Orson Welles y los restos del naufragio

Cubierta del libro.
Cubierta del libro.

En estas fechas que se celebra el centenario del nacimiento de Orson Welles, el niño prodigio del cine, se editan libros referidos a su persona por doquier; sin ir más lejos, Anagrama ha publicado estos días Mr. Arkadine, el guión de la película que rodó en España y que se gestó cuando se rodó El tercer hombre, y Mis almuerzos con Orson Welles, de Peter Biskind, en que se recogen las conversaciones del director de cine con Henry Jaglon, donde se da un repaso al Hollywood de aquellos años y por cuyas paginas desfilan personajes como Charles Chaplin, Lawrence Olivier, Bogart, Marlene Dietrich y, claro, Rita Hayworth, que fue mujer de Welles y que éste retrató, se dice, de manera cruel en La dama de Shanghái, cortándola la hermosa melena que lucía y dejándola en una gran actriz, el papel era estupendo, pero trasquilada.

Por estas fechas, digo, han aparecido en la Universidad de Michigan, entre un montón de cajas que había dejado en la institución Oja Kodar -la bella actriz croata que fue la mujer de Orson Welles en sus últimos 24 años de vida- una serie de papeles, fotografías, esbozos, que pueden dar lugar, realizando un trabajo de reconstrucción notable, a una especie de autobiografía. El descubrimiento se ha hecho coincidir con su centenario, aunque según Philip Hallman, responsable de la custodia de las ocho cajas con el material que Oja Kodar les ha mandado, cuando se han puesto manos a la obra, nada más recibir las cajas, se han encontrado con un material precioso pero deslavazado: hay, incluso, una fotografía inédita en la que están juntos Errol Flynt, su esposa, Rita Hayworth y Orson Welles que es, cuanto menos, curiosa.

Publicidad

Por lo pronto se han apresurado a poner título al libro, Confessions of a One Man Band, que no pasa de ser un cúmulo de páginas, no muchas, mecanografiadas y a mano, donde Welles retrata a personajes como Ernest Hemingway o D.W. Griffith, con el que se llevaba de pena. Ni que decir tiene que lo que cuenta Welles es apasionante, pues era hombre de extrema brillantez y no tenía reparos en dirigir sus acerados dardos a cualquiera, sobre todo si era famoso: Welles, no lo olvidemos, realizó la mejor versión que se ha hecho de su personaje favorito, sir John Falstaff, Campanadas a medianoche, y como el famoso gordo shakesperiano era excesivo, incluso en sus opiniones. Parece ser que lo que se ha encontrado relativo a Hemingway es hasta placentero, pues relata un encuentro con éste en Pamplona donde, según cuenta Welles, se dedicaron durante un gran rato a hablar de las corridas de toros que tendrían lugar en los Sanfermines, conversación harto interesante si tenemos en cuenta que el culto por Antonio Ordóñez les mantenía, entre otras cosas, enconados.

Pero el problema estriba en que el material dejado por la bella Kodar es material precioso, sensible, pero incoherente, y Philip Halmann no las tiene todas consigo cuando afirma que es probable que al final las tales memorias se queden en páginas sin continuidad posible, porque no hay manera de juntar un conjunto de pareceres sin orden cronológico. Estos restos del naufragio, estos pecios, que diría nuestro Ferlosio, son la parte coherente del legado de Welles, pues todo lo que ha dejado tras su muerte está inacabado: aquellos trozos sobre el rodaje del Quijote, que muchos creen hubiera sido el campanazo de su genio, la película que están poniendo ahora en punto, The Other Side of the Wind, que comenzó Welles en los años 70 y que hace tres semanas han abierto la recaudación para la producción por el sistema de crowdfunding, y donde se han conseguido 200.000 dólares en menos de un mes para su restauración. Papeles, papeles, fotografías, sobre todo de Oja Kodar, al modo en que la retrató en Fake, donde imagina a Picasso tras una persiana ejerciendo de mirón mientras su musa se paseaba luciendo palmito, un contenido precioso pero que sobre todo es un conjunto enorme de proyectos inacabados, ya que Welles era hombre que se pasaba el día imaginando futuras obras que luego tenía que dejar a un lado por un problema de financiación, obsesión que le persiguió durante toda su vida, ya que para los productores de Hollywood este hombre no sólo no era fiable sino, lo que era peor, arruinaba a cualquiera.

El material dejado por Kodar, de todas maneras, es estimable en tanto en cuanto corrobora ciertos datos que se tenían de la vida de Welles. Así, la manía que tuvo a Hollywood desde el primer momento en que se fue, muy joven, a probar fortuna a California, dejando a su mujer Virginia Nicolson. En cartas dirigidas a ésta, que estaba de vacaciones en Europa mientras él intentaba abrirse paso en los estudios, le cuenta el modo en que se alquila un bungalow o los precios de alquiler de los Cadilllac pero, sobre todo, la aversión que tenía a Holllywood, “como predije, no es un lugar agradable para vivir”, sobre todo, eso. Pensó en trasladarse a Nueva York. Hollywood no se lo perdonó jamás.

Las notas abundan en juicios notorios y no sólo por lo de Griffith, vaca sagrada de los estudios de Hollywood, y tampoco por Hemingway, que es personaje que le gusta poco porque se rodea constantemente de admiradores que le jalean, sino por opiniones sobre sus padres o Rita Hayworth, que la leyenda quiere mártir en aquella relación porque ella era mujer afectada por problemas emocionales muy agudos y Welles ejerció en aquellos años de galán al que no se le escapaba mujer alguna, algo muy a tener en cuenta en persona que sólo dejó incólumes de ciertos dardos a John Ford y Vittorio de Sica, a los que admiraba.

Precioso material, fascinante material, películas geniales pero inacabadas... el legado de Welles es una metáfora de nuestro tiempo. Fascinante pero que se escapa de nuestras manos. El legado del niño prodigio.

El tercer hombre (You Tube)