El Lejano Oeste, nuestra última épica

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El museo Thyssen acoge una extensa exposición sobre la historia del lejano Oeste. / Sergio Barrenechea (Efe)

La foto de Edward S. Curtis del jefe indio abrevando su caballo; las dos fotos de Billy El Niño, una de ellas avalada hace escasos días, donde se le ve jugando al cricket; la escabechina de los indígenas a manos del ejército para hacer sitio a ganaderos y granjeros; las peleas entre vaqueros y ovejeros; la leyenda de la preocupación ecológica de los indios; que hubiera más muertos de balazos en la espalda en los duelos que de frente; que con un colt 45 no se acertara con cierta fiabilidad a pocos metros;que en los duelos era difícil disparar más de dos tiros porque el humo de la pólvora era tan intenso que formaba una nube que no dejaba ver a quien estaba enfrente; la verdad de Buffalo Bill, que mató miles de bisontes porque su oficio era el de procurar carne para el ejército y, luego, montó un circo donde se inventó una épica para su uso personal llevando jefes indios, como Toro Sentado, a quien paseaba en coche con un sombrero de copa en la cabeza... En realidad este Oeste realmente poco o nada tiene que ver con el del cine o las novelas, y valga como muestra la literatura generada, sobre todo en el cine pero también en la novela, que Camilo José Cela recoge en Cristo versus Arizona, por un suceso como el de OK Corral, un desgraciado tiroteo que marcó la decadencia de la épica del Oeste como ningún suceso de ficción pudo haber inventado.

De que esa épica fue un invento de enorme talento, quizá como toda épica, fue muy consciente el difunto barón Thyssen que, de niño, como buen centroeuropeo de su generación, leía con pasión las novelas de Karl May y con el tiempo logró completar una buena colección de objetos pertenecientes al Lejano Oeste, de aquellos años en que los Estados Unidos estaban construyendo su propia leyenda como nación. Con los objetos de esa colección, a la que se ha sumado la de la colección Carmen Thyssen y varias colecciones públicas y privadas norteamericanas, el Museo ha inaugurado una exposición, La ilusión del Lejano Oeste, que estará entre nosotros hasta el 7 de febrero.  La exposición consta de 200 objetos de enorme interés que ha comisariado Miguel Ángel Blanco, entre fotografías, pinturas, grabados, esculturas, libros, carteles de cine y piezas etnográficas de gran importancia. Exposición que Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen, calificó el día de la inauguración como una suerte de Gabinete de Curiosidades del siglo XXI, similar a aquellos precursores de nuestros actuales museos.

No es para menos, ya que en esta exposición, como en los Gabinetes de Curiosidades, no se ha querido distinguir entre arte y naturaleza. Así, se comienza con un aparatdo cartográfico, Mapear la fantasía, donde se nos enseña algo que se suele olvidar, que antes de la colonización norteamericana del XIX, los españoles ya andaban por allí desde el siglo XVI y que, además, llegaron a acuerdos con imperios guerreros como el comanche, desde Florida a Nuevo México pasando por Texas y Arizona y, por supuesto, el Mississippi, aunque aquí los asentamientos fueron precarios. Pero estos mapas son preciosos pues suplen la carencia en muchos casos, de documentos escritos. Así, vemos mapas con los asentamientos, los presidios, las misiones y los puntos de encuentro con las tribus. Un mapa, en concreto, es muy bello: procede del Archivo General de Indias de Sevilla y reproduce la cuenca del Mississippi.

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La exposición reúne objetos y obras artísticas del lejano Oeste. / S. B. (Efe)

Luego, estamos ya en los años treinta del siglo XIX, comienzan a llegar los primeros artistas y etnógrafos. Como los ya clásicos trabajos de George Catlin, con su Galería India, de Karl Bodmer, que hizo un balance ajustadísimo y preciso de los viajes por el interior y, desde luego, los primerizos trabajos antropológicos de Maximilian zu Wied Neuwied. Es aquí cuando aparece la imagen del búfalo, los rituales ya sistematizados de los indios , dibujos de atuendos y retratos, todo ello caracterizado con la mirada romántica típica de la época. Ya en la segunda mitad del XIX, cuando se produce la gran expansión colonial, es cuando aparece la pintura de costumbres con gran profusión, pintura cuyos temas aprovechará el cine con sus encuadres muchos años más tarde. Aquí debemos mencionar a Charles M. Russell, Charles Wimar, Frederic Remington, el pintor tópico del Oeste Norteamericano, con sus cuadros llenos de furioso movimiento. O Thomas Hill, que el presidente Obama eligió para decorar con uno de sus cuadros, Vista del valle de Yosemite, la cena de gala de su toma de posesión.

Asistimos después a toda una galería de retratos y fotografías, como las celebres de Edward S. Curtis o Adolph Muhr. Y aquí nos interesamos sobremanera cuando vemos a jefes míticos como Jerónimo o Toro Sentado en hierática posición, como corresponde a su estatus. De esta muestra, lo más valioso son las fotos que tomaba Curtis de los jefes indios que acudían al Congreso para defender los derechos de sus tribus, aunque parece ser que Curtis les colocaba tocados de plumas que no llevaban para que el público se creyera que eran más indios. Parece ser que el Photoshop actual se queda corto al lado de aquellas manipulaciones.

Y, claro, el cine: carteles de La diligencia, Comanche, La venganza de un hombre llamado Caballo... Y, claro, Karl May, el autor de novelas del Oeste preferido por el barón Thyssen. Tita Thyssen hizo notar en la inauguración que ella estuvo siempre muy vinculada al Oeste, pues, aparte de la pasión por el Oeste del barón, anteriormente estuvo casada con Lex Barker, que hizo muchas películas basadas en obras de Karl May. El Oeste, nuestra última épica.

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