JUAN ÁNGEL JURISTO | Publicado: - Actualizado: 7/1/2017 16:16

José Esteban con un ejemplar de ... en las manos / J. L. Pino (Efe)
José Esteban con un ejemplar de ‘Gentes de mi tiempo’  en las manos / J. L. Pino (Efe)

Gentes de mi tiempo , que ha editado Reino de Cordelia, es una antología de escritos de Manuel Azaña sobre aspectos de la política española de su tiempo y sobre algunas figuras de la cultura y la política española de la primera mitad del siglo XX que ha sido seleccionada, con prólogo suyo, por José Esteban, estudioso de Azaña, de Bergamín, al que le unió fuerte amistad , y de la cultura de la República. Perteneciente a Izquierda Republicana, Esteban hace suyas gran parte de las opiniones de Azaña y piensa que el legado del presidente de la República es tan actual ahora como hace ochenta años porque el valor supremo en el modo de hacer política para él era el de la consolidación de la democracia. Lúcido, crítico terrible de los vicios de la España ancestral, Manuel Azaña se retrata en estos escritos tomados sobre todo de sus Obras Completas. Nadie, pues, como José Esteban para que repase ese legado que llega a iluminar vicios de nuestra España actual. Toda entrevista pide una justificación. La que hemos mantenido con Esteban se agradece por profundizar en esa vigencia.

– ¿Por qué una antología de los Diarios de Azaña?

– A pesar de la admiración que una minoría de españoles sentimos por la figura de Manuel Azaña, su obra es poco o mal conocida. No en vano sus obras completas tuvieron que aparecer fuera de España, y una labor continuada y calumniosa hacia su gestión como presidente de la segunda República le llevó a las más altas cimas de la incomprensión y el ostracismo, hasta el punto de convertirse en un desconocido. Retrato de un desconocido, tituló Cipriano Rivas Cherif la biografía de Azaña.

No mejor suerte ha corrido su obra. Perseguida y silenciada durante años, es ahora cuando comienza tímidamente a aparecer por nuestros escaparates en ediciones no muy aptas para el consumo popular. Su obra magna, sus diarios, apasionantes siempre, constituyen por su volumen un hándicap para lectores no muy profesionales. Se hace, pues, preciso, antologizar esa inmensa obra en tomitos más apetitosos y asequibles para acercarla a un mayor número de españoles. Con esa intención pretendemos ofrecer, sino la totalidad, al menos sus textos más representativos y actuales.

– En el libro reproduce dos artículos de Azaña, Vicios políticos españoles y Caciquismo y democracia, que poseen plena actualidad. ¿A qué cree se debe esa persistencia de nuestros vicios?

“Para Azaña, el caciquismo es simplemente
una suplantación de la soberanía

– España ha sido, y  sigue siendo, un país gobernado tradicionalmente por caciques. Para Azaña, el caciquismo es simplemente una suplantación de la soberanía. La oligarquía como sistema y el caciquismo como instrumento –exclusión de la voluntad popular– son anteriores al régimen constitucional y al sufragio, y han persistido con ellos hasta nuestros días. Igualmente persisten nuestros vicios políticos a través de los tiempos.

Azaña denunció el vicio español de cualquier movimiento político de cambiar los nombres de las calles, vició que persistió en la segunda República, que modificó el callejero madrileño. También escribió en contra de la pasión nacional de desenterrar a los muertos. Páginas de actualidad con motivo de la búsqueda de los restos de Cervantes.

– Azaña acuñó el concepto de casta política y el del relevo generacional con Vieja y Nueva política. ¿Qué semejanzas puede haber con los nuevos movimientos ciudadanos: ¿Puede hablarse de una nueva regeneración?

– Es curioso la vuelta al léxico de Vieja y Nueva política, tan del gusto de Azaña y Ortega. Partidario acérrimo de la democracia en todas sus manifestaciones, estaría encantado con este nuevo y original asociacionismo español. No olvidemos una de sus muy brillantes frases: “Contra la violencia, no otra violencia, libertad; contra la dictadura, no otra dictadura, democracia. Contra la opresión, no otra opresión, la República”. De este modo, para el estadista, “la España política, según mi traza, sería una asociación democrática regida con humanidad”… El tiempo dirá si se trata de una nueva regeneración.

– Libertad, democracia, República, ese fue el ideario azañista. Ud. pertenece a Izquierda Republicana, el partido que fundó Azaña. ¿Ha cambiado ese ideario por uno más acorde con el momento? Lo digo, sobre todo, por el asunto republicano…

“Sin libertad no hay verdadera democracia, y
sin República, tampoco

– El ideario sigue siendo el mismo de hace ochenta años y debería ser el de todos los demócratas. Sin libertad no hay verdadera democracia y sin República tampoco. Una democracia que no puede elegir a su máximo representante por mucho que digan no es verdadera democracia. Para algunos, democracia y monarquía son términos opuestos. A estos habría que añadir la inteligencia y la racionalidad en la política. Para él solo eran fuertes los gobiernos inteligentes.

– El retrato que hace Azaña de algunos contemporáneos es suculento… y triste, sobre todo, los correspondientes a la guerra. El del  general Miaja es terrible…

– El presidente Azaña no tenía pelos en la lengua y menos al redactar su diario. En el caso concreto del general no se pone en duda su capacidad militar sino su toma de atribuciones que no le correspondían. Se trataba sencillamente de ponerle en su justo sitio. Y en este caso la participación de don Manuel se limita a comentar lo que le han contado, pues en la guerra fue apartado de cualquier decisión significativa.

