Oscar Wilde, el acto final

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Oscar Wilde, fotografiado por Napoleon Sarony en 1882. / Wikipedia

La gran tragedia de Oscar Wilde –lo advirtió él mismo– es que puso todo su genio en su vida y sólo su talento en sus obras. La frase tiene ese punto de exageración marca de la casa puesto que Un marido ideal, La decadencia de la mentira, El retrato de Dorian Gray y la Balada de la cárcel de Reading son, cada una en su estilo, perfectas obras maestras. Con todo, siempre que alguien descubre la felicidad y la maravilla de leer a Wilde, no dejará de sorprenderle su intervención en ese turbulento proceso judicial que acarreó su desgracia y su ruina. La trayectoria vital de Wilde, del éxito al escarnio, de la fama al oprobio y a la cárcel, es como la de un pájaro rutilante de brillantes colores cazado en pleno vuelo. Para muchos lectores novatos el esplendor de su biografía oculta el brillo de sus libros.

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Es fácil adscribir a Wilde al epígrafe de víctima e incluso al de mártir, un mártir no sólo de la libertad sexual sino de la verdad y la belleza en el sentido más platónico del término. Esa lectura es correcta, sin duda, pero insuficiente. Disfraza el hecho de que fue el propio Wilde quien puso en marcha la maquinaria legal que acabaría aplastándolo. La historia es muy sencilla: Wilde recibió una nota del padre de su amante, lord Alfred Douglas, un necio insulto que declaraba torpemente “A Oscar Wilde, que presume de sodomita”. Hubiese sido muy fácil para el dramaturgo romper la nota en dos pedazos y soltar una alegre carcajada. Hubiese sido mejor todavía responder al marqués de Queensberry con uno de sus malévolos epigramas. Al contrario de lo que se piensa, Wilde era un hombre alto y corpulento que no tuvo el menor problema en echar de su casa a dos matones que el marqués (el inventor de las reglas del boxeo moderno) había enviado para intimidarlo. Sin embargo, demandó a Douglas por difamación, lo cual fue como empezar una batalla pública contra la hipocresía y la inmoralidad de la alta sociedad victoriana, una batalla que Wilde tenía perdida de antemano. La pelea se saldó con una sentencia de dos años en la prisión de Reading, la máxima que podía imponer la ley británica, como aseguró el juez con un golpe de mazo antes de preguntar al escritor si tenía algo que decir contra la sentencia que acababa de dictar. “Sí” contestó Wilde, esteta hasta el fin e incapaz de guardarse una réplica entre dientes. “Que está mal escrita”.

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Oscar Wilde y lord Alfred Douglas, fotografiados en 1893. / Wikipedia

En prisión, sometido a un régimen de trabajos forzados y a una dieta humillante que le provocaba diarreas continuas, Wilde conoció una especie de redención a través del dolor. Lo reveló en lo que tal vez sean sus dos textos más altos, la Balada de la cárcel de Reading y la Epistola in carcere et vinculis: de profundis. Dedicada a su bello, bobo e insustancial amante, Bosie, De profundis es probablemente la carta más bella de la literatura. En ella, el aparentemente frívolo e ingenioso autor de comedias y frases inolvidables recurre a una ética de raíz cristiana, una purificación a través del sufrimiento en la que revela su alma generosa, desnuda y sangrante. Hay momentos en la larga epístola en que Wilde, en nombre de la verdad –la verdad de “ese amor que no osa revelar su nombre”– parece haberse entregado voluntariamente al martirio. Esa dicotomía entre el dolor y el placer, entre cristianismo y paganismo, no suena tan disparatada cuando uno repasa algunos de sus textos cenitales. Pienso principalmente en dos cuentos infantiles, dos relatos engañosamente ingenuos y que no pueden leerse sin llorar.

En uno de ellos, El príncipe feliz, una golondrina que debe huir de la ciudad ante la llegada del invierno, decide atender la petición de la estatua de un príncipe que, como Buda, no había visto nunca la miseria en que vivían sus súbditos. La golondrina va arrancando tiras de oro de la estatua para llevarlas en su pico a los más desgraciados y pobres. Muere de frío a los pies de la estatua despellejada, que los próceres deciden quemar, porque ya no luce con la belleza de antaño. Pero el corazón de la estatua, un pedazo de plomo, permanece inalterable al fuego y los fundidores lo arrojan a un montón de basura donde yace también el pájaro muerto.

El segundo es, claro está, El gigante egoísta, en el que un ogro malhumorado, al prohibir a los niños jugar en su jardín, ahuyenta también a la primavera, al sol y a las aves. Al descubrir que los niños traen de nuevo las flores a su jardín, no sólo les permite jugar sino que juega también con ellos, y se encariña del más pequeño, el primero que se atrevió a darle un beso. Pero ese niño ya no regresa más y los años pasan y el gigante está triste en medio de su alegría porque le gustaría ver otra vez a su pequeño amigo. Les pregunta a los otros niños dónde está pero ellos no lo saben. Entonces, ya anciano, una mañana ve al niño y se enfurece al ver que sus manos y sus pies están traspasados por heridas de clavos. “Estas son las heridas del Amor” le dice el niño, y en un giro alegórico e inolvidable revela la verdad: “Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás tu en el jardín mío, que es el Paraíso”.

La belleza y la muerte, el amor y la piedad aparecen engastados en estas dos joyas imperecederas del idioma inglés. El cadáver del gigante amanece revestido de flores blancas y, cuando Dios pide a sus ángeles las dos cosas más bellas de la ciudad, ellos le llevan la golondrina muerta y el corazón de plomo del príncipe. Expurgar el simbolismo religioso presente en ambos relatos sería una impertinencia. Tal vez no lo sería tanto recordar que, al término de su vida, cuando deambulaba gordo y desdichado por los senderos de su exilio, Wilde le confesó a André Gide: “Yo sólo quise conocer el otro lado del jardín”.

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