Chus Visor y la poesía femenina

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El editor Jesús García Sánchez, más conocido como Chus Visor, en una imagen de archivo. / Efe

En una entrevista que se ha hecho desgraciadamente célebre, Chus Visor, como se conoce al dueño de una de las más importantes editoriales de poesía en castellano, ha levantado una oleada de cólera en el proceloso mundillo de la lírica patria al señalar que, según él, no hay ninguna mujer de primera fila comparable a los grandes hombres de la poesía de las últimas décadas. Es una opinión que no comparto, como no comparto tampoco casi ninguna de las opiniones del editor, empezando por la adscripción del cantautor Joaquín Sabina a la categoría de poeta. Aunque haya vendido un cuarto de millón de libros. O quizá, precisamente, por eso.

Clara Janés, Ana María Moix, Blanca Andreu, María Alcocer, Carmen Pallarés y, entre las más jóvenes, María Eloy-García o Marta Agudo me parecen nombres esenciales de la poesía española última, claro que esa es sólo mi opinión y ya se sabe lo que pasa con las opiniones. Ahora bien, no menos grave que las opiniones, erradas o no, de un editor profesional, me parece el linchamiento mediático al que se la ha sometido en los últimos días. Quiero decir que Chus Visor, lo mismo que cualquiera, tiene derecho a equivocarse e incluso a meter la pata.

Puede que yo también me equivoque, pero sospecho que el meollo de la polémica viene de un par de sintagmas desafortunados empleados en la entrevista: la oposición entre "poesía femenina" y "poesía masculina". No existe tal oposición, sustancialmente nunca ha existido, del mismo modo que no existe una poesía homosexual, una poesía negra o una poesía marxista. Esos adjetivos son etiquetas que usamos para entendernos pero no tiene ningún sentido separar por compartimentos estancos a Szymborska, a Wilde, a Senghor o a Neruda. Existen mujeres que escriben poemas y hombres que escriben poemas, pero no los escriben con los genitales, aunque a veces los genitales formen el centro del poema.

Sucede que en una cultura patriarcal y judeocristiana, la mujer ha sido relegada al nivel de chacha en cualquier ámbito, no digamos ya creativo o científico, lo que en el caso de la poesía resulta ciertamente escandaloso cuando uno cae en la cuenta de que una de las voces fundacionales de la lírica fue una mujer, homosexual para más señas: Safo de Lesbos. Fuera del ámbito de la poesía, en el terreno de la literatura, sigue vigente un curioso prejuicio según el cual las mujeres son prácticamente incapaces de producir obras de imaginación razonada. La llamada literatura femenina sería entonces una variante romántica y sutil del libro de memorias: recuerdos hilados al azar del fuego de los que, en sus mejores llamas, puede brotar Lejos de África y, en sus peores, cualquier novela rosa. Bastaría una excepción para romper la regla en vez de confirmarla, porque en este caso la excepción es la obra maestra de la literatura fantástica de todos los tiempos: el Frankenstein de Mary Shelley, tal vez la pesadilla más horrible urdida por el género humano.

No obstante, a la excepción de Mary Shelley se han ido uniendo demasiados nombres a lo largo del pasado siglo como para mantener la regla operativa. Ursula K. Le Guin, Silvina Ocampo, Connie Willis, Elía Barceló, Cristina Fernández Cubas, Anne Rice, por citar sólo unas cuantas circunscritas a la literatura fantástica. No es cosa buena husmearle el culo a los libros para catalogarles el sexo. "Tampoco es cosa de diferenciar" dijo Chus Visor, después de marcar una serie de rayas bien gordas entre distintas categorías ontológicas de poetas.

2 Comments
  1. AGZ says

    Se me ocurre añadir a su lista a: Chantal Maillard, Cristina Peri-Rossi, Mª Victoria Atencia, Julia Uceda, Marta Passaradona o Aurora Luque

  2. Valeria Santander says

    Hola, me ha gustado de ppio a fin Me gusta infinito. Gracias 1000

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