– Hay casos curiosos como la comida en Lhardy con Ortega y Manuel Aznar, abuelo de José María Aznar. A Ortega lo respeta, pero ¿qué opinaba de Aznar?

– Podemos decir que don Manuel no sentía ninguna simpatía por el que entonces era director de El Sol. En algunos de sus apuntes le llama pillastre y creo recordar que mequetrefe. Le traía tranquilamente sin cuidado.

Cubierta de la obra.
Cubierta de la obra.

– Leyendo algunos de estos retratos da la impresión de que Azaña es el único político de su generación que podría estar vigente ahora. ¿Cree que esto se debe a su idea de la democracia?

– Es posible. Don Manuel tenía las ideas muy claras acerca de la democracia. Pertenecía a un generación, la llamada del 14, de intelectuales con vocación política, que al conocer la situación de España sintieron tanta vergüenza como irritación. Y esa fue su verdadera novedad, su actitud ante la política, es decir, su vocación política. Esta generación a la que Azaña pertenece y en la que juega un papel significativo es la generación más importante en la historia intelectual de España.

Ya el joven Azaña está empezando su vida pública y ya sabe que el problema de España es un problema de cultura; pero su originalidad está en aportar la democracia como solución. Ortega cree en las élites para solucionar el problema. Azaña, en cambio, echa su vista hacia el estado. Hay qué hacerse con el Estado, es decir, con el poder, y desde él rehacer la sociedad. Hay que arrancar el Estado de las manos concupiscentes que lo vienen guiando, desplazar del gobierno a los partidos de turno, que no son sino unas cuantas familias que viven acampadas sobre el país, como si de una finca se tratara, y por la democracia convertir al Estado en instrumento de la transformación de la sociedad. En resumen, el problema de Azaña no consiste en lamentarse como plañideras de la grave situación, como hicieron los del 98; tampoco se reduce a una llamada a la regeneración. No, Azaña introduce la democracia como solución.

– Usted ha sido un estudioso de la bohemia, en especial de Valle-Inclán, fue amigo de José Bergamín y ama a Azaña. Dibújenos una relación entre estas tres personas tan dispares porque entiendo que fueron, cada uno a su manera, claves para la conformación de la Edad de Plata de la cultura española…

– Valle-Inclán y Azaña fueron grandes amigos.  El político sintió gran admiración por el escritor, fueron compañeros de tertulia durante años. Azaña conocía muy bien a don Ramón y nos dejó uno de los artículos más lúcidos sobre el gallego, El secreto de Valle-Inclán. Bergamín, más joven que ellos, dedicó sendos y agudos artículos a ambos. Para Bergamín, Valle-Inclán fue un santo de las letras y supo entender el patriotismo y el sacrificio del segundo y escribió que tenía “un sentimiento descorazonado de España”, como Cánovas. Si el último Cánovas dijo “son españoles todos los que no pueden ser otra cosa”, don Manuel Azaña no le fue  la zaga: “Haber nacido español no es cosa del otro jueves”.

– Inquietan ciertas previsiones que no han cambiado en siglos; Azaña habla en Grandeza y servidumbre de los funcionarios de una situación que se padece hoy día con especial virulencia al atacar por parte de los poderes políticos la independencia de la Administración pública.

– Es Grandeza y servidumbre de los funcionarios el mejor artículo (que yo conozca) dedicado a los problemas de los funcionarios. Enfrentados desde siempre al poder político, que trata de dominarlos, el funcionariado encontró en Azaña (que fue, como muchos, funcionario) un defensor a ultranza. El Estado debería acaparar (en lo posible) los mejores ingenieros, los mejores médicos, los mejores letrados, disputándoselos a la industria privada y a las profesiones liberales. “Abaratar la administración no es criterio admisible mientras siga siendo defectuosa e incapaz, porque poco que cueste será muy cara”.

– Hagamos política ficción… ¿Cómo vería Azaña a movimientos como Podemos?

– Creo que, aunque mirara, no los vería…

  • paco otero

    admirable sencillamente admirable…que pena que la prensa digital al igual que la de papel ,lejos de ofrecer trabajos como este se dedique a ofrecer nuestra vida política y en general, en versión prensa rosa…en fin, el cielo ni se, ni me importa como los juzgue a estos directores, pero la historia si que los pondrá donde ya los puso Edgar Alan Poe en el siglo XIX…¡coño que agusto me he quedao!

  • juance

    Extraordinaria entrevista a un sabio.

  • robertodesaintloup

    Vaya por delante que siento una gran admiración por don Manuel Azaña. Como escritor y como político. Pero entiendo que el estudio de su vida y de su obra incurre, con bastante frecuencia, en el campo de la hagiografía. Lo digo porque en las estudios que conozco de una y otra jamás se alude a su gran soberbia, el rapto de la República por parte de la extrema izquierda -al que se sometió con gusto-, y su ominoso silencio con las atrocidades del bando republicano. Los lloriqueos de la “Velada”, a mi modo de ver, llegarían tarde. Reconocer todas esas limitaciones del gran hombre no disminuiría en lo más mínimo su enorme talla política. Gracias.

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