Recuerdo de Auschwitz

David Torres

Estrella_nazi_judíos
Imagen: Wikipedia

En mayo de 1993, al traspasar la verja de Auschwitz, sintió un escalofrío y supo que no era la primera vez que entraba en ese lugar. Esa misma mañana, mientras un guía explicaba las torturas y matanzas inconcebibles que habían ocurrido allí, la sensación se fue revelando una certeza atroz. No cabía duda, en otra vida, ella, Lucie Roget, francesa, católica, de 23 años de edad, había sido una de los cientos de miles de prisioneras judías que encontró la muerte en el campo de exterminio. Al regresar a su hogar parisino sufrió un sueño espantoso en que llevaba tatuado en el antebrazo un número, el 66545, junto a una calavera de sangre. Buscó el número en vano en internet, en la sección dedicada al Holocausto de la Biblioteca de París e incluso viajó a Jerusalén para consultar los registros de la Shoah. No halló ningún rastro de la prisionera 66545, pero sí descubrió, en los detalles espeluznantes de los experimentos médicos y los infernales tormentos, algunos testimonios que confirmaron sus sospechas. En sueños había contemplado una habitación donde los médicos de la SS estudiaban cuánto tiempo podía aguantar una madre judía el llanto de un hijo muriéndose de hambre antes de desnucarlo contra la pared o ahogarlo con una almohada. Leyó en uno de los archivos cómo una anciana judía, Karolina Kudyszowa, contaba que ella había tenido que estrangular a sus dos gemelos después de oírlos llorar durante cinco días con sus noches. Supo que aún estaba viva; era una anciana de 87 años residente en Tel Aviv. Fue a visitarla, le preguntó si había conocido a una mujer que llevaba tatuado el número 66545 junto a una calavera cárdena. La anciana asintió con la cabeza, la recordaba muy bien. “Se llamaba Angela Frankel, era una judía muy guapa, se hizo amante de Mengele. Si la madre decidía suicidarse, ella era la encargada de matar a los niños”.

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