Lo que cuesta un Nobel de Medicina

Randy Schekman, Nobel de Medicina, 2013/Wikipedia
Randy Schekman, Nobel de Medicina, 2013./ Wikipedia

El Premio Nobel de Medicina de este año, Randy Schekman, que lo ha compartido con el también norteamericano James Rothman y el alemán Thomas Südhof, ha declarado que quiere emplear la influencia que el premio le ha dado para apoyar campañas en defensa de la educación universitaria pública, que él ve “seriamente amenazada por todo el país”.

Afirma rotundamente que este éxito no se habría dado si él no hubiera podido acceder a una buena educación universitaria pública como sí tuvo oportunidad de hacer.

Publicidad

El doctor Schekman estudió en la Universidad de California, al final de los años sesenta, cuando estudiar costaba apenas unos cuantos cientos de dólares. El ahora profesor de Biología Celular en Berkeley recuerda que con los trabajos que hacía en verano conseguía el dinero suficiente para pagarse los estudios de todo el curso.

La alta calidad de los estudios de California disuadió a Schekman de hacerse médico cuando se le cruzó ante los ojos la posibilidad de dedicarse a la investigación.

Pero ahora, el coste de estudiar en la universidad ha sobrepasado con mucho la inflación de los Estados unidos, de modo que es impensable para muchas familias de clase media el poder enviar a sus hijos a estudiar.

También en España, aunque cueste creerlo, hace años, estudiar en la universidad española costaba poco dinero, apenas unos cuantos miles de pesetas. De memoria podría recordar que los cinco años de Derecho en la Complutense, en los años setenta, costarían alrededor de las 25.000 pesetas, como mucho. Un estudiante se las podía ingeniar para sacarse dinero en verano con que sufragar sus estudios, sin apenas necesitar ayuda familiar.

Hoy, esto es inimaginable. En los ochenta, la cifra se multiplicaba hasta las 250.000.  Y a partir de los años noventa hasta hoy el precio de las tasas no ha hecho más que elevarse a cifras siderales. Sin llegar a los 60.000 euros que puede costar estudiar dos años de teatro en Harvard, el panorama de las universidades públicas de Madrid, sin ir más lejos, es desalentador.

El abandono del interés político por la universidad pública, la falta crónica de dinero para sostenerla, el consentimiento en su endogamia con el consiguiente empobrecimiento intelectual son síntomas de la enfermedad mortal que padece la sociedad española. Y el silencio de voces prestigiosas que se levanten en su defensa es sólo una muestra del desvalimiento que sufre la cantera de cerebros en España.

Si la media de una carrera barata, sin repetir asignaturas ni curso, sale por cerca de 7.000 euros, la suma se eleva, en el caso de carreras técnicas o de Bellas Artes, a casi el doble. La miseria es que la calefacción, que se supone pagada, no calienta las aulas ni los talleres de la Facultad de Bellas Artes de Madrid, por ejemplo.

Consuela saber que algunos estudiantes, incapaces de pagar esas tasas y sin ayuda de becas, hayan recibido un respiro en el último momento gracias a ideas creativas de urgencia.

Y también es cierto que se producen buenas noticias que tienen menos eco mediático que el estado de salud de los ombligos de los partidos políticos. La Universidad de Granada, por ejemplo, a la chita callando, es un crack en matemáticas e informática. 

En apariencia, casi todo el mundo tiene claro que hay que dar un espaldarazo a la universidad española, pero la puesta en práctica de los buenos propósitos suele dejar que desear.

Aunque levante ampollas, el físico Antonio Ruiz de Elvira, catedrático de la Universidad de Alcalá de Henares, apunta con el dedo en la llaga: mientras en las prestigiosas universidades de todo el mundo se selecciona a los alumnos por su valía, en España, cualquiera puede entrar en cualquier universidad -pagando, claro-, independientemente de sus luces y su talento. De esta forma, el esfuerzo del profesor se diluye entre una masa poco homogénea. Falta sentido práctico y trabajo productivo. Posiblemente, por eso falten Premios Nobel en España.