Chris Squire dijo no

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Imagen de Chris Squire durante una actuación en el año 2003. / Wikipedia
Chris Squire durante una actuación en el 2003. / Wikipedia

La semana pasada murió Chris Squire, bajista y columna vertebral de Yes, con 67 años, solo un mes después de anunciar que estaba en tratamiento contra una variante rara de leucemia. Apenas leí la noticia recordé la única vez que lo vi sobre un escenario, en La Riviera, once o doce años atrás, junto a una de las últimas encarnaciones del grupo: la vieja y gloriosa guardia, formada por Jon Anderson, Steve Howe y Alan White, y dos recién llegados, Igor Koroshev y Billy Sherwood. Squire era, con diferencia, el más alto de todos, y vestía un atuendo blanco indescriptible que evocaba los tiempos gloriosos de la psicodelia: un gigantón enorme que se resistía a envejecer y que sujetaba el bajo como si fuese una bandurria.

Como algunos otros bajistas con manos demasiado grandes y dedos como morcillas, a Squire la guitarra se le quedaba pequeña, pero no se resignaba a marcar el ritmo sino que solía introducir otra línea melódica, unas veces por debajo, otras veces por arriba de la guitarra. Ese contrapunto endiablado era una de las marcas de la casa, una de las firmas que hacían inmediatamente reconocible a la banda. Como Pink Floyd, como Jethro Tull, como Emerson, Lake & Palmer, como Genesis, Yes era antes que nada un sonido, un estilo, una forma de vida.

Uno los reconocía apenas ponía uno de sus discos sobre el plato, al primer giro, al primer surco. Pero con ellos la confrontación era tan brutal que el reconocimiento sucedía antes de oír incluso el grito angelical de Jon Anderson: bastaba con un golpe de batería, una introducción de órgano, un riff de guitarra, una línea de bajo. A un buen amigo mío no le costaba mucho sacar los acordes de una canción de Led Zeppelin y llegó a grabar en formato casero una versión bastante aceptable del Tubular Bells de Mike Oldfield. Pero su oído infalible no le servía de nada cuando se enfrentaba a un tema de Yes, se desesperaba ante aquellas melodías que parecían trenzadas en la luz de un arcoiris.

Chris Squire tenía bastante que ver con esa sutileza. Para hacerse una idea de lo increíble de su técnica, bastará mencionar que, a mediados de los ochenta, cuando el grupo se escindió en dos, Anderson, Bruford, Wakeman y Howe tuvieron que recurrir para reemplazarlo al bajista más revolucionario desde Jaco Pastorius, el gran Tony Levin. Squire era uno de los miembros fundadores de la banda, el único que había permanecido en todos los discos desde los comienzos y por esa simple razón la patente del título le pertenecía. No quiso prestar el lema de Yes a sus antiguos compadres, quienes se cogieron, con razón, un cabreo tremendo, y decidieron que fuese el público quien decidiría si Yes era algo más que un título de nobleza. Fue la única vez que Chris Squire dijo no, la única hasta la semana pasada. Tuvieron que apañarse con el anagrama de sus apellidos para el bautizo, ABWH, aunque también cometieron el desaire de no colocar la L de Levin en aquellos discos bastardos. Por su parte, Chris Squire trabajaba por su cuenta junto a otra franquicia de la banda (formada por Tony Kaye a los teclados, Alan White a la batería y Trevor Rabin a la guitarra), pero finalmente los dos ríos confluyeron en una prodigiosa obra de reconciliación: Union.

La muerte a traición de Chris Squire me ha llenado de nostalgia y de tristeza. En aquella noche de La Riviera vi a dos cincuentones mitad calvos, mitad melenudos, inmersos en esa deliciosa espera justo antes de empezar un concierto. Uno de ellos le dijo al otro: "¿Sabes a quien le vi yo el primer disco de los Yes? ¡A mi padre! ¡El Relayer, tío!" Esta semana caí en la cuenta de que no hay música de rock que haya oído más veces que aquellos magníficos discos del Yes de los setenta: el prodigio de Close to the Edge, los paisajes grandiosos de Tales of a Topographic Ocean, el temblor de Fragile, la furia resplandeciente de Relayer. Con ellos el rock sinfónico alcanzó, tal vez, su cima más alta, un fulgor incomparable y asombroso que Roger Dean intentaba traducir en los paisajes oníricos de sus fabulosas portadas.

Pero su pérdida no es únicamente una deuda de amor ni una cuestión de maestría técnica. La muerte de Chris Squire, hueso y tuétano de Yes, trae también un aviso de mi propia mortalidad. Yo he crecido con esa música, he hecho amigos con esa música, he amado con esa música; una vez una canción de Big Generator (que no está, ni mucho menos, entre sus mejores obras) significó todas las cosas. Los precipicios abismales del Relayer, el planeador extraño del Fragile fueron algunos de los primeros discos que tuve entre mis manos. Cuando en un bar, en una terraza, suenan los primeros acordes de Owner of a Lonely Heart, el gran éxito universal de la banda, un escalofrío me recorre la espina dorsal. Sí, te hubiera esperado para siempre. Sí, el amor encontrará un camino. Sí, Chris, ahora estás ahí, en el corazón de la aurora.

montreuxlive (YouTube)

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