¿Por qué gustas tanto, Dalí?

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Portada del catálogo de la Exposición de Salvador Dalí en el Reina Sofía. / museoreinasofia.es

Los colegas en esto de la prensa, que son muy exagerados y que, al igual que los críticos, creen que inventarse una palabra es cambiar la realidad, hablan ya de Dalimanía en Madrid. Para avalar la cosa se basan en las enormes, serpenteantes, pacientes colas que los visitantes del Reina Sofía aguardan para contemplar la retrospectiva sobre Salvador Dalí que la Reina inauguró el pasado día 25 de abril, y por gestos típicos de la hostelería, como que el Hotel Palace ofrezca un menú daliniano, y que empresas de cerámicas hayan ofrecido catálogos con piezas de inspiración dalinianas. Todo un merchandising que se quiere a  lo bestia y que, creo, lo que esconde es la profunda desesperación que acoge a los sectores en crisis que creen que Dalí les va a solucionar la vida al modo de la Virgen del Rocío a los parados. Eso sí, las colas para visitar el Museo son kilométricas.

Pero, ¿qué hay de nuevo? Los responsables del Museo Reina Sofía, por ejemplo, el su director Manuel Borja Villel, intentan alejarse de ese marchamo de merchandising, porque se supone que ellos ofrecen alta cultura. Así, Borja Villel explicaba que con la muestra “hemos querido superar la anécdota, la marca, el eslogan”; así, Montse Aguer, directora del Centro de Estudios Dalinianos y una de las comisarias de la exposición, “ Apostamos por el Dalí pintor pero también está el otro”.  Pero, ¿es esto así? ¿Por qué tamaño resquemor de los responsables culturales?

Porque el problema de Dalí desde los años cuarenta es que no se sabía en realidad que hacer con él mientras se creía que en realidad si se sabía que hacer con él: se le quería artista y bufón y nadie se planteaba donde empezaba uno y acababa el otro. Mientras vivió no hubo problema porque todo el mundo sabía que era Gala la que dictaba el camino a  seguir, pero ¿una vez muerto? Digo esto porque esa esquizofrenia, esa disociación que se quiere ahora, y los responsables lo saben, es absolutamente falsa. Dalí es un artista esencial en el arte del siglo XX porque es y se presenta  así, con sus máscaras, que son parte ineludible de ese arte, sus bufonodas, su avidez por el dinero que  le hacía llamar a los dóleres los green papers, sus declaraciones, su extrema lucidez, su tontería a espuertas, su impotencia confesada, ese rodearse de bellezones que  a lo mejor servía  a Gala, su aparente desidia con la política pero capaz de pintar  a la nieta de Franco en una de las poses más ridículas del mundo… en fin, Dalí.

No hace falta ser muy sagaz para darse cuenta que una retrospectiva sobre Dalí es un negocio seguro y habla mucho de la hipocresía actual el que se intente uno desmarcar del éxito cuando lo has traído precisamente por ello. Pero no ha habido muestra daliniana, aquí en Madrid, que hacía treinta años que en la ciudad vimos la última, en París, en Nueva York en Londres, o donde se exponga, que no haya sido un éxito arrollador, salvaje, de público. La muestra, que viene de París, donde se expuso en el Pompidou, alcanzó la cifra de casi 900.000 visitantes, que es el tope parisino de asistencia en las exposiciones calificadas de históricas. Un éxito que se espera vuelva a repetirse en Madrid y se convierta en la gran exposición del verano. No hace falta tener dotes especiales de gurú para afirmarlo.

Conviene desmarcarse y en parte es necesario que sea así, pero ante toda esta marea humana expectante por contemplar las pinturas dalinianas, creo que lo más genuino es preguntarse por las razones de que Dalí haya gustado tanto en un pasado que se quiere remoto, guste tanto hoy y, de seguro, gustará tanto mañana, cualquiera sea la cosa suya que se exponga, tanto que bien puede comparase  a otros fenómenos similares del siglo, como los Beatles, Elvis Presley o Marilyn Monroe.

¿Es por su lado bufonesco, atrabiliario, por su excentricidad, por su narcisismo, por ese lado kitsch que le encantaba, por su cultivo de la paranoia, por ser un neurótico de primer orden, por ser un hombre anuncio capaz de tumbar al responsable de marketing de cualquier multinacional, es por su lado hippy, es por su dandismo, de exquisita factura, es por ser un adelantado de tantas cosas, de las performances, sin ir más lejos?

Es por eso, y su contrario, porque la gente sabe, no se de qué manera, que detrás de todo esto se esconde un tímido. Eso es irresistible, pero hay más: creo que no hay artista en el siglo XX que haya representado realidades más contradictorias que las que ha manejado Salvador Dalí. Prácticamente no hay actividad en la que no haya metido los bigotes, desde un programa de televisión famosísimo en América a un debate científico, desde representante genuino de la vanguardia más salvaje en comandita con Luís Buñuel a dejarse cortejar por un Franco un poco chocho ya, mejor dicho, por doña Carmen Polo, y en ese espacio hasta llegar a las  puntas del arco caben en el recorrido todas las posibilidades que quieran, hasta la del de payés del Ampurdán amante de los salchichones y de los arroces negros, que también.

Todo ello forma una amalgama que explica todo y, si me apuran, no explica nada. Porque unos dirán que la razón del éxito radica en su lado kitsch, olvidando los centenares de ejemplos que desmienten la afirmación, otros apelan a su lado bufonesco, con el mismo resultado, los más,  a su lado de merchandising, haciendo caso omiso del poder de atracción que este hombre tenía ya cuando llegó a la residencia de Estudiantes siendo un perfecto desconocido y haciéndose amigo de Federico García Lorca y de Buñuel, otros a su poder de ser un hombre anuncio, sin preguntarse que el hombre anuncio del siglo fue Andy Warhol y respecto a la popularidad entre ambos no hay comparación…

Quiero creer que el efecto Dalí es un misterio que como decía San Agustín del tiempo se que existe pero si me piden que lo explique no sabría hacerlo. Dalí llena salas, convoca multitudes, vende lo que haga falta… no hay más que pasarse por el reina Sofía y esperar horas a entrar para cansarse sala tras sala y contemplar, si es que uno puede ver algo , las más de doscientas obras que se exponen en un alarde sin precedentes para comprobarlo. El Museo quiere que los visitantes se concentren en el Dalí artista y hagan caso omiso del Otro, ¿de qué Otro? Contemplando las obras de Dalí expuestas les aseguro que no se pueden hacer distinciones con el Dalí público. Es la otra cara de la misma moneda, salvo que en otra dimensión. ¿A qué estamos jugando?

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