ELVIRA HUELBES | Publicado: - Actualizado: 7/1/2017 19:04

Expresos etarras
Expresos de ETA en un acto celebrado el pasado 4 de enero en la localidad vizcaína de Durango. / Efe

De siempre hemos creído que el pecado capital asignado a España en el concierto pecaminoso mundial es la envidia. De siempre o, al menos, desde que Fernando Díaz Plaja escribió la serie de libros sobre los españoles y los pecados capitales. Ese vicio explica por qué la sociedad española no avanza tan armoniosamente como otras, en las que el talento de unos es apreciado y apoyado por los demás –especialmente por la Administración-, de modo que se activan los mejores progresos de los que todos podríamos beneficiarnos, como se habló aquí cuando recordábamos al inventor José Vicente Zapata.

Quizás sea la envidia la que anima a quienes critican el comportamiento de Miguel Almunia, el retoño del vicepresidente de la Comisión Europea, por reprender al entonces presidente de Caja Madrid, Rafael Spotorno, el que no le prolongara la beca de estudios en Harvard, la mejor universidad del mundo.

Sí, Joaquín Almunia, el dirigente socialista que le puso la zancadilla a su conmilitón, Josep Borrell, cuando éste le ganó en aquellas primarias del PSOE tan graciosas. Supongo que tampoco él pudo contener su envidia.

Sin embargo, por no sé qué conocimientos de los que no da detalles, James Joyce dejó escrito que el pecado de España es la ira. No se sabe que el autor de Dublineses visitara alguna vez nuestro país, aunque sí lo hizo su mujer, Nora, pero ahí quedó su aserto. Supongo que todos los pecados capitales caben en todos los países: sólo hay que ver la ira que mueve a las muchedumbres en Paquistán, por ejemplo, donde casi no cabe imaginar lo que se resentirá un corazón albergando tanto odio: hacia Estados Unidos, hacia las mujeres, hacia los cristianos… Y eso que Mahoma dijo que “es fuerte no quien vence por la fuerza sino quien se controla mientras sufre de ira”. Es sólo un ejemplo.

La ira prolongada engendra odio (Ovidio). Algunos psicólogos piensan que el odio es el 2.0 de la ira: su puesta en escena, las furias incontenibles como las que pintó Tiziano y ahora se muestran en El Prado. Dante Alighieri sitúa a los iracundos en el séptimo círculo del Inferno de su Divina Comedia, atormentados por el minotauro y rodeados de un río de sangre.

En España conocimos ríos de ira en la Guerra Civil, escenificación perfecta, pero cada día, a cada momento, surge alguna ocasión propicia. La del interrogatorio de la Infanta Cristina, por ejemplo, del próximo día 8, pone mucho al pueblo soberano, como comenta Fernando Onega, en un artículo.

La ira mata a mujeres cuyos asesinos se intentan suicidar después. Algunos lo logran porque tienen ira de sobra. Si aprendieran a ventilar esa emoción tan negativa, pegando corretás por el campo, al tiempo que gritan a pleno pulmón mientras maldicen a sus progenitores, salvarían su destino y el de los que están cerca.

Estas ideas me asaltaban cuando, hace apenas diez días, contemplaba la foto que ilustra este post con los rostros de etarras, ya mayores, en un acto de reinvindicación independentista, quizás uno de los que llaman “proceso de paz”. Sus miradas perdidas me hicieron pensar en los estragos de la ira. Rostros tortuosos, más que serios, amargados, retorcidos los gestos en mil úlceras de estómago, odio ennegrecido, envenenado por un destino fatal. Son rostros que muestran impotencia, incapaces de expulsar el odio de sus almas, ni siquiera ahora cuando igual logran una buena colocación en el tablero político. Es una fotografía terrible que ejemplifica cómo actúa la emoción más destructiva del ser humano.

Los psicólogos dicen que una persona airada suele estar equivocada en relación a la realidad, ya que la ira causa una pérdida de capacidad de autocontrol y de objetividad. Para Sigmund Freud, la ira nace en aquellas personas que no han visto satisfecha su necesidad de amor o se han visto frustradas en satisfacerla. Las teorías psicológicas que han ido surgiendo aquí y allá, a veces al abrigo de las viejas creencias orientales, especialmente budistas, aseguran que la clave está en la coherencia entre cerebro y corazón. Hay quien defiende científicamente que ambos órganos se comunican entre sí.

Ira, desesperación, celos, ilusión trabajan contra nosotros. Nos roban la libertad; son nudos, dicen, que obstaculizan. Aunque busquemos fuera los motivos de la ira, por más que parezcan idóneos: paro, corrupción de los representantes políticos, incomprensión hacia los sentimientos nacionalistas, idem hacia los sentimientos antinacionalistas, injusticia, etc., el estrés que eso produce no está fuera sino dentro de nosotros. Y la felicidad, igual. No lo digo yo, lo dice un monje vietnamita y a mí me gusta pensar que lleva razón.

Todo esto pensaba mientras contemplaba la foto de esos etarras, hasta que casi me enternece su desvalimiento, su soledad en medio de la ilusión del griterío y la jarana que montan en los juzgados y en la calle sus seguidores. Y en que el buen monje aconseja practicar la conciencia y la amabilidad con uno mismo. Deshacer esos nudos de la ira, pasado tanto tiempo y tantos asesinatos, resulta una empresa de héroes y ya se sabe el trágico final que la mitología griega concede a los héroes. En sus caras pude leerse ese dictado fatal.

Inspiro: reconozco la ira que se me apodera; expiro: la sonrío. Reconocer nuestra ira es abrazarla con ternura: desactivarla, desarmarla sin violencia.

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