Entrevista inventada con Yanis Varoufakis

Lucía Martín *

varoufakis
Yanis Varoufakis. / Efe

Cuentan, y es tan verídico como que ahora escribo esto en camisón de encaje, que una periodista tuvo que hacer una entrevista a Camilo José Cela y éste la atendió en su habitación de hotel. El escritor vestía únicamente albornoz blanco y se encontraba sentado en un sillón: la periodista se sentó enfrente y comenzó la entrevista. En un momento determinado, Cela se incorporó y se abrió el albornoz dejando al aire todo su esplendor masculino (risas enlatadas). Y ella, haciendo alarde de una profesionalidad y un estómago de acero, siguió haciendo preguntas como si nada hubiera pasado. Qué clase la de esta mujer.

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En esto voy pensando mientras me dirijo a la entrevista con este personaje y voy rezando, si creyese, que ojalá me hiciera un Cela. Por favor, por favor, por favor. Pero menos chabacano, con más elegancia y sin albornoz que para mí tiene una connotación “casera” que no me mola: lo prefiero vistiendo únicamente toalla anudada en la cintura, por ejemplo. Y así voy llegando al encuentro con estos pensamientos de dirty mind que hacen que se me hayan mojado las bragas.

Tengo un listado de personajes a los que me gustaría entrevistar, creo que todos los periodistas que hacemos entrevistas acabamos elaborando uno. Desde que este mocetón fue nombrado ministro de Finanzas de su país le incluí en dicha lista. No me malinterpreten: su único mérito para estar en ella es que destilaba testosterona por los cuatro costados. Fue verle la noche de la elección de Syriza al frente del gobierno de Grecia que de repente, por arte de birlibirloque, me empezó a interesar la política en el país heleno. Sí señores, hablo de Yanis Varoufakis, mundialmente conocido como Varoufucker. Y si se le conoce así, por algo será, oiga.

Es curioso, porque despierta fervor entre las féminas pero los varones suelen decir que es feo y no acaban de entender por qué nos gusta. Chicos: irradia sexo y tiene pinta de empotrador. No busquéis más. Y allí estaba el empotrador, solo para mí durante la hora que durase esta entrevista. Solo para mí. Afortunadamente, no viste una de esas camisas horteras que se pone (el tipo me gusta a rabiar pero no por ello le voy a perdonar cualquier cosa) sino una camiseta de éstas de andar por casa, como la que se puso para dar una rueda de prensa (deleitarse con foto). Ceñidita, marcando el pecholobo que tiene. Está tostadito por el sol y esa sonrisa, madre mía cuando sonríe se me cae todo al suelo, grabadora y bragas incluidas.

— καλό απόγευμα. Buenas tardes Sr. Varoufakis, un placer poder entrevistarle.

— καλό απόγευμα. Τι κάνεις?

— Ufff, discúlpeme señor Varoufakis, que practico poco el griego, al menos éste. Nada, ni nociones básicas tengo. Soy española, ¿sabe? Los españoles no hemos inventado la democracia ni esas cosas. Lo más, la tortilla de patatas y la fregona…

— Llámame Yanis (esto empieza bien, coge confianza). Claro, España, bonito país, la playa, Benidorm, las corridas y ese chico de pelo largo, cómo se llama….

— Se refiere a Pablo Iglesias claro.

— No, uhmmmm, Melendi. Si sí, la música de Melendi.

— ¿Le gusta la música de Melendi?

— No, no. Yo soy más de ópera y de música clásica. ¿Te gusta la ópera?

— Oh, claro, muchísimo (me dice que si me gusta la morcilla de Burgos y le respondo lo mismo. Me gusta todo lo que le gusta, nótese cuánta personalidad tengo).

— Y bien, ¿de qué quiere que hablemos: de la nueva formación que estoy poniendo en marcha, de la Troika, de Merkel, de la izquierda en Europa, de Sócrates o Platón? Por cierto, ¿los ha leído?

— Sí, todos, pero cuando estaba en el instituto. Ya ni me acuerdo (sudores fríos si me pregunta algo, lo único griego que conozco es él y el yogur). No, en realidad la entrevista es sobre sexo y lo que usted despierta en media Europa, Merkel incluida.

— ¿Perdón?

— Eso. Que está usted como un quesito

— ¿Quesito? ¿Cheese?

— Perdone, es una expresión que utilizamos en mi país cuando nos referimos a un hombre que es muy atractivo.

Oh, handsome, I see..! Gracias, bueno, creo que soy muy normalito, del montón (y lo dice tensando los brazos y los pectorales y yo ya no sé dónde mirarle, si a los ojos, a la boca, a la camiseta o al paquete que se percibe a través del vaquero). Hablaba de Europa, de lo que despierto en Europa, en realidad el continente está dormido..

— No, no, estará dormido pero usted despierta las ideas más calenturientas entre las mujeres. ¿Sabe que le llaman Varoufucker?

— Sí (sonrisa maliciosa). Me lo dijo mi mujer cuando desayunábamos ayer en la terraza, algo frugal, unas frutas un poco de yogur (griego) acompañado de miel. La belleza de las vistas nos quita el apetito..

— Ya, ya… bueno, ¿sabe por qué le llamamos empotrador?

— ¿Empotra qué?

