Lovecraft invade el mercado editorial

Imagen de H. P.  Lovecraft tomada en Brooklyn en 1922. / Wikipedia
Imagen de H. P. Lovecraft tomada en Brooklyn en el año 1922. / Wikipedia

El mercado editorial es tan previsible por esto de la crisis que si quieren saber los autores que van a llenar los escaparates de las librerías en los próximos meses deben informarse antes de cuando acaban los derechos de autor de los mismos. Sólo así cabe entender cierta proliferación de escritores que de vez en cuando aparecen como por arte de magia para, luego, si las ventas no son las adecuadas, desaparecer.

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Estos días hemos visto proliferar como setas las obras de uno de los autores más curiosos de la literatura norteamericana del siglo XX y escritor estimado por la gente de mi generación que lo descubrimos en aquella antología maravillosa de Alianza Editorial, Los mitos de Cthulu, que Rafael Llopis recopiló en 1969. La verdad, fue un descubrimiento, y aún recuerdo que me leí aquellos relatos de un tirón, siendo muy consciente de sus virtudes, así, cierta predisposición a meter al lector en una pesadilla recurrente, pero también de sus defectos, los adjetivos que emplea para incitar al miedo no suelen pasar de “horrible”, “asqueroso”, “inconcebible”, y cosas así. Luego, uno se entera de que es un precursor de la literatura pulp fiction y que dentro de la cultura de masas, en su país de origen, es un escritor referencial. Su personalidad, excéntrica, con una fobia especial hacia los judíos, su declarada misoginia, le hicieron aparecer para las conciencias liberales norteamericanas poco menos que como un escritor del Ku Klux Klan. El que naciera y viviera en Providence no hacía más que añadir más leña al asunto.

Al año de que quedara su obra libre de derechos, hace 77 años que murió, una editorial tan prestigiosa como Acantilado ha publicado en traducción de Miguel Temprano, El caso de Charles Dexter Ward y En las montañas de la locura, uno de sus libros más celebrados. A Acantilado se le han sumado Periférica con El resucitador, que según el propio Lovecraft está inspirado en el Frankestein de Mary Shelley. Si añadimos a todo esto que Nick Pizzolato, el creador de True Detective, afirma estar influenciado por la obra de Lovecraft, no es de extrañar que las ediciones sigan proliferando: Nevsky ha editado recientemente en traducción de Jon Bilbao y con una muy buena introducción de Javier Calvo, el escritor barcelonés autor de libros como Mundo maravilloso y Corona de flores, La sombra fuera del tiempo, perteneciente a Los mitos de Chtulu.

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Cubierta de ‘La sombra fuera del tiempo’.

Llama la atención que sean editoriales pequeñas las que hayan editado de nuevo a H.P. Lovecraft, pero esa llamada de atención es resultado de cierto descuido. Si nos fijamos con más atención nos daremos cuenta que estas editoriales pequeñas y predominantemente literarias son las idóneas para publicar a un escritor como Lovecraft, que en Estados Unidos es un mito de la cultura pop, considerado por la mayoría de los críticos como un autor muy descuidado en el estilo, no les negaré su parte de razón, pero que en España, por diversos avatares, fue siemre autor de lectores amantes de lo literario y, me atrevería a decir, de cierto esnobismo.

Por otro lado el que las pequeñas editoriales publiquen su obra es obvio: está libre de derechos y así se ahorran cierto dinero en un mercado no sólo restringido sino anémico. Y no ocurre sólo con Lovecraft. En realidad son estas pequeñas editoriales, buscando los mil trucos de subsistencia, las que están haciendo que al margen de las modas de los best sellers haya una cierta manía por determinados escritores de lectura mucho más restringida pero que son los que conforman los restos de un mundo literario cada vez más evanescente, y ello hasta el punto de que de seguir así se confine a los escritores al mismo nicho que ocupa la música clásica, lo que contrasta, en apariencia, con la mística mediática que acontece cuando muere un escritor de fama. El caso de García Márquez viene que ni al pelo. Actitud que será contradictoria pero que mirada con más atención pertenece al mismo ámbito: se le da más bombo a aquello que está a punto de desaparecer. El centenario de Marguerite Duras que se está celebrando en Francia es sntomático: su obra se va a publicar en La Pléiade pero los fastos son dignos de la muerte de Víctor Hugo. En realidad se está despidiendo de una forma de entender el arte y la cultura.

Leer a Lovecraft es, sin embargo, curioso pues a pesar de sus muchos reparos es escritor de aliento intenso, pocos como él son capaces de recrear una atmósfera asfixiante, y siendo, como es, el creador en cierta manera del género de serie B, ese género de segunda en que terror y ciencia ficción se dan la mano, no es nada fácil traspasar a la pantalla los aires opresivos de la escritura de Lovecraft. De ahí, quizá, el éxito de True Detective, donde se homenajea al pulp fiction, basándose en la revista del mismo título. Que ha logrado dar entidad de imagen a lo que en las novelas de Lovecraft sólo se consigue con una maestría no exenta de ingenuidad: el que sea la imaginación del lector mismo el que crea la atmósfera que Lovecraft quiere transmitir y que es una atmósfera inquietante sí, pero nada concreta. En este sentido Lovecraft posee la mosntruosa inquietud del escritor único y que es dueño de una esquina del mundo, recreada sólo por él y quizá para él. Lovecraft es un friqui si atendemos además, a la definición actual; un excéntrico, que se decía antes, pero un excéntrico que llevó a sus últimas consecuencias el género heredado de Bram Stocker y Mary Shelley hasta hacerlo pop, pulp fiction, acomodarlo al modo de imaginar de su país.

Quizá la definición más bella de la personalidad de Lovecraft la diera Stephen King que le llamó “principe oscuro y barroco de la histora de horror del siglo XX”. No es mal comentario viniendo de quien viene, su aventajado sucesor. Lovecraft se prodiga estos días por las librerías españolas. No es mal acompañamiento para el Día del Libro.

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