Dos siglos de orgullo y prejuicio

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Ilustración de la edición de 1895 de "Orgullo y prejuicio" / Wikipedia

Es universalmente sabido que al ser humano le atormentan defectos que cumplen su infelicidad y que desterrar de su alma tales lacras es cosa de aprendizaje duro y de largos disgustos.  Este año es el año de celebración de una novela de aguda crítica de la sociedad georgiana, Orgullo y prejuicio (1813), escrita por una dama empeñada en no significarse,  tanto es así que la novela salió a la calle sin firmar, por la afrenta que pudiera suponer que una mujer firmara tal cosa.

Eran tiempos duros para las mujeres con espíritu de artista, lo que sin duda inclinaba a Jane Austen, su autora, a mantener cierto anonimato. Mejor pasar desapercibida. Tampoco había revelado su nombre en una anterior novela, Sentido y sensibilidad, también muy exitosa; Austen acababa de cumplir los 20 cuando andaba en estas novelas, y era una escritora de best sellers de una calidad indudable, un fenómeno que se daba en la Inglaterra del XIX, le pasó a Kippling, a Bronte, a Dickens mucho después. En su tiempo, sin embargo, también había novelas de las otras, de las que Austen supo burlarse con su fina ironía en todo cuanto escribió.

La clave de la pervivencia de esta novela es la clave de lo que le interesó a la observadora Austen: describir la forma de comportarse de la gente, sus maneras de pensar, los obstáculos que se ponen en la vida para ser felices. La tendencia a crear infelicidad. Ella, que nunca logró un gran amor, terminaba siempre bien sus historias, lo que posiblemente hizo creer a gente nada corriente, como Mark Twain, que se trataba de una escritora de poca monta.

De hecho, la crítica patriarcal menospreció este tipo de novelas “de amoríos y esas cosas de mujeres” para primar otras que, por haber sido escritas de mano varonil, parecían mucho mejores: Thackeray, por ejemplo y su Feria de vanidades, treinta y cinco años más tarde.

Las celebraciones parecen pasto idóneo para el actual rebaño picoteador de twitters y proclamas de 140 caracteres que puebla la tierra. Atrás quedaron los días largos de invierno en Pemberley, cuando se eternizaban las tardes, cumplidas ya las tareas domésticas, y se podía leer sin descanso o escribir con entusiasmo, si se tenía el talento y la capacidad de observación de Jane Austen; su agudo ingenio, su elegancia, su enorme inteligencia.

Esta novela bicentenaria, como todas las que escribió, son lectura decisiva en un momento de la educación sentimental del lector. Con novelas así se produce la inmersión definitiva en el vicio de la lectura.

La vida corta de Austen no parece que fuera ni la mitad de entretenida que la de sus heroínas, a las que, por otra parte, visto desde fuera, sólo les esperaba un buen matrimonio en la mejor de las suertes. Ella no logró un buen matrimonio y prefirió permanecer sola. Pero en una soledad poblada de personajes complejos, ricos, sustanciosos, sentenciosos también. Y una capacidad de tejer entramados interminables de las materias de que están hechos los asuntos humanos: amor, recelo, desprecio, compasión, temor, generosidad, orgullo, humildad, prejuicio, perdón. Materiales imprescindibles en un verdadero best seller.

Lo bueno de celebrar es que casas editoriales y sitios de la red  y museos en todo el mundo se afanan en lanzar libros y exposiciones y recordatorios. No habrá excusa para quedarse fuera de esas celebraciones. Abrir, por ejemplo, en un rincón iluminado de la casa, cómodamente ajustado el cuerpo en un sillón, un libro. Y dejar que de sus páginas sobrevuele la felicidad de la lectura.

1 Comment
  1. Oghaio says

    Muy interesante. Hay un error en la portada de cuartopoder, desde donde se enlaza aquí. Por dos veces está escrito Jane Austin.

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