Ley del aborto: mucho ruido para -quizás- pocas nueces

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Dos de las personas que se concentraron ayer frente al Ministerio de Justicia para protestar contra la nueva ley del aborto. / Emilio Naranjo (Efe)
Dos de las personas que se concentraron ayer frente al Ministerio de Justicia para protestar contra la nueva ley del aborto. / Emilio Naranjo (Efe)

La nueva ley del aborto -Anteproyecto de protección de la vida del concebido y derechos de la mujer embarazada- anula la libertad total de las mujeres que quieran abortar  antes de las 14 semanas de gestación e impone requisitos para que el aborto pueda llevarse a cabo, dentro de las 22 semanas.

En caso de anomalía fetal sólo se permitirá el aborto si esa anomalía es incompatible con la vida del ser humano en gestión. O sea, si, de todas formas, ese ser va a morir inmediata e irremediablemente.

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Además, requiere a las menores de 16 el permiso de sus padres y despenaliza a la mujer a la que considera víctima en el proceso. En esencia, creo que esas son las diferencias con la ley aprobada en 2010 que tanto escandalizó a sectores de la sociedad española.

La reforma de la ley del aborto está claramente relacionada con la promesa que el PP hizo en las elecciones pasadas de dar satisfacción a esos sectores más conservadores de su electorado. Es verdad que el PP en el gobierno ha dejado sin cumplir, o ha cumplido a medias, muchas otras promesas, pero ésta, al parecer, era ineludible si no querían perder un buen número de votantes. En eso no se diferencian del PSOE, cuya promesa fue la de llevar a cabo la ley de aborto vigente.

El proyecto de ley contempla, como novedad, el derecho a nacer del feto con malformaciones que no comprometan su vida. En una sociedad que se quiere perfecta –no al estilo nazi, de eugenesia para conseguir la raza perfecta-, esto no debe escandalizar a nadie: los cojos, mancos, tuertos, sordos, ciegos, enanos, etc., tienen derecho a vivir. Sólo una objeción: la decisión a dar vida a ese ser pertenece a la mujer y, si lo hay, al varón que ha contribuido y que se declara padre. A nadie más.

Como era de esperar, otros sectores de la sociedad española han reaccionado inmediatamente para protestar por lo que consideran una vuelta atrás de casi 30 años en la legislación, hasta el punto de que las feministas, a las que se consideraba extintas, han reaparecido en la escena. Cosa que celebro, por cierto.

Dejando aparte los conceptos de “progreso” y “retroceso”, que suponen planteamientos metafísicos que aquí no caben, a mí me parece que no hay para tanto rasgado de vestiduras con este anteproyecto. Por una sola razón que le hace semejante a los anteriores: porque deja resquicios a la interpretación de la ley, que es una manera de procurar contento a casi todos.

Me parece más preocupante el procedimiento en casos de menores de familias desestructuradas o estructuradas, pero de padres autoritarios y temibles. Creo que aquí el proyecto de ley es muy perfectible. La ley contempla el riesgo para la salud psíquica de la mujer que desea abortar, porque la sociedad ha comprendido que la mala salud psíquica es tan demoledora –si no más- como la física, aunque aún quede proscrita del debate público. Llámenlo coladero –como hacen los más conservadores- o filtro humano, pero es un resorte fundamental. No es imaginable el desarrollo psíquico normal de una adolescente, que tenga que cargar con un hijo no deseado, cuando aún no ha empezado a preparar su propia vida.

Porque es a la sociedad española a la que me refiero y al hecho de que la nueva ley considere “víctima” a la mujer que quiere abortar. Es que lo es: todavía persiste una razón que la ley nunca ha contemplado, que lleva y ha llevado a muchas mujeres a abortar en el pasado: la vergüenza, la falta de coraje para enfrentarse a una sociedad que iba a señalar con el dedo a esa barriguita sin padre. Sigue persistiendo una sociedad patriarcal, a pesar de los avances.

Sólo un ejemplo: Estados Unidos es a la vez la cuna de Silicon Valley y la sociedad que defiende el creacionismo en el campus universitario. Aquí también cuecen habas.

El aborto desaparece como problema cuando la mujer no está sola en el trance; cuando la sociedad entiende que un ser humano es demasiado importante como para venir al mundo sin el consentimiento de su propia madre; cuando, en vez de reaccionar, desgarrándose las vestiduras, una sociedad es capaz de cavilar que las mujeres que quieren abortar son seres humanos conscientes y dolientes y se lo han pensado mucho antes de dar el paso.

¿Quién de vosotros, idiotas, se cree con mayor autoridad moral para tomar esa decisión? podría decir Jesús en el Templo a los hipócritas, a los que expulsaría a latigazo limpio.

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