Andanzas y desventuras de una colección de arte

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Algunas de las obras inventariadas en el palacete de Muñoz Ramonet. / Barcelona.cat (YouTube)

Lleva años coleando, por los mentideros de Barcelona, un asunto de familia rica, la de Julio Muñoz Ramonet, cuyas hijas faltaron a su última voluntad de donar el palacete familiar de la calle Muntaner con sus obras de arte dentro a la ciudad de Barcelona. Muñoz Ramonet era un magnate del textil, franquista hasta las cachas, de oscuro pasado, que atesoró una colección nada desdeñable de cuadros de Goya, Velázquez, El Greco, Rembrandt, Murillo, Sorolla, entre otros, que murió en mayo de 1991.

De la noticia de su muerte se enteró todo el mundo, claro está; de lo que no se enteró todo el mundo, y en especial, el consistorio barceloní, es de que el buen finado le había declarado heredero de semejante tesoro. Y nada se supo hasta que tres años y medio después, en 1994, un pintor alemán, Bernd Walter, en respuesta a la negativa de las hijas a devolverle los casi 17.000 euros que le había prestado a su padre, se lo chivó al alcalde. Lo incomprensible es que un tipo forrado pidiera prestado a un artista, por muy alemán que éste fuera. La explicación es que Muñoz había incurrido en un delito de estafa por más de 4.000 millones de pesetas, por lo que tuvo que huir de la justicia y refugiarse en Suiza. Cosas de ricos.

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En materia de interés humano habría que preguntarse por las relaciones que el industrial del textil mantenía con sus cuatro hijas para hacerles la faena de sustraer de sus patrimonios semejante fortuna. A la manera del Rey Lear, el buen señor ha tenido que presenciar –aunque sea muerto- el rifirrafe que las no herederas montaron, seis meses después de su muerte, para limpiar el palacio de lo más valioso que contenía, ayudándose de dos camiones tráiler, para sorpresa del mayordomo que no acababa de entender la movida.

Entre las lindezas que se le atribuyen a Muñoz Ramonet está lo que él contaba sobre los trabajadores de sus industrias. “Son como los limones; hay que estrujarlos bien y una vez secos, se tiran y a por otro”. Hay muchos indicios de que se portaba exactamente así con ellos y con sus sucesivas queridas. Una alhaja, como dicen en Toledo.

Total, que el Ayuntamiento de Barcelona creó la Fundación Julio Muñoz Ramonet cuando se enteró del asunto para ver si así conseguía reunir lo que en justicia es suyo. Desde el año pasado, la Generalitat se ha sumado a las tareas de rescate. Pero la peripecia de esos cuadros permanece en secreto, a pesar de que se supo que habían sido trasladados a Madrid, a otro palacete, en la calle Villanueva. Pero, atentos lectores, resulta que el tal palacete está en venta –quince milloncejos- y nadie cree que puedan permanecer allí los valiosos cuadros.

¿Dónde está ese tesoro de Alí Babá? ¿En qué misterioso jardín estará enterrada esa fortuna? El culebrón continuará, aunque me temo que habrá que someter a las cuatro hermanas a tormento para que canten, y no sé si eso lo permite la Constitución.

Estos días atrás se ha hablado largamente de la colección de arte de un ciudadano alemán, Cornelius Gurlitt, que atesoraba obras de pintores notables en su casa, como contó cuartopoder.es , sin que el hecho de que esas obras hubieran sido arrebatadas a sus dueños judíos, cuando el Holocausto, pareciera preocuparle.

Los artistas hacen su trabajo, en parte porque no les queda otro remedio, en parte porque no saben hacer coches u operaciones en Bolsa. Lo que de esas obras se cuente, andado el tiempo, ya no es cosa suya. Pero, según lo que le suceda a sus obras, puedo comprender que el corazón del autor se resienta en la tumba. Particularmente Modigliani, Van Gogh, Vermeer y tantos otros que murieron en la miseria.

Habría que imaginar un poder digital superior y justiciero, que redistribuyera las obras de arte según la voluntad de sus autores, para que todos los mortales pudieran gozar de su contemplación. Un museo en la nube.

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