros cafés que aún sobreviven en el viejo Buenos Aires, el Tortoni, por ejemplo, que es visita obligada de turistas. Sin embargo...

Tuve ocasión de probar uno de esos ricos cafés y un trozo de la tarta especialidad de la casa, hace años, en una visita a Buenos Aires. Ni siquiera los fantasmas de esos personajes tan ilustres pululaban ya por entre las mesas de mármol, pero no hacía falta mucha imaginación para adivinar la escena.

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En El hijo de la novia, la película de Campanella, una de las historias que se cuentan es la venta del café familiar, a punto de caer en manos de este tipo de “inversores”. El café, claro, con toda la carga del recuerdo de los buenos tiempos, en los que la madre, Norma Aleandro, y el padre, Héctor Alterio, eran felices con sus retoños y sus amigos de toda la vida. En este caso, armados de coraje, recuperan el negocio y con él, parte de sus propias vidas. No sabemos cuántos trozos de vidas se han ido con el café que ahora ha cerrado, pero seguramente, muchas. Como los años que vuelan, quizá sea inevitable que los cafés pasen también. ¿Por qué habrían de ser menos mortales que los hombres?

1 Comment
  1. Eulalio says

    A la gente le gusta más los Starbucks y esas franquicias que igualan las ciudades y los hombres… Son los tiempos modernos: unos envejecemos, otros no saben y todos nos diluimos en la uniformidad del dinero.
    Bonito artículo.

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