Pierre Bonnard, el pintor de la luz y la Arcadia

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Una mujer observa 'La indolente' de Pierre Bonnard, una de las obras expuestas. / Fernando Alvarado (Efe)

El Museo D'Orsay parisino es la institución que más obras de Pierre Bonnard atesora, unas 80, que junto a algunas traídas de los Museos de Bellas Artes de San Francisco, el Pompidou, el Metropolitan neoyorquino, la Tate Gallery de Londres o la National Gallery de Washington, han conseguido el milagro de que en la Fundación MAPFRE tenga lugar una exposición antológica del pintor francés de importancia excepcional pues no es usual que se exhiban 80 pinturas, 12 dibujos y 50 fotografías del pintor simbolista más celebrado hoy día. La exposición es la misma que el Museo d'Orsay  ha acogido en París con un enorme éxito de público, más de 500.000 visitantes. La importancia de la exposición radica en que hace 30 años que Bonnard no se exponía en España, y eso a pesar de la influencia que su obra ha ejercido en pintores de los ochenta como Carlos Franco o Alfonso Albacete.

Pintor de paraísos, de Arcadias, Bonnard fue un artista que en su momento no las tuvo todas consigo. En los años 30, en la revista Cahiers d'Art, Christian Zervos se preguntó si Bonnard podía ser considerado un gran pintor, a lo que Matisse no dudó en responder con rotundidad que sí. La pregunta no era capricho de crítico sino que respondía a un estado de sensibilidad muy acorde con las vanguardias, a las que Bonnard siempre les pareció autor de poca enjundia y demasiado amable. Y es justo esa discrepancia lo que ha hecho de él un referente de la postmodernidad y de cierta vuelta a la reivindicación del neofigurativismo, luego de la abstracción y del pop art. En vida de Bonnard, la cosa también se planteó así pues fundó la escuela de los nablis, que en hebreo significa profeta, para combatir lo que él consideraba el positivismo de los impresionistas.

Pero lo cierto es que esa concepción casi mística de los nablis, que podemos considerar paralela a la estética simbolista, mantiene la celebración del color de los impresionistas. Sucede sin embargo que los temas sugieren atmósferas misteriosas, trascendencias muy rebuscadas, incluso un tanto artificiales, en un paralelismo con lo onírico que Bonnard escatima poco. Lo hace ayudándose de la experiencia de la pintura oriental, en especial la japonesa,el gran descubrimiento de la época en París y del que un impresionista como Toulouse Lautrec, e incluso Van Gogh, hicieron un uso muy distinto.

Este gusto por lo japonés es manifiesto en los formatos verticales de sus pinturas y adquiere rasgos evidentes en el biombo que el visitante encuentra a la entrada de la muestra. Esa inclinación por la estética japonesa no se queda aquí. Se ha dicho de Pierre Bonnard que exalta la vida gracias al color y que la ausencia de melancolía es patente en su obra, lo que es cierto y podría explicar su popularidad. Hay que reconocer sin embargo que sus figuras, ensimismadas siempre y a menudo casi autistas y gustosas de habitar un mundo de luz que las hace víctimas del voyeurismo del espectador, sobre todo las mujeres sorprendidas en su intimidad al modo de una cámara, producen desasosiego. Es inquietud carente en otro maestro de la luz y de la celebración de la vida.  Ese mismo Matisse que defendió siempre la calidad de Bonnard y que  se diferencia enormemente de él. Ni que decir tiene que esa inquietud proviene de que las modelos nunca miran al espectador, son sorprendidas, lo que las hace vulnerables por estar absortas, siempre tristes, por otro lado.

Muchas figuras se ven de mujeres bañándose. La mayoría de esas figuras pertenecían a una modelo, Marthe de Méligny, que llegó a casarse con él. René Monchaty, que fue su amante, puede ser contemplada en el cuadro titulado Le repos. Se suicidó. Es condición terrible que Pierre Bonnard deja entrever en esos desnudos. En el pintor, la figura humana adquiere siempre unos rasgos llenos de melancolía, algo que trasciende incluso a los autorretratos. Veamos el titulado El boxeador, donde el pintor se retrata con 64 años y que es un cuadro tremendo. En el último autorretrato ni siquiera pinta los ojos: deja dos huecos negros.

Pero, sobre todo, Bonnard es pintor de Arcadias, de paraísos buscados y encontrados, y eso se nota de forma espectacular en sus paisajes. Lo realiza con los paisajes normandos, al modo del Monet de Giverny, especialmente en la Costa Azul, donde se compra una casa. Es en esta experiencia mediterránea donde el color se torna apoteósico: inunda tanto los interiores como los exteriores y en esta muestra de MAPFRE se hallan buenas muestras, significativas de estos paisajes, donados especialmente por la Tate y la National de Washington, amén del Metropolitan. Es esta explosión de luz lo que hizo, según Pablo Jiménez, que pintores como Carlos Franco y Alfonso Albacete quedaran fascinados con las superficies coloristas y las texturas de este pintor. Hay que añadir que los temas en esta apropiación de la postmodernidad es esencial: hay cuadros de Bonnard que parecen pintados por multitud de pintores de los ochenta. Pocos casos hay de reivindicación de un clásico, de revisión del canon, tan afortunados como este de Bonnard. Profeta, sí, así se bautizó, pero a sabiendas que del mismo modo que hoy es pintor valorado, no es extraño que dentro de unos años se produzca de nuevo la pregunta de Zervos.

La muestra se completa con fotos que Bonnard hizo con su Kodak y algunos espectaculares paneles decorativos para millonarios, como los de la casa de Misia Edwards y George Besson. Una exposición definitiva sobre el pintor.

1 Comment
  1. Valeria Santander says

    Hola señores, creo que es un buen aporte Excelente.

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