El referente moral de la literatura alemana

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Fotografía de archivo tomada el 20 de noviembre de 2014 que muestra al Nobel de Literatura alemán Günter Grass durante la inauguración de su exposición 'Hundejahre' ('Años de perro') en Múnich, Alemania. / Sven Hoppe (Efe)

Durante años mezclé mi admiración por ciertas obras de Günter Grass con la nada agradable experiencia de ser testigo del modo en que echó del Hotel Suecia madrileño a un colega porque le preguntó algo que no le gustó. Ahora, que ha muerto a los 87 años en un hospital de Lübeck, la ciudad de Thomas Mann, el referente moral, durante muchos años, de la literatura alemana, por lo menos los años en que gobernó Willy Brand, con el que se identificó plenamente hasta el punto de que si Brand era un referente de la moralidad política de la socialdemocracia de aquellos años, su correspondiente en la literatura era Günter Grass, y no porque fuera el mejor escritor, por ahí andaban Jünger, Heinrich Böll, Martin Walser, Ingeborg Bachman, Arno Schmidt, sobre todo Schmidt, sino porque su perfil y la temática de sus novelas coincidían con un momento de expansión de la Alemania Occidental y los intentos de la socialdemocracia por tender lazos a la Alemania del Este. Esa identificación le valió la concesión del Premio Nobel en 1999. Bueno, también el Premio Príncipe de Asturias, y el mismo año. Pero eso vino después.

Conocí a Günter Grass cuando Jaime Salinas se empeñó en publicar El tambor de hojalata en Alfaguara, haciendo que fuera de las primeras obras editadas en España ya que hasta entonces lo leíamos en las bonitas ediciones mexicanas de Joaquín Mortiz. Fumaba como un carretero, y cualquier cosa que fuese tabaco, cigarrillos, pipa, puros, rapé... como su paisano Schmidt, el canciller amigo suyo, que no aguantaba cinco minutos sin echar humo. La entrevista que tuve con él fue amable pero se notaba que Grass era un personaje de ceño fruncido y proclive a cabrearse más de la cuenta. Le hablé de la novela picaresca española, bueno, el Lazarillo, y como la conocía le complació, pero a mi lado se encontraba Ernesto Parra, que le hizo algunas preguntas para El Viejo Topo, y le soltó si le gustaba Arno Schmidt. Una provocación en toda regla ya que, para mí, para Parra, para Julián Ríos, que lo editó en España, y para tantos otros, Schmidt era el mejor escritor alemán de la segunda mitad del siglo XX. Parra fue condenado y cuando le preguntó si conocía la obra de Lezama Lima, Günter Grass ladeó la cabeza, se quitó un cigarrillo de liar de la boca y le dijo a la responsable de la editorial, en aquel entonces Ymelda Navajo, que no quería ver más a a aquel sujeto.

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Ficha de prisionero de guerra de Günter Grass, que indica su pertenencia a una unidad de las Waffen-SS. / Wikipedia

Y cuento esto no por ningún ánimo justiciero, sino porque refleja a la perfección lo que era este escritor, un hombre muy polémico y que no se cortaba a la hora de reflejar los disgustos y temores que le provocaba algo. Lo de Parra fue abuso de poder, pero las polémicas que mantuvo con el Estado de Israel a propósito del poema Lo que hay que decir, que le valió que ese país le declarara persona non grata hace tres años, habla, sin embargo mucho a su favor. Como la valentía de confesar que durante su adolescencia había pertenecido a las Waffen SS en su libro de memorias, Pelando la cebolla. Esa confesión me pareció significativa porque en el clima de hipocresía de la corrección política en la que nos encontramos, la publicación de ese libro significaba cierto ostracismo nunca explícito y el sambenito de que cada vez que alguien se refiriera a Grass, otro recordaría su pasado nazi, etc, etc... ha pasado con Peter Handke al defender al estado serbio en la guerra que dividió Yugoslavia y pasó con Pavic, el gran escritor serbio, y candidato al Nobel, que por el hecho de ser serbio y defender a su país en la guerra pasó de ser publicado con cierta intensidad a ser preterido hasta el punto de la desaparición de su obra en las editoriales de Occidente. A Grass le sucedió algo similar.

Grass vivía en Lübeck pero el perteneció a la raya con Polonia, a Danzig, paisaje que relató con maestría en El tambor de hojalata, quizá su mejor obra, aunque Diario de un caracol es muy notable y poco citada. El rodaballo, releída después de veinte años, se me ha mostrado como un ejercicio de retórica persistente, demasiado persistente, y demasiado extensa, prácticamente le sobra la mitad del libro. Con ello quiero decir que la obra de Grass no aguanta en general el paso del tiempo porque es obra muy ligada a la Alemania de los sesenta y setenta y creo que Marcel Reich Ranicki, que protagonizó un escándalo cuando rompió una novela de Grass en su programa televisivo de crítica de libros, tenía cierta razón cuando con ese gesto quiso poner en su sitio al endiosado Grass, endiosado porque logró identificarse con una parte de la historia de Alemania. Reconozco en el gesto de Ranicki un ejercicio retórico, tanto como el de proclamar a Javier Marías uno de los grandes escritores europeos, pero respecto a Grass la cosa vino al pelo porque fue una manera injusta de restablecer un equilibrio que en Alemania se había roto cuando Grass parecía ser el único representante de la literatura de ese país.

Nos queda su obra, ya que la Alemania que le encumbró ha muerto abonando la tierra donde crecen personajes como Angela Merkel. Cosas de la reunificación, que Grass temió en el fondo porque sabía que sus paisanos, una vez juntos, volverían a resucitar viejos fantasmas, a su manera. Grass era una mezcla de lucidez en algunos casos con altas dosis de egocentrismo obligado las más de las veces, porque, en el fondo, creía ser el heredero natural de Thomas Mann, que es el anhelo secreto de cualquier escritor alemán. Ahora que ha muerto y que creo que Años de perro aún está viva, como El tambor de hojalata, le recordaré con algo que cada vez escasea más: el humo del tabaco.

Grass. Una vez confesó que había escrito su última tinta. Se equivocó. Está ahí, con sus admiradores.