— Empotrador. Llamamos así al hombre de aspecto viril, muy macho, que es de los que llega a casa, te agarra del pelo y te lo hace de pie, en la pared del pasillo, sin dejarte apenas rechistar.

(Varoufakis remueve sus piernas, se diría que nervioso y se pasa la mano por la calva, gensanta, qué calva). Ah, suena muy primario…

— Suena y lo es, pero es un halago en este caso.

(De repente se levanta y viene hacia mí, me están dando los siete males. Instintivamente entreabro ligeramente mis piernas, no vaya a ser que quiera escenificar la escena de la pared del pasillo y las tenga yo cerradas como cuando llevo puestas las bolas vaginales).

— Pero qué descortés soy, ni siquiera te he ofrecido un café, ¿te sirvo uno? (Me dice mientras se agacha para alargarme una taza y tengo su cabeza junto a la mía, qué bien huele madredelamorhermoso…). Me hablaba de Merkel, ella ha colonizado Europa sin necesidad de ninguna guerra.

— Sin duda, pero seguro que usted le gusta.

— Es una dómina, le va el bdsm, solo hay que verla.

— Sí, suscribo, pero a lo machirulo, con poca elegancia. ¿Y Lagarde?

— Ésa es frígida. Me puse aquella bufanda, que no me gusta, lo que pasa que me la regaló mi santa, para bailarle la rosca y cuando me acercaba se encogía, que yo a esa tía no la toco ni con un palo.

— Yo tampoco, no crea. ¿Le gusta el sexo?

— ¿Perdón?

— ¿Qué si le gusta el sexo? (trago saliva. Y vuelvo a tragar, mientras clavo mis ojos en los suyos. Ay, el verbo clavar, con él aquí delante, me pongo mala).

— Sí, mucho. ¿Y a ti?

— Uy, a mí también, una barbaridad (y estoy por buscar sinónimos no vaya a ser que este Adonis, como es foráneo, no entienda lo de barbaridad).

— Qué bien. (Y se hace el silencio e intento mantenerlo como hacía el maestro Quintero, salvo que yo soy más guapa y no llevo foulard al cuello, que estamos en pleno verano y hace una calor tremenda).

— Dígame, ¿cuáles son sus polvos, digo sus proyectos más inmediatos?

— ¿Contigo, ahora te refieres?

— No no, ésos no hace falta que me los diga con la grabadora encendida. Luego los abordamos, cuando finalice la entrevista.

— Ah, bien. Pues quería crear un nuevo partido político, pero chica, yo creo que voy a pasar: es un lío. Todo muy loco, que luego tengo a Tsripas tocándome también los pies: que si sales mucho en los medios, que si eres un estrellita, que si chupando cámara… Pufff. Estoy valorando otra opción, montar una empresa láctea, yogures, cremas, esas cosas… Ya tengo el eslogan: Yogur Yanis, con buena leche griega.

— Hombre…

— ¿No le gusta?

— Sí, sí, si el yogur me gusta mucho, y más si es griego como usted, pero lo de la leche tiene una connotación que a lo mejor a algunos consumidores, masculinos sobre todo, les echa un poco para atrás. Yo me iría más, si me lo permite, a una empresa de reparaciones a domicilio.

— ¿Cómo?

— Eso: una empresa de chapuzas a domicilio. Electricistas, fontaneros, pintores, los que arreglan el parqué. Algo así como Reparaciones a domicilio ‘El Empotrador’. Y buscaría trabajadores con su perfil, físico quiero decir: así, con pinta de follarte nada más abrir la puerta. Creo que en el mercado en general se pueden encontrar varios, basta pasarse por alguna obra que ustedes en Grecia, como lo tienen todo patas arriba, tendrán varias. Y si no, también algún político que ya no ejerza. Mire, en España tenemos a Raúl Romeva, que le llaman el Varoufakis español. Le dejo el teléfono si quiere, porque algo tendrá que hacer este hombre cuando pasen las elecciones catalanas, digo yo.

— Interesante. Sí, no es mala idea lo de recuperar políticos para que, por una vez, hagan algo.

— Eso es, lo que pasa que no hay muchos que estén tan buenos como usted, pero es cuestión de buscar.

— Y lo de ‘El Empotrador’ no está mal (me dice mientras apoya su mano en mi hombro y su chorreo de testosterona general me inunda toda. Creo que me voy a desmayar, hiperventilo). Podrían incluso moverse en moto.

— Sí, gran idea, una grande, como la suya.

— ¿Grande como mi qué?

— Como la moto, la moto…

— ¿Tú acudirías a nuestros servicios?

— Yo acudo a sus servicios, a sus dependencias y a lo que haga falta (más no me puedo arrastrar, está claro).

— Chupi.

— Señor Varoufakis, me deja anonadada con su conocimiento del español.

— Llámame Yanis, insisto.

Y en ese punto álgido de la conversación estábamos cuando sonaron unos golpes secos en la puerta. Me levanté y abrí. La impresión me dejó fría. Era Marina Castaño en albornoz: “En casa siempre íbamos así”, la oí me decía mientras se abría la prenda.

Entrevista inventada a Yanis Varoufakis (los castillos en el aire son muy seguros, porque los cimientos son infinitos).

(*) Lucía Martín es periodista y autora de ‘El sexo de Lucía’ (Popum Books, 2